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NO ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO

Educación: ¿cualquiera puede enseñar?

El sesgo economicista que el Gobierno aplica en la gestión educativa ignora lo básico: no se puede seguir minimizando el rol del maestro.

Mientras la discusión pública en Argentina se concentra en la “plata”, la eficiencia, los vouchers o qué tecnología incluir en las aulas, el mundo nos está mandando una señal de alerta que estamos ignorando: la calidad de la educación en la escuela depende, antes que nada, de qué tan bien saben enseñar los que enseñan.

Las políticas educativas del gobierno actual parecen mirar la educación desde una óptica económica, basada en criterios de mercado. El desfinanciamiento a las universidades, el desmantelamiento de los programas de formación docente, y un discurso que plantea la educación solo en términos de "eficiencia" o "competencia" definen una lectura peligrosa.

Durante generaciones se creyó que enseñar era una consecuencia natural de saber. Si alguien sabía matemática, historia o biología, se suponía que naturalmente podía pararse frente a un aula y transmitir ese conocimiento. Sin embargo, cualquiera que haya pasado por una escuela sabe que esto es incorrecto: una cosa es dominar una materia y otra, muy diferente, es lograr que un chico lo entienda y aprenda.

Esta diferencia, que los maestros repiten hace años, acaba de recibir una confirmación internacional contundente. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) incluyó por primera vez un estudio específico (el Teacher Knowledge Survey) dentro de su conocida evaluación TALIS. ¿El objetivo? Medir científicamente el "saber hacer" de los docentes y ver cómo impacta en los alumnos (denominado en este estudio como conocimiento pedagógico).

Los docentes, la clave en el aula

Los resultados desarman varios mitos. Los países donde los docentes están mejor preparados para enseñar —no solo en sus materias, sino en cómo transmitirlas— logran que sus alumnos aprendan más, aprovechan mejor el tiempo de clase, tienen menos problemas de disciplina y, además, sufren menores niveles de estrés laboral.

La OCDE define este conocimiento pedagógico como el "saber especializado que permite a los docentes crear entornos eficaces de enseñanza y de aprendizaje", y sostiene con firmeza que éste forma parte del cuerpo de conocimientos que convierte a la enseñanza en una profesión basada en el conocimiento.

Además, la evidencia es rotunda en el análisis del estudio de la OCDE: los países cuyos docentes obtienen mayores niveles de este conocimiento son también aquellos cuyos estudiantes alcanzan mejores resultados en lectura y matemática en las pruebas PISA.

Esta definición nos permite dar un salto cualitativo en el debate y pasar de la habitual crítica político-partidaria a una discusión mucho más profunda. Si la enseñanza es una profesión basada en saberes científicos y especializados, entonces las políticas educativas no pueden seguir minimizando el rol del maestro.

Al contrario: colocar el saber pedagógico en el centro de cualquier estrategia es la única vía real para mejorar la calidad educativa. El éxito escolar no depende de la multiplicación de exámenes estandarizados, sino de la capacidad del docente para generar el aprendizaje en el día a día del aula.

La educación no depende de la buena voluntad

¿Qué es, entonces, ese famoso "saber docente"? No es tener buena voluntad, carisma ni solamente "vocación". Es una competencia basada en entender cómo aprende un cerebro de siete o de quince años, sustentarse en teorías de aprendizaje y de enseñanza, detectar a tiempo por qué un alumno se trabó, adaptar una explicación de tres formas distintas si la primera no funcionó, manejar un grupo de treinta realidades diferentes y tomar decisiones en fracciones de segundo, en otras de las múltiples capacidades que se ponen en juego en la dinámica de un salón de clase.

Un ingeniero puede ser un genio calculando puentes y un abogado puede conocer las leyes de memoria. Ninguno de los dos, por el solo hecho de tener el título, sabe cómo hacer que un adolescente de un barrio vulnerable se interese por las fracciones o por la Constitución. Ese conocimiento se construye con formación, práctica, estabilidad y respaldo institucional.

Las políticas educativas del gobierno actual parecen mirar la educación desde una óptica económica, basada en criterios de mercado. El desfinanciamiento a las universidades, el desmantelamiento de los programas de formación docente, y un discurso que plantea la educación solo en términos de "eficiencia" o "competencia" definen una lectura peligrosa.

La inteligencia artificial no sustituye al factor humano profesional

Es indiscutible que la educación argentina necesita mejorar su calidad de manera urgente, así como también debemos ser conscientes de que los recursos públicos deben administrarse con responsabilidad. Sin embargo, cuando la obsesión por el déficit cero y las planillas de cálculo dominan la agenda, se termina borrando de la discusión lo que realmente ocurre dentro del aula.

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Los docentes, el factor clave para sostener la calidad educativa. Captura de redes

Los chicos no aprenden por decreto, ni por algoritmos, ni por el miedo a una evaluación; aprenden porque hay un docente que construye un vínculo, que interpreta una realidad difícil y que crea las condiciones necesarias para que el conocimiento ocurra.

En el discurso actual, se insinúa con ligereza que la tecnología o la inteligencia artificial van a reemplazar el trabajo del maestro, o que la libre competencia entre escuelas elevará la calidad de manera mágica. La evidencia demuestra lo contrario: ningún dispositivo ni ninguna lógica de mercado sustituyen al factor humano profesional.

Es una paradoja trágica. Mientras el mundo desarrollado redobla la apuesta por jerarquizar a sus maestros, el debate público argentino los devalúa y los trata como un gasto que hay que recortar. Los países que lideran la educación global no desconfían de sus docentes ni los persiguen: invierten en ellos.

La pregunta para el futuro de nuestro país no puede ser cómo achicar el sistema o cómo reemplazar al docente. La pregunta debe ser cómo construir políticas que entiendan que el verdadero motor de la educación es el conocimiento de quienes enseñan. Porque la ciencia y la realidad ya demostraron lo que muchos sospechábamos: no, no cualquiera puede educar.

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