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OPINIÓN

Inteligencia artificial: soberanía cognitiva, la batalla invisible del siglo XXI

La opinión pública se moldea, de manera silenciosa, a través de algoritmos. La ciencia y tecnología en la era Javier Milei. La realidad, cada vez más difusa.

La inteligencia artificial está cambiando el mundo ante nuestros ojos, pero no podemos ver más allá de nuestras narices. Obnubilados por el resplandor de la pantalla del celular, nos invade la ceguera. Mientras las llamas consumen el bosque, permanecemos inmóviles como si no pudiéramos hacer otra cosa que rezar que el fuego se extinga mágicamente antes de quemarlo todo. Fingir demencia es la única forma de seguir con el día a día, como si no hubiera humo, como si no quemara el fuego.

La estructura y las instituciones que garantizaron el orden social, económico y político durante los últimos 100 años están siendo demolidas para ser reemplazadas por un nuevo sistema que profundiza la desigualdad, desempodera a la mayoría y concentra todo el poder en manos de un puñado de individuos que controlan los recursos, dominan las infraestructuras tecnológicas y modelan la subjetividad humana.

La autoridad dejó de ser visible. No está en la Iglesia, como en la edad media. No está en el Estado ni en la ciencia ni en los medios de comunicación. Ahora le creemos a los algoritmos más que a ninguna otra institución. No se debate. Se consulta al Chat GPT.

El poder de la inteligencia artificial

La opinión pública ya no se controla de manera lineal a través de instituciones, discursos grandilocuentes o formadores de opinión en medios masivos de comunicación. Se forma cada vez que hacemos una consulta a la inteligencia artificial y aceptamos, conformes, sus respuestas. Se moldea sutilmente, de manera silenciosa y personalizada a través de algoritmos que conocen nuestras emociones, deseos y miedos mejor que nadie.

El nuevo esquema no necesita partidos, campañas ni lideres políticos para funcionar. No necesita persuadir ni convencer. Es un sistema tan sofisticado técnicamente que la mayoría no puede entender su funcionamiento y mucho menos disputar su control.

La creciente penetración de la inteligencia artificial está reemplazando la arquitectura clásica del sistema democrático por un modelo menos público, más opaco y centralizado, que sustituye el debate y el contraste de ideas por la voz incuestionable de un oráculo.

Las nuevas formas de subordinación

El mundo arde porque un puñado de países se disputa quien controlará la capacidad cognitiva de la humanidad. La política real del nuevo milenio no transcurre en el Congreso de la Nación sino en las interfases digitales que silenciosamente van definiendo el sentido, la moral y el futuro.

Para Latinoamérica este cambio de paradigma implica un desafío adicional. A la dependencia económica histórica de los países centrales, se suman nuevas formas de subordinación. Por un lado, nuestros sociedades dependen cada vez más de la infraestructura tecnológica de Silicon Valley para funcionar. Por el otro lado, surge una nueva y peligrosa forma de dependencia: la cognitiva.

Los modelos de inteligencia artificial que estructuran cómo pensamos nuestros problemas e imaginamos nuestra realidad son entrenados fuera de nuestros países, bajo intereses y valores ajenos.

La ciencia y tecnología en la era Javier Milei

Mientras Estados Unidos, Rusia y China están embarcados en una violenta y desenfrenada competencia por desarrollar super estructuras cognitivas no-humanas invirtiendo sumas extraordinarias de dinero en educación ciencia y tecnología, en Argentina, el gobierno de Javier Milei elige el camino inverso.

Desde que asumió el gobierno, la inversión en ciencia y tecnología se ha desplomado a la mitad. Según un estudio elaborado por Grupo EPC, la inversión pública en ciencia y tecnología proyectada para el 2026 es la más baja desde el año 1972. El presupuesto en argentina destinado a Ciencia y Tecnología representa el 0,14% del PBI muy por debajo de lo que invierte Brasil y a años luz de lo que destinan países como Estados Unidos, China o Japón.

El plan de desmantelamiento del Estado que lleva adelante el gobierno de Milei pretende dejar en manos del sector privado el desarrollo de la ciencia ignorando que los desarrollos científico y tecnológicos más importantes de los últimos cien años fueron impulsados desde el sector público.

Fue el modelo de Estado emprendedor norteamericano el responsable de impulsar, a través de su industria militar, muchos desarrollos tecnológicos centrales de nuestra era como el iPhone, internet y la inteligencia artificial, por citar los ejemplos más recientes. La innovación no nació en un garage sino que nació de una planificación estratégica sostenida por recursos públicos.

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Los avances en la ciencia y la tecnología

La alianza actual entre la industria armamentista norteamericana, las empresas de tecnología, el sector financiero y el sector público se reconfigura bajo la misma lógica capitalista. Pero ese modelo, que necesita librar guerras sangrientas y concentración extrema para sostenerse, no es el único posible ni mucho menos el más deseable.

Sin embargo, el progresismo parece atrapado en una posición defensiva. Se limita a resistir, protegiendo el viejo orden del Estado de Bienestar y los servicios públicos, pero no logra imaginar como utilizar la tecnología para construir una alternativa superadora.

La narrativa liberal promete innovación, desarrollo personal, acceso a bienes y libertad individual. Frente a eso, el progresismo no consigue sintetizar una promesa de cambio atractiva que genere entusiasmo.

No se puede seguir pretendiendo que vivimos en una sociedad organizada alrededor de trabajadores que entran a la fábrica a las 9 y terminan su jornada laboral a las 17. Silicon Valley entendió antes que nadie que la sociedad actual puede producir valor las 24 horas del día a través de dispositivos móviles que monetizan cada movimiento de nuestro pulgar. La división entre vida y trabajo, día y noche, realidad e hiper realidad parece cada vez más difusa.

Intentar rechazar o ignorar los avances de la ciencia y la tecnología es inútil. El ensayista y pensador bieloruso Evgeny Morozov propone abandonar la postura defensiva (centrada en regular a las empresas tecnológicas) y adoptar una actitud proactiva que proponga alternativas tecnológicas concretas.

La tecnología podría servir para gestionar un modelo económico orientado a la solidaridad, a lo común y el bienestar colectivo en lugar de la acumulación privada. Pero para eso es necesario construir infraestructuras digitales soberanas, capaces de romper la relación de dependencia de Sillicon Valley.

La necesidad de pensar el futuro

En un país donde un tercio de la población es pobre y millones tienen dificultad para llegar a fin de mes, es razonable que los sectores más progresistas prioricen abordar la emergencia social. La discusión sobre soberanía tecnológica puede sonar abstracta y lejana.

Sin embargo, hoy resulta imprescindible pensar al mismo tiempo en el corto y en el mediano plazo. Mientras se atienden las necesidades urgentes del presente es necesario pensar y diseñar el futuro. La pregunta no es si podemos pensar en soberanía tecnológica cuando un tercio de la población pasa hambre. La pregunta es si podemos darnos el lujo de no hacerlo.

El hambre de hoy se combate con políticas de emergencia, pero la dependencia de mañana se siembra hoy, en cada consulta a un algoritmo que no representa nuestra cultura y en cada dato que se procesa fuera de nuestro control.

El riesgo, como señala Morozov, es quedarse en la queja sin advertir que detrás de la cortina de humo arde un presente que demanda acciones concretas, herramientas que ayuden a sobrevivir hoy y a construir poder popular mañana.

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