28|7|2022

La tormenta perfecta de Guzmán

14 de junio de 2022

14 de junio de 2022

El INDEC difunde el IPC de mayo. ¿Qué es mucho? ¿Qué es poco? El mundo se suma a la conspiración contra los bonos y el peso. Culpas ajenas y propias.

Todos los vientos del mundo parecen arremolinarse en torno de Martín Guzmán, quien afrontará, desde hoy y hasta fin de mes, varias pruebas cruciales para su futuro en el gabinete, uno que ya no cuenta con la promesa de paciencia eterna de Alberto Fernández. El INDEC dará a conocer este martes el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de mayo, el mercado le mostrará cuánto le cree todavía entre la licitación de deuda en pesos de esta jornada y la más exigente de fin de mes y el contexto financiero internacional se puso definitivamente torvo para la Argentina. Un temporal perfecto que no le será fácil capear.

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La inflación del mes pasado, estiman analistas privados, osciló en torno al 5%. Para Guzmán, un número de esa magnitud sería una prueba de que el apretón monetario en curso comienza a bajar el índice y una buena nueva tras el 6,7% de marzo y el 6% de abril.

 

Sin embargo, un IPC semejante marcaría un piso muy elevado, ya que mayo no es un mes especialmente complejo en la materia y porque en el actual comenzará a sentirse el impacto de los aumentos de tarifas, además de las remarcaciones habituales, que ya parecen seguir un rumbo autónomo.

 

Si Cristina Fernández de Kirchner lo tiene en la mira y Sergio Massa no disimula tampoco su molestia con él, el Presidente tampoco le brinda hoy el respaldo incondicional de otrora. Un dato interesante es que el cristinismo ha detenido el fuego permanente sobre la figura del ministro, dando acaso margen para que Fernández comience a sopesar si la política económica debe modificarse.

 

La obligación de mostrar con claridad que los precios van a converger en un promedio del 3 al 4% –no más– en el segundo semestre, de modo de que el año no termine demasiado por encima del 70%, no es el único desafío de pronóstico reservado para el ministro de Economía. El desplome de los activos financieros de los últimos días es otro y, para colmo, no depende solo de lo que él pueda hacer, sino de eventos internacionales que no controla.

 

El lunes fue "negro", como se suelen calificar –con poca imaginación– las debacles bursátiles, para Argentina y para el mundo. Los ADR –acciones de empresas nacionales que cotizan en Wall Street– se desplomaron hasta un 12%, mientras que los títulos públicos en dólares lo hicieron en hasta 5,5%, bajaron del tercer al cuarto subsuelo y dispararon el riesgo país a 2.118 puntos básicos, un nivel propio de un país en default que no se condice con lo que cabría esperar tras la renegociación de todos los tramos de su deuda pública.

 

Para peor, se suman al mal momento el desplome de hasta 18% que sufrieron la semana pasada los títulos públicos en pesos atados a la inflación –CER, Coeficiente de Estabilización de Referencia– y la polémica política en torno a ese hecho.

 

El Gobierno culpó del hecho a supuestos dichos de referentes de Juntos por el Cambio en reuniones reservadas, pero, haya influido eso o no, debería revisar su propia práctica en esta cuestión.

 

Lo que desató la avalancha, en verdad, fue la decisión del fondo de inversión Pellegrini, perteneciente al Banco Nación, de deshacer bruscamente posiciones en esos papeles en función de pedidos de sus cuotapartistas. La decisión, no debidamente explicada, provocó una crisis de confianza en todo el mercado, que se sumó a los supuestos dichos opositores sobre la necesidad de "reperfilar" la deuda en moneda local dado que su tamaño ya la hace impagable en las condiciones actuales. La especie habría tenido escasa credibilidad si no fuera porque el gobierno de Mauricio Macri efectivamente tomó esa medida en 2019, una de las más criticadas entonces por el mercado.

 

Reperfilar –defaultear, en criollo– deuda en pesos es algo insólito toda vez que, aun cuando no logre refinanciarla con nuevas emisiones, un gobierno puede acudir a la emisión monetaria para honrarla sin dinamitar la última fuente de financiamiento: el mercado local. Claro que eso tendría una contraindicación: su efecto inflacionario.

 

No sorprende, así, que Guzmán haya salido a refutar al diario Clarín y aclarado en Twitter que el Gobierno "jamás" defaultearía deuda en pesos, una opción que calificó de "barbaridad". "El crédito en la moneda propia es un pilar de todo Estado soberano", añadió, reiterando una postura personal conocida. Este martes hay licitación, útil para tomarle el pulso al mercado, pero pequeña: vencen 11.000 millones de pesos, mucho menos que los 500.000 millones de fin de mes. 

 

En tanto, los tipos de cambio negociados en bolsa se empinaron bruscamente el lunes y estiraron la brecha con el oficial hasta casi el 80%.

 

Fuente: Rava Bursátil.

La situación financiera de la Argentina es un recurrente "sobre llovido, mojado": a los dramas propios, se suma un contexto internacional difícil de empeorar.

 

La megaemisión provocada durante el Gran Confinamiento de 2020 se traduce hoy en inflación en todo el mundo. A ese fondo se sumó la guerra en Ucrania, que ha disparado las cotizaciones internacionales de los alimentos y de la energía.

 

En Estados Unidos, por caso, los números de inflación de mayo –1% en el mes, 8,6% interanual, 39,4% y 10,1% respectivamente en energía y alimentos en los 12 meses previos– encendieron todas las alarmas. La Reserva Federal se dispone a subir otra vez su tasa de interés de referencia y se estima que acelerará el paso en sus próximas reuniones, algo que ya genera vaticinios de recesión.

 

Si el precio del dólar –la tasa– aumenta, los capitales se refugian en activos seguros. Eso desencadena un desarme de posiciones en países emergentes, devaluación de esas monedas y, en el caso argentino, más presiones sobre el peso y la inflación.

 

En las próximas semanas –¿meses?–, Guzmán se jugará el todo por el todo. Su eventual reemplazo, sin embargo, podría suponer el espejismo de un aggiornamento. En efecto, sea de quien sea la jefatura del Palacio de Hacienda, ¿es posible encarar una política antiinflacionaria exitosa en semejante contexto sin dejar de lado el bisturí y recurrir al hacha del ajuste drástico?