La consagración de Donald Trump como líder supremo de Estados Unidos, todavía la potencia más poderosa del planeta, le da una fuerza radicalmente diferente a la ola antidemocrática que venía creciendo en Europa y América.
¿Hacia dónde empujará el mundo el club superpoderoso de la ultraderecha? ¿Habrá democracia for ever o se cumplirá finalmente la profecía del Gran Hermano?
La consagración de Donald Trump como líder supremo de Estados Unidos, todavía la potencia más poderosa del planeta, le da una fuerza radicalmente diferente a la ola antidemocrática que venía creciendo en Europa y América.
Tal es el impacto del regreso de Trump a la Casa Blanca –recargado, resentido, sediento de venganza, empoderado por una legitimidad de origen sensiblemente superior a la que tuvo para el cumplimiento de su primer mandato-, que ya no es exagerado preguntarse si el giro ultraderechista se trata, más que de un conjunto de células que despiertan aquí y allá (en Rusia con Vladimir Putin, en Hungría con Viktor Orbán, en Francia con Marine Le Pen, en España con Vox, en Italia con Giorgia Meloni, en Brasil con Jair Bolsonaro, en Argentina con Javier Milei …), de una tendencia global.
¿Es la profecía de George Orwell cumpliéndose finalmente, 75 años después de ser expuesta, con un delay de cuatro décadas, en forma de distopía?
En 1949 llegó a las librerías 1984, donde la mente brillante del escritor inglés, acaso abrumada por las experiencias fascistas que tuvieron su auge en la Europa de entreguerras, describe el mundo de 35 años después, uno incluso más tenebroso que el que le tocó habitar. En su 1984 mandan regímenes totalitarios que controlan megasociedades agrupadas en grandes bloques, ultracontroladas con celo implacable por Gran Hermano, un vigilante de cuyo escrutinio, que realiza a través de pantallas omnipresentes, es (casi) imposible escapar –la casa de Winston Smith, el protagonista, tiene un insólito rincón ciego-.
Lo que en realidad controla GH –metáfora de los Estados policíacos de aquellos regímenes autoritarios que Pink Floyd corporizó en El Muro- es el pensamiento de las personas. Lo hace por medio de una maquinaria de propaganda que construye una realidad de ficción que impone como la verdad irrefutable.
El Ministerio de la Verdad –que es de las mentiras, en rigor, así como el de la Paz es el que hace la guerra, el del Amor es el que tortura para disciplinar y el de la Abundancia hambrea de manera planificada- es una fábrica de noticias falsas –fake news: ¿les suena?- que reescribe la historia y moldea el presente a pedir de las necesidades del partido único gobernante y adoctrina con el látigo del “doble pensamiento”, un método que consiste en darles el carácter de correctos a datos ciertos tanto como a sus contrapartes que los contradicen.
La verdad, sostenía Michel Foucault –autor, por caso, de Vigilar y castigar-, no es una entidad rocosa, única, sino un engendro de diseño, el resultado de una fricción, de una pulseada entre facciones del poder: la banda que tiene más fierros termina imponiendo su versión de la Historia.
Trump vuelve a la Casa Blanca empoderadísimo: tiró un baldazo de pintura roja sobre el mapa de Estados Unidos con un tsunami de votos populares que cubrieron seis de los siete distritos pendulares y le dieron 22 manos de sobra en el Colegio Electoral; se apoderó del Senado, podría controlar la Cámara de Representantes (Diputados) y cuenta con el respaldo de la Corte conservadora que supo concebir en su primer mandato para blindarse frente a fiscales insolentes.
Trump “se anticipa como un presidente imperial” que vuelve a la Casa Blanca “con las manos desatadas”, escribió Marcelo Falak en Letra P.
Recordatorio: Trump vuelve a la Casa Blanca condenado por 34 cargos criminales.
Recordatorio II: Trump vuelve a la Casa Blanca después de alentar y justificar, tras perder las elecciones de 2020, la toma por asalto del Congreso estadounidense, que terminó en un baño de sangre.
Aupada por el establishment demócrata, los grandes medios liberales y una corte de celebridades con millones de seguidores en las redes sociales, Kamala Harris advirtió que en las elecciones del martes pasado estaba en juego la democracia, acechada por el topo “desquiciado” que volvía para destruirla desde adentro. Con el diario del miércoles, es lícito concluir que a más de 70 millones de estadounidenses no les parecía que estuviera efectivamente en peligro o, en todo caso, no les interesaba salvarla.
