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OPUS DEI: UN PODER EN LA SOMBRA

Un ejército de fieles con la misión de parecer hombres y mujeres comunes

Sólo un 2% de los miembros son sacerdotes. El 98% restante son personas laicas que ejercen actividades en todos los ámbitos de la vida civil.

El Opus Dei propone “buscar la santidad en medio del mundo ordinario”, esto es poner a Dios en las tareas habituales, cotidianas, domésticas, familiares y profesionales. Así -dicen- la religión no será cosa sólo de religiosos, sino de todas las personas. Esa misión se traduce en una estructura que no es la más común en la Iglesia Católica: tiene sólo un 2% de sacerdotes y el restante 98% son personas laicas, hombres y mujeres, que forman una especie de ejército secreto. Su objetivo es penetrar en la vida “civil” sin ser vistas y, por eso, no deben identificarse ni con uniformes ni con símbolos ni deben hablar sobre su pertenencia. Deben ser fieles, pero parecer “cristianos corrientes en medio del mundo”.

Esos hombres y esas mujeres se seleccionan entre las clases medias y altas con futuro o presente profesional, en lo posible de familias ya poderosas o con vínculos, porque -así lo plantean los documentos fundacionales- la transformación de la sociedad es desde arriba hacia abajo y la sociedad tiene una forma piramidal en la que quien manda ocupa la cima. La estructura de la organización también se puede ver como una pirámide y tiene un hombre a la cabeza, que es prelado, la máxima autoridad de la organización, que está en Roma y a la que responden todos los vicarios regionales, que son sacerdotes.

Después vienen los laicos. La primera línea son los numerarios y las numerarias, que son los miembros célibes. Viven con compromisos de castidad, pobreza y obediencia equivalentes a los de los religiosos, en residencias de varones o mujeres, por separado, con rutinas muy estrictas de obligaciones religiosas que incluyen prácticas de autoflagelación: al menos dos horas al día, deben usar una liga metálica con puntas que se ajusta a la pierna y lastima y se castigan una vez a la semana con un látigo de cuerdas enceradas llamado “disciplina”. Son célibes y, por eso, se los busca desde muy jóvenes: la entrada habitual es entre los 14 y los 16 años y la entrada es siempre a través de contactos, con invitaciones personales a actividades en clubes y centros de formación. La obediencia implica que siempre, hagan lo que hagan, sus principios serán los de la Obra. El compromiso de pobreza implica que, al ingresar, firman un testamento por el que donan sus bienes presentes y futuros a la organización: no lo hacen directamente al Opus Dei, sino a alguna de sus asociaciones civiles o fundaciones.

Como son jurídicamente laicos, pueden ejercer cualquier cargo público o privado. No sólo pueden, sino que tienen que hacerlo: deben buscar intervenir en la vida política, económica, social y cultural. En general, los varones trabajan en su profesión fuera de las casas y entregan su salario, sean jueces, legisladores o médicos, y las mujeres suelen cumplir tareas internas de administración sin recibir un pago por eso. Hasta hace unos años, ni siquiera recibían aportes, pero, ante las denuncias que puso el sistema bajo la lupa, la Obra empezó a regularizar el registro.

Dentro de la rama femenina, entre las numerarias, se diferencia a las numerarias auxiliares, que llevan adelante el servicio doméstico de todas las casas y centros del Opus Dei. Sirven en especial a los sacerdotes y miembros varones. También se les pide castidad, pobreza y obediencia, pero tienen un sesgo particular: son de origen pobre y de zonas muy alejadas. Además, tienen un trato diferencial en las condiciones laborales, en los espacios asignados para comer y en la ropa que reciben. Son las “sirvientas” y así hay que llamarlas, escribió el fundador, el santo Josemaría Escrivá de Balaguer, en uno de los primeros reglamentos. Las 43 mujeres que hoy le patean la puerta al Opus Dei pertenecieron a esta categoría.

Les siguen los agregados y las agregadas, que son como los numerarios y las numerarias -también de clases medias y altas y tienen compromisos de castidad, pobreza y obediencia-, pero viven fuera de las residencias, en casas particulares.

La otra gran categoría es la de los supernumerarios y las supernumerarias, que pueden casarse y suelen tener familias muy numerosas, ya que se descuenta que sus descendientes van a pertenecer también en alguna de las categorías. Son la base de la pirámide, porque son el segmento más amplio, alrededor de un 70% del total. Se les pide aportar, como mínimo, el dinero equivalente al que gastan en un hijo, porque “el Opus Dei es como un hijo más”. En esa red de supernumerarios y supernumerarias está el núcleo del tejido creciente de contactos que aporta gran parte del poder y se expande a vínculos en todos los ámbitos: medios de comunicación, empresas, poder judicial y financiero, la estructura del Estado, universidades públicas y hasta instituciones científicas.

El Opus Dei dice que, más allá de sus roles, todos son iguales, sólo que cumplen roles distintos, pero no son jerarquías de membresía ni de santidad.

En los últimos años, la institución informó que tiene 90 mil miembros alrededor del mundo y que en la Argentina son cinco mil, aunque se cree que en la actualidad son menos, sobre todo después de que en 2021 reconociera que, desde 1975, de los 60 mil miembros que consideraban, estrictamente sólo eran 32 mil. El argumento fue que había hecho mal el cálculo porque contaba a quienes colaboraban o participaban de algunas actividades. Lo que sí es cierto es que en la última década las residencias en las que viven los miembros célibes están cada vez más vacías y la dificultad para conseguir “vocaciones” crece. También son cada vez menos las numerarias auxiliares, después de que el Ministerio de Educación cerrara la institución en la que las educaban, en 2016. La contracara es que el poder de influencia se sostiene en el tejido invisible de contactos y vínculos, el de los supernumerarios, que hoy son casi toda la estructura que sostiene la Obra.

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