En rigor, Larreta fue el primero en anotarse para la elección del año que viene. Cuando en 2025 se lanzó como candidato a legislador, anticipó que ese era el primer paso, el baño de humildad, para volver a Uspallata después de su fallido plan presidencial.
Sin embargo, en el entorno del exjefe de Gobierno se apuran a despegarse de la nostalgia y prefieren hablar de experiencia acumulada. El razonamiento es simple: Larreta no necesita explicar cómo se administra ni cuál es su proyecto para Buenos Aires, porque ya lo mostró.
Su desafío, en todo caso, es demostrar que ese método, asociado al orden administrativo, la planificación, los equipos técnicos y la construcción de acuerdos, todavía puede resultar atractivo en un escenario político dominado por la polarización.
El pasado como piso
La apuesta larretista parte de una premisa: el pasado no debe funcionar como refugio sino como piso.
Quienes trabajan cerca del exjefe de Gobierno sostienen que su principal activo es haber conducido la Ciudad durante dos mandatos y mantener viva una memoria de gestión que, a la luz de las críticas actuales al funcionamiento urbano, puede adquirir valor electoral.
El propio Larreta hace culto de eso. Destaca en redes sociales los defectos de la administración de su sucesor y se muestra como un político de cercanía, que dialoga con los vecinos.
Con pocas referencias a las obras, los servicios o las políticas públicas desplegadas en sus mandatos, juega más con la idea de que existe un retroceso en la calidad de la vida porteña, que en vez de estar debatiendo proyectos ambiciosos volvió a discutir problemas básicos de administración cotidiana.
En esa lectura, Larreta trata de despegarse de un retorno melancólico a una etapa anterior del PRO. A la vez, busca contrastar la administración de Jorge Macri con lo que sus colaboradores definen como otra forma de gobierno, más eficaz, menos estridente y más orientada a la gestión que a la confrontación política.
Autonomía y voto local
Después de la derrota frente a Patricia Bullrich en la interna presidencial del PRO, Larreta quedó fuera de la conducción del partido y perdió buena parte del poder que había acumulado durante años, pero en su entorno presentan ese golpe como un atributo.
El argumento es que, al no depender del PRO, La Libertad Avanza ni el peronismo, el exjefe de Gobierno mantiene una autonomía que otros candidatos no cuentan. No debe defender la gestión actual ni justificar el rumbo del gobierno de Javier Milei; tampoco necesita subordinarse a una estrategia libertaria.
Su bloque legislativo, ampliado con dirigentes del MID y de Confianza Pública, funcionó estos meses como una primera plataforma para recuperar volumen político. Uno de los elementos que alimenta la expectativa larretista es el sistema de votación de la Ciudad. Larreta cree que tanto una nueva elección desdoblada como una concurrente podrían funcionar como una ventana de oportunidad.
Según los cálculos del larretismo, la existencia de una urna separada para los cargos locales le podría permitir que el electorado porteño distinguiera entre su voto nacional y su voto para jefe de Gobierno.
Una nacionalización completa de la elección achica el margen para una propuesta de centro. En cambio, una discusión local sobre quién administra mejor la Ciudad le da a Larreta la expectativa de ocupar un lugar preponderante en la conversación electoral.
En ese punto, su perfil se diferencia tanto del PRO como del peronismo. Jorge Macri debe resolver si le conviene desdoblar la elección. Leandro Santoro y el peronismo tienen que definir si insisten con una estrategia municipalista o si se apoyan en una nacionalización de la disputa. Larreta, en cambio, necesita que la elección porteña retenga autonomía frente a la polarización nacional.
La frontera con Jorge Macri
El regreso de Larreta también se construye sobre una crítica al rumbo del PRO porteño. En su entorno observan que el endurecimiento de Jorge Macri en materia de seguridad, orden público y control del espacio urbano marca una frontera cada vez más nítida con la etapa larretista.
Al mismo tiempo, creen que esa agenda diluye los rasgos republicanos del PRO y lo acercan demasiado al mileísmo.
El propio Larreta empezó a verbalizar esa diferencia. En una entrevista reciente, resumió el balance electoral del macrismo porteño con una frase filosa. “Vino Jorge Macri y perdimos por paliza”, sostuvo. La definición apuntó al resultado de 2025, pero también al intento de instalar una lectura más extendida.
Para el larretismo, el PRO no sólo perdió una elección, también está a tiro de perder una identidad propia que fue redituable políticamente en la Ciudad.
La crítica que corre por los despachos del larretismo es dura. En el intento de seducir al electorado libertario, Jorge Macri corre el riesgo de transformarse en la segunda marca de La Libertad Avanza antes que en una expresión autónoma del PRO.
Esa lectura le permite a Larreta ocupar un lugar distinto. No se presenta como el dirigente que quiere competir por quién expresa con más dureza la agenda de orden, quiere aparecer como quien conserva una identidad propia de gestión, moderación y administración urbana.
Frente a un PRO que, según su mirada, empezó a moverse demasiado cerca de los libertarios, el exjefe de Gobierno intenta ofrecer otro perfil.
El piso bajo y la oportunidad abierta
El principal límite de Larreta es evidente. Parte de un piso bajo para un dirigente que gobernó la Ciudad durante ocho años. En 2025 obtuvo apenas ocho puntos y, aunque en su entorno aseguran que las mediciones actuales lo ubicaban entre 12 y 15, todavía está lejos de los niveles necesarios para disputar con chances reales la Jefatura de Gobierno.
Pero el dato también puede leerse en sentido inverso. La Ciudad no tiene candidatos consolidados para 2027. El PRO viene de quedar tercero, La Libertad Avanza sufre el Adorni-gate y todavía no encontró una figura local capaz de reemplazar el arrastre nacional y el peronismo sigue en debate sobre su estrategia y su candidatura.
En ese contexto, el larretismo cree que el exjefe de Gobierno no necesita partir de una mayoría construida, le alcanza con sobrevivir a la fragmentación inicial y crecer sobre la falta de certezas del resto.
La efectividad de su candidatura depende de que esa debilidad general del sistema se convirtiera en una oportunidad para volver a instalar una opción de gestión.
Larreta no promete una ruptura. No encarna una novedad. Tampoco representa una identidad partidaria dura. Su apuesta, arriesgada en tiempos de urgencia, no es rupturista sino normalizadora. Busca volver a poner en valor una forma de gobierno basada en planificación, equipos, acuerdos legislativos y administración cotidiana.
El larretismo cree que el ciclo político que castigó a la moderación durante los últimos años también se agota y puede generar una demanda de previsibilidad. Ahí entra Larreta, que quiere demostrar que su pasado de gestión todavía puede ser leído como una agenda de futuro.