Spolier: la democracia luce cansada y confundida.
A la misma altura del siglo que en el XX emergían los fascismos, en el XXI crece el club de gobiernos autocráticos –antidemocráticos-, ultranacionalistas y ultraderechistas -¿fascistas?- que consiguen ahora, con Trump, el socio más poderoso.
Aquellos fascismos del siglo XX hacían propaganda fundamentalmente a través de la radio y de parlantes que propalaban sus doctrinas en las calles. Los gobiernos autocráticos –antidemocráticos-, ultranacionalistas y ultraderechistas -¿fascistas?- que brotan en la segunda y la tercera décadas del XXI lo hacen a velocidades supersónicas a través de las multiplataformas digitales. (Por eso resulta bizarro, pero escalofriante, el gobierno de Milei atacando a los gremios del transporte por los altoparlantes de las estaciones de trenes, aunque ese instrumento sea apenas el brazo analógico de un plan que usa, como herramienta más potente, la aplicación oficial Mi Argentina, nacida como vía para la digitalización de documentos y servicios, para propalar sus mensajes de terror.)
Si de fierros nuevos se trata, entonces, Donald Trump tendrá músculo fibroso para vigilar y castigar -para parir su Gran Hermano- y para imponer su verdad –para construir su Ministerio de la Verdad-.
De entrada, nomás, desde el Salón Oval administrará un presupuesto cercano a los 500 mil millones de dólares (el de 2024 contemplaba recursos por 460 mil millones) y conducirá la maquinaria militar más poderosa del planeta: en un cajón de su escritorio tendrá los códigos nucleares que le permitirán, si un día se le antoja, apretar el botón rojo y desatar una hecatombe global.
Trump tiene su propia red social (Truth Social), que lanzó después de que la entonces Twitter le bloqueara la cuenta, en enero de 2021, cuando el presidente saliente de Estados Unidos alentó la revuelta que terminó en la toma del Capitolio a manos de hordas fanáticas del Club del Rifle.
Ahora la historia es otra. Bajo el mando de Elon Musk, el trumpista más rico del mundo, X, con sus 500 millones de usuarios, estará disponible para lo que Trump guste mandar. También contará con los servicios de Starlink, la red de internet de SapceX, que opera en 75 países –entró este año a la Argentina de la mano de Milei, presidente del club de fans de Musk en el cono sur- y conecta a sus usuarios a su red global de satélites.
En la noche de este jueves, en el discurso que pronunció en la cena aniversario de la Cámara Argentina de Comercio, Milei dijo a la pasada que Musk “se compró CNN” y celebró que, entonces, la cadena de televisión por cable con sede en Atlanta eliminará a los “zurdos” y “comunistas” que, consideró el Presidente, dominaban su pantalla.
Otro milmillonario dio recientes señales de su decisión de fichar en el equipo de Trump. Jeff Bezos, el dueño de Amazon, es también propietario del liberal The Washington Post. Dos semanas antes de las elecciones del martes pasado, Bezos censuró el editorial que la sección Opinión del diario tenía listo para honrar la tradición, que sostenía desde hacía 40 años, de pronunciarse en favor de un candidato a la presidencia. En este turno electoral, iba a hacerlo por la demócrata Kamala Harris.
Bezos también es dueño de Alexa, el sistema de asistencia capaz de controlar dispositivos electrónicos entre los que figuran… las cámaras de seguridad.
Fierros.
El presidente argentino, laboratorio latinoamericano de las nuevas ultraderechas, gobierna a fuerza de fake news que lanza sin pudor, de manera presencial, desde tribunas institucionales y replica a velocidad digital en las redes sociales a través de ejércitos de trolls y agitadores ad honorem que multiplican el relato libertario. Los insultos del Presidente se convierten, como rayos, en un tsunami electrónico de persecución ideológica, xenofobia, homofobia y misoginia.
Milei miente sin ponerse colorado, como comprobó Letra P en un ejercicio de contraste muy simple pero que supone un trabajo que, lógicamente, no se toman las personas de a pie ocupadas en los desafíos que les plantea esta época del ajuste más grande de la historia de la humanidad.
