ELECCIONES 2021

En un clima de polarización extrema, Perú opta entre Castillo y Fujimori

Los comicios más relevantes en décadas se definen entre un outsider de izquierda en lo económico pero socialmente conservador y la hija del dictador de derecha.

Más de 25 millones de personas definirán este domingo la elección presidencial de Perú, que se jugará entre el maestro rural y outsider Pedro Castillo, que ganó la primera vuelta con el 18,9% de los votos, y la conservadora Keiko Fujimori, hija del dictador Alberto Fujimori, quien salió segunda con el 13,4%. A diferencia del manual de estilo electoral, que indica que en esta instancia los rivales apelan al centro político para ampliar sus posibilidades, la definición estará marcada por una fuerte polarización y la incertidumbre ante la paridad de las últimas encuestas. Con clivajes internos que resonarán en la región, Perú vivirá los comicios más importantes desde el retorno de la democracia.

 

La jornada tendrá dos características principales. Por un lado, la repetición de la disyuntiva histórica entre fujimorismo y antifujimorismo, ampliada por la tercera participación seguida de la integrante del clan familiar. Por el otro, la incorporación de un factor de izquierda a ese combo. Salvo en el caso de Ollanta Humala en 2011, en las elecciones recientes el fujimorismo enfrentó distintos tipos de derecha que criticaron su autoritarismo y sus violaciones a los derechos humanos, pero no su modelo económico basado en el achicamiento del Estado para favorecer al mercado. Esta vez su rival será un dirigente sindical que propone “recuperar la patria” a partir de la redacción de una nueva constitución bajo las banderas de Perú Libre, un partido que se declara marxista. Los componentes internos de la conocida polarización son nuevos y ponen en la balanza no solo figuras transitorias, sino las bases del modelo económico y político dominante desde la recuperación democrática.

 

Por esto la derecha plantea la contienda bajo la polarización entre “libertad” y “comunismo castrochavista”, lo que surge de comparar a Castillo con el expresidente de Venezuela Hugo Chávez y con la exguerrilla maoísta local, Sendero Luminoso. Por su parte, el candidato de Perú Libre, al intentar desligarse de estas acusaciones, también apela a la polarización, pero en términos de “los de abajo” versus “los de arriba” o “lo tradicional” versus “lo nuevo”, y al miedo que aún genera en algunos sectores la dictadura fujimorista. Sin levantar la hoz y el martillo, se diferencia de las élites que han gobernado durante los últimos 30 años, asegura que es momento de escuchar al pueblo –a tal punto que ha dicho que sus ministros serán designados por los sectores sociales vinculados a dichas carteras– y repite que conoce lo que es “rascar una olla”. Sabe que la socialización de los medios de producción no ganará, pero un maestro rural que viene a acabar con “la vieja política” puede tener una seria posibilidad.

 

Esto explica que Fujimori, que ya estuvo presa y enfrenta un pedido de la fiscalía de 30 años de prisión por la causa Odebrecht, haya recibido el apoyo del opositor de su padre en 1990 y premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, quien abandonó sus diferencias con el fujimorismo y anunció su respaldo porque “representa al mal menor” ante la amenaza de una “sociedad comunista”. “No vamos a elegir a unas personas, vamos a optar por un sistema”, aseguró. En esta distribución de fuerzas, Fujimori recibió el respaldo del establishment político, dirigentes ultraconservadores y de la oposición venezolana, los grandes medios de comunicación y de 50 ex altos mandos de las Fuerzas Armadas, entre otros.

 

De todas maneras, la bandera roja que la polarización intenta pintar no es tan roja. Si bien Castillo es candidato de un partido que se dice marxista, llegó a su postulación porque su primer candidato, Vladimir Cerrón, fue inhabilitado por estar preso por corrupción. Además, cuenta en su haber con 15 años de militancia en Perú Posible, la fuerza de derecha del expresidente Alejandro Toledo. Es decir, no es una figura comunista y las acusaciones están relacionadas más bien con el temor que genera cualquier tipo de progresismo en las élites que buscan seguir explotando el modelo neoliberal. Más aun, propone una agenda muy conservadora en temas sociales que lo emparentan con la derecha en su rechazo al aborto, la educación sexual y los derechos de las diversidades de género. Si hay algún fantasma que recorre Perú es, solamente eso, un fantasma.

 

Por lo demás, el outsider Castillo no solo propone medidas como la nacionalización de los sectores minero y gasífero para paliar una crisis económica que condena, según números oficiales, a un tercio de la población a la pobreza. También, una salida electoral a la crisis política e institucional que ha hecho que el país haya tenido cuatro presidentes en los últimos cuatro años. Es por esto que se presenta como la forma de cerrar el ciclo de gobiernos de las élites que han hecho del país una superposición actual de crisis económica, social, política y sanitaria, ante lo cual pretende inaugurar un gobierno “del pueblo”.

 

“Es importante darle la oportunidad a un hombre andino. Recuperemos la dignidad del pueblo”, dijo en el cierre del último debate presidencial. En este sentido, la polarización también es entre la “vieja política” y la “nueva” que viene a brindar las herramientas que la tradición ha abandonado o no ha aplicado.

 

Durante el último debate por TV, Keiko Fujimori trató de emparentar a su rival, Pedro Castillo, con la violencia al mostrar en cámara una piedra que –dijo– fue arrojada a una simpatizante suya durante una caravana de campaña.

A cuatro días de la elección aún no hay nada definido. Las últimas encuestas mostraron un empate técnico, con una leve ventaja a favor de Castillo. Por un lado, IPSOS lo mostró como favorito con el 51,1% de la intención de voto frente al 48,9% de Fujimori y, por el otro, IEP le adjudicó una ventaja de 40,3% a 38,3%. Estas diferencias, que entran en el margen de error de los sondeos, evidencian que Castillo perdió la diferencia de diez puntos que supo ostentar y que cualquiera de los dos podría ocupar el sillón presidencial hasta 2026.

 

La pulseada entre la hija de un dictador que no pudo salir del país en la campaña por sus causas judiciales y un outsider de un partido marxista opositor al movimiento feminista se definirá no por la convocatoria al centro político, sino por la polarización y el miedo. Con resultado aún incierto y la moneda en el aire, un país en crisis espera.

 

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