TRIBUNA LETRA P | EL PAPA EN ARGENTINA

León XIV en Argentina: una visita que nos invita a volver a encontrarnos

La llegada del papa es una oportunidad para recuperar el diálogo, superar las divisiones y construir una Argentina más unida, sin dejar a nadie atrás.

La llegada del papa León XIV a la Argentina será mucho más que un acontecimiento religioso. Después de casi cuatro décadas sin recibir a un Pontífice, nuestro país tendrá una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre su presente, recuperar el valor del encuentro y renovar una esperanza que tantas veces parece debilitada por nuestras propias divisiones.

La visita adquiere además un significado especial por las circunstancias personales que ha atravesado el Santo Padre. Su recuperación después de una delicada intervención quirúrgica nos recuerda que la fortaleza no consiste en desconocer la fragilidad humana, sino en encontrar, aun en medio de las dificultades, razones para continuar con nuestra misión. Su vocación pastoral y su compromiso con la Iglesia constituyen un testimonio de perseverancia, humildad y servicio.

León XIV llegará a una Argentina que atraviesa profundas transformaciones, con dificultades económicas y sociales, pero también con enormes capacidades y una historia de esfuerzo colectivo. Encontrará un pueblo que muchas veces se siente cansado, que ha sufrido frustraciones y que, sin embargo, conserva una extraordinaria capacidad para levantarse y volver a empezar.

La visita de León XIV

Su recorrido por Buenos Aires, Córdoba y Luján tendrá una riqueza particular. No será solamente una sucesión de celebraciones religiosas. Los encuentros con autoridades, trabajadores, jóvenes, representantes de distintas confesiones y personas que atraviesan situaciones de vulnerabilidad expresan una concepción de la Iglesia que busca estar presente en las distintas realidades de la sociedad.

La visita al Pequeño Cottolengo Don Orione, el encuentro con el mundo del trabajo, la vigilia con los jóvenes y su presencia en un establecimiento penitenciario nos recuerdan que la dignidad humana no depende de la condición social, de los logros personales ni de los errores cometidos. Una sociedad verdaderamente humana se reconoce también por la manera en que trata a quienes necesitan ayuda, a quienes han quedado postergados y a quienes buscan una segunda oportunidad.

El papa Francisco con excombatientes de Malvinas

En ese recorrido habrá también una continuidad espiritual con el legado de Francisco. El primer papa argentino no pudo regresar a su tierra, pero dejó una enseñanza que conserva plena vigencia: la necesidad de construir una cultura del encuentro, de acercarnos a las periferias y de comprender que nadie puede realizarse plenamente en una sociedad que deja a otros atrás.Esa enseñanza resulta especialmente necesaria en la Argentina actual.

Vivimos tiempos de enfrentamientos permanentes. Nos cuesta escuchar, reconocer errores y aceptar que alguien que piensa diferente puede tener algo valioso para aportar. En la discusión pública, y particularmente en la política, muchas veces parece más importante desacreditar al adversario que encontrar soluciones a los problemas de la gente.

Nosotros tenemos que resolver nuestros problemas

No creo que el papa venga a resolver nuestras dificultades. Esa responsabilidad sigue siendo nuestra. Pero su presencia puede ayudarnos a recuperar una pregunta fundamental: ¿qué clase de comunidad queremos construir? Porque una Nación no se define solamente por sus indicadores económicos, sus instituciones o sus resultados electorales. También se define por la calidad de sus vínculos, por la solidaridad entre generaciones, por el respeto a las diferencias y por la capacidad de construir objetivos compartidos.

La unidad no significa pensar todos igual. La democracia necesita pluralismo, debate, controles y convicciones firmes. Pero ninguna diferencia política debería hacernos olvidar que compartimos un mismo país y que el futuro de nuestros hijos depende, en buena medida, de nuestra capacidad para encontrar acuerdos fundamentales.