Este portal comparó las supuestas verdades que presentó Milei en el último Coloquio de IDEA con datos oficiales y de instituciones privadas. El resultado fue asombroso:
Todos los gobiernos mienten. Es una certeza popular. El kirchnerismo, sin ir más lejos, manipulaba las estadísticas que difundía el INDEC para ocultar sus lados oscuros. El gobierno de Milei, en cambio, desarrolló la capacidad de informar un dato con carácter oficial asumido como transparente y, al mismo tiempo, dar otro distinto con la misma firmeza. Doble pensamiento, como en el mundo distópico imaginado por Orwell.
Nacido silvestre, anárquico, outsider -hecho de retazos conseguidos en las mesas de saldo de las pymes electorales como insumos de las listas legislativas que presentó en 2023-, como contracara de la política tradicional –de la maldita casta-, el mileísmo transita, como viene contando Letra P, un proceso de organización que lo profesionaliza –lo castiza-.
En ese tren, formalizó La Libertad Avanza como partido nacional, construye agrupaciones políticas para ordenar a sus militancias juveniles –recientemente lanzó La Carlos Menem- y hasta armó El Faro, un think tank al estilo de las usinas de pensamiento tradicionales como, por caso, la macrista Fundación Pensar y el kirchnerista Instituto Patria.
En la novedad se puede ver un vaso medio lleno: la profesionalización les pondrá filtros a las desmesuras del líder del espacio y democratizará un sistema de toma de decisiones concentrado ahora en un “triángulo de hierro” que conduce a martillazos, pero la experiencia de movimientos ultraderechistas precedentes advierte que la organización también puede ser un vehículo más eficiente que la anarquía para la gestión de un monstruo represivo.
En El mundo entonces, Martín Caparrós ensaya una pirueta inversa a la de Orwell: se teletransporta cien años hacia el futuro para narrar, desde una civilización que sugiere inmaterial, “una historia del presente”, el de la tercera década del siglo XXI.
El maestro de la crónica refuta la idea, lógica y natural en quienes viven una época determinada, de que las instituciones y los sistemas de valores que rigen ese tiempo histórico son definitivos, inalterables, como el amor institucionalizado en el matrimonio.
Para eso, aporta datos fascinantes. Van dos enlazados:
El sentido común formula la siguiente pregunta: si la democracia republicana, que rige el lado occidental del mundo como una institución definitiva, no existió durante cinco mil años de civilizaciones humanas, ¿por qué debería quedarse para siempre?
La pregunta inquietante que surge hoy, frente al avance de la ola ultraderechista que crece en el mundo y toma un impulso vigoroso con el regreso de Trump a la Casa Blanca, es si es posible que vaya a durar tan poco.
El jueves, Joe Biden, líder saliente de la fuerza política que se arroga la representación del espíritu democrático estadounidense, dijo que la derrota demócrata fue apenas un traspié y que el carácter se mide por la capacidad de levantarse después de caer. Habrá que ver. Por lo pronto, encarnada en el presidente al que no le quedaban fuerzas ni lucidez para liderar la campaña, la democracia luce cansada y confundida. Urge entender por qué.
La socióloga Shoshana Zuboff popularizó en 2013 el concepto de "capitalismo de vigilancia", que refiere a la capacidad de las grandes coorporaciones de obtener información del público, que ni siquiera es usuario de los servicios específicos que prestan, sin su consentimiento; sin siquiera que la víctima advierta que sus datos personales están siendo transados como mercancías, más allá de que, a esta altura, todo el mundo ya sea consciente de que eso ocurre.
El fenómeno, a primera vista imparable en la era de la economía digital de la información, pone en pelirgo ya no a la democracia, sino, en una etapa incluso superadora, a los mismísimos Estados-nación que, como explicó el historiador del presente Caparrós, dominan el mundo desde el siglo XX pero ya no existían en el 1984 de Orwell, donde habían desaparecido bajo la forma de inmensos bloques del tamaño de los actuales continentes.
¿Ciencia ficción? Acaso no lo sea. Sin ir muy lejos, Javier Milei sueña con un mundo sin Estados, gobernado por un mercado completamente libre y todopoderoso. El mundo de los Elon Musk.

