30|4|2022

Los tambores de la guerra de Rusia y EE.UU. retumban en la región

19 de enero de 2022

19 de enero de 2022

La amenaza de Putin de desplegar unidades militares en Venezuela y Cuba rememora la Guerra Fría. Historia de una alianza sensible. Consecuencias para Argentina.

La disputa entre Estados Unidos y Rusia en Ucrania llega a la región. Los dichos del vicecanciller ruso, Serguéi Riabkov, que amenazó con desplegar unidades militares en Venezuela y Cuba si la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no abandona sus intenciones de sumar a Kiev, no solo resaltaron los históricos lazos que existen entre el chavismo y el presidente Vladímir Putin sino que generaron repercusiones en el continente  que podrían impactar sobre la Argentina.

 

“Venezuela es utilizada por Rusia como un peón contra de Estados Unidos”, advirtió Rocío San Miguelpresidenta de la oenegé venezolana Control Ciudadano, en diálogo con Letra P. El escenario principal del conflicto transcurre en el centro y el este de Europa, donde Rusia exige que Ucrania nunca sea parte de la OTAN porque ello representaría una amenaza a su seguridad. En ese tablero, Riabkov aseguró que un despliegue militar en Venezuela y Cuba depende de “las acciones” de sus “homólogos estadounidenses”. “Venezuela no está ni en el primero ni el segundo nivel de importancia estratégica de Rusia, pero hay que darle seguimiento porque cualquier equívoco altera el poder relativo de combate”, aseguró San Miguel.

 

Con esta maniobra Rusia juega dos cartas. Primero, la de potenciar la histórica relación con el chavismo, que ya incluye presencia militar en su territorio. Segundo, la de entrometerse en el patio trasero de Washington. Si Estados Unidos juega con el gatillo en la frontera rusa, Rusia lo hará en las inmediaciones de su rival. Ojo por ojo, país por país. “Presencia militar rusa en Venezuela ya existe, pero no tiene las características que se dan a entender cuando dicen que desplegarían unidades militares”, analizó en diálogo con este medio el analista internacional y director de CRIES, Andrei Serbin Pont.

 

Los vínculos militares entre el chavismo y Rusia datan de la llegada de Hugo Chávez al poder. En 2001 se firmó el primer acuerdo de cooperación militar bilateral y en 2004, luego del golpe de Estado de 2002 contra aquel, el lazo se profundizó tras la proclamación de una “nueva doctrina militar”  que buscaba fortalecer el poder militar y la soberanía ante unos posibles escenarios de conflicto que tenían a Estados Unidos como principal amenaza y que incluían, como hipótesis, una guerra de cuarta generación, otro golpe de Estado, un conflicto regional o una intervención extranjera. En ese contexto, Moscú se volvió un socio fundamental.

 

Los detalles del vínculo militar no se conocen porque son secretos desde 2003, cuando la relación se volvió “estratégica”, pero San Miguel y Pont coinciden en que Moscú ha sido el principal proveedor militar de Venezuela en los últimos años. “Los montos son imposibles de determinar, pero Rusia es el segundo acreedor del país. Eso da un significado a los lazos y los vínculos”, sostuvo San Miguel. En tanto, Point detalló que “durante varios años Venezuela se convirtió en el segundo mayor comprador de armas rusas en el mundo”. Estos lazos han incluido acuerdos bilaterales, como los firmados en 2005, 2010 y 2011; préstamos rusos con fines militares, como en 2008 y 2009; la llegada de los bombardeos rusos Tu-160 a Caracas y el anclaje del navío nuclear “Pedro el Grande” en la Guaira en 2008; el despliegue del sistema de misiles S-300 cerca de la capital y la instalación de una fábrica de fusiles Kalashnikov que se espera que esté operativa este año.

 

Además, la alianza derivó en presencia militar rusa en territorio venezolano. Según Pont, este aspecto está destinado principalmente a brindar asesoramiento técnico y capacitación militar. “Eso se paga y requiere personal ruso. El vínculo termina pasando por el aprovisionamiento de material y su sostenimiento”, explicó, a la vez que detalló que en los últimos años empezó a “tener una escala mayor” como consecuencia de la conflictividad interna, especialmente en la frontera con Colombia a raíz de las disputas con grupos irregulares. “Los rusos han tenido presencia técnica para apoyar la puesta en ejecución de los sistemas de armas”, agregó San Miguel, quien, al igual que Pont, afirma que también hay agentes de empresas de seguridad privadas rusas en el país.

 

De esta manera, la amenaza aumenta las tensiones en un país convulsionado y en una región inflamable a raíz de las disputas que existen con Colombia, un socio de la OTAN. Para Pont, Rusia podría volver a desplegar aviones o buques, pero no realizar “realmente un despliegue de unidades militares” porque estas prácticas suelen “ser cercanas a sus fronteras” y porque “no tendría demasiado valor”. “Si se mantiene como ahora es una molestia para Estados Unidos porque favorece a la estabilidad de Nicolás Maduro. Si hubiera un despliegue mayor, podría tomarlo como una señal para tratar molestarlo y si hay un despliegue operativo implicaría un fortalecimiento de ciertos aspectos de la política norteamericana en la región”, advirtió.

 

Este combo podría impactar en la Argentina de dos formas. Por un lado, a través de los lazos entre Alberto Fernández y Putin, a quien visitará en febrero, en momentos en los que busca el apoyo de la Casa Blanca para alcanzar un acuerdo con el FMI. Si la escalada en Ucrania aumentara con repercusiones en Venezuela, el vínculo podría entorpecer la relación con Washington. Por el otro, a través de la presidencia de la CELAC que ostenta, organismo que declaró a la región como una “zona de paz”. ¿Una mayor presencia rusa podría ponerla en riesgo? Si fuera así, ¿Qué rol debería desempeñar Argentina? Estas posibilidades, por ahora lejanas, deberían ser analizadas con sus respectivas consecuencias.

 

La amenaza rusa es una nueva demostración del rol secundario que ocupa la región a medida que las potencias acrecientan sus disputas. La "crisis de los misiles" sirve como un antecedente. Este momento podría ser un punto de inflexión para reforzar la autonomía regional y evitar peleas que son ajenas y que seguirán ocurriendo en el futuro.