Para quienes tenemos responsabilidades públicas, esta visita debería representar también una interpelación personal. La autoridad no puede confundirse con la soberbia, ni el liderazgo con la imposición permanente. La política encuentra su verdadera dimensión cuando se convierte en una herramienta de servicio.

El poder es siempre transitorio. Lo que permanece son las consecuencias de nuestras decisiones sobre la vida de las personas. Por eso, antes de preguntarnos cuánto poder tenemos, deberíamos preguntarnos para qué lo utilizamos y a quiénes estamos ayudando.

La enseñanza de Luján

Entre los distintos momentos de la visita, hay uno que espero con particular emoción: la llegada del Santo Padre a la Basílica de Nuestra Señora de Luján.

Desde hace años peregrino hacia ese santuario junto a amigos, llevando alegrías, preocupaciones, agradecimientos y dolores. Cada peregrinación me confirmó que Luján es mucho más que un destino religioso. Es un lugar donde las diferencias sociales desaparecen por un momento, donde el poderoso y el humilde se arrodillan ante la misma Virgen y donde todos volvemos a reconocernos simplemente como hijos. Hay algo profundamente simbólico en esa experiencia. Miles de personas caminan hacia un mismo lugar, aunque no todas avanzan al mismo ritmo. Algunas necesitan detenerse, otras reciben ayuda y muchas encuentran fuerzas para continuar gracias a quienes tienen al lado.

Quizás allí exista una enseñanza para nuestra Argentina: podemos recorrer caminos diferentes, pero necesitamos recuperar algunos destinos comunes. Y debemos comprender que el progreso de una sociedad no puede construirse abandonando a quienes encuentran mayores dificultades para avanzar.

La esperanza cristiana tampoco significa esperar pasivamente que las cosas mejoren. La esperanza compromete, exige esfuerzo y nos invita a actuar. Nadie llega a Luján solamente deseando llegar. Hay que caminar, superar el cansancio y, muchas veces, ayudar a otros a seguir adelante.

El presidente Javier Milei y el papa León XIV

Por eso sería un error reducir la visita del Papa a una disputa por fotografías, lugares protocolares o interpretaciones partidarias de sus palabras. León XIV no viene a respaldar a un gobierno ni a una oposición. Viene a encontrarse con un pueblo que necesita recuperar la confianza, fortalecer sus vínculos y renovar su compromiso con el bien común.

Lo que el papa nos recuerda

Su presencia también puede ayudarnos a recuperar algo que hemos ido perdiendo: la capacidad de reconocernos como parte de una misma historia. Antes que oficialistas u opositores, antes que dirigentes o ciudadanos, somos argentinos. Compartimos problemas, aspiraciones y una responsabilidad que trasciende cualquier circunstancia electoral.

Como católico, espero esta visita con profunda emoción. Como argentino, deseo que nos permita renovar la esperanza. Y como dirigente político, aspiro a que nos recuerde que la verdadera grandeza de una Nación no se construye desde el odio, el desprecio o la descalificación, sino desde el trabajo, la solidaridad y el respeto por la dignidad de cada persona.

Cuando León XIV se despida de nuestro país, las multitudes regresarán a sus hogares y la agenda cotidiana volverá a ocupar su lugar. Entonces comenzará nuestro verdadero desafío: transformar la emoción de esos días en una actitud diferente frente a los demás.

Porque el valor de esta visita no debería medirse solamente por la cantidad de personas que reciban al Papa, sino por nuestra capacidad de escuchar su mensaje y llevarlo a la práctica.Ojalá que, desde Buenos Aires hasta Córdoba, y especialmente ante nuestra Madre de Luján, podamos comprender que todavía tenemos una oportunidad para construir una Argentina más fraterna, más justa y más unida.

Porque un país no encuentra su grandeza cuando todos piensan igual, sino cuando, aun con sus diferencias, es capaz de caminar hacia un futuro compartido, sin dejar a nadie atrás

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