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La cobertura expresa continuidades y rupturas respecto de la vieja normalidad. La desigualdad de género, que sigue operando fuerte en contextos de COVID-19.

Un rasgo particular de la cobertura mediática de la pandemia por COVID-19 es la disparidad de género, que se evidencia a través de dos indicadores centrales: las marcas de autoría en las piezas periodísticas y las fuentes de información consultadas. Un estudio del Observatorio de Medios de la Universidad Nacional de Cuyo revela que sólo tres de cada diez de las piezas informativas firmadas fueron escritas por mujeres. 

Más aún, la firma de comunicadoras se ve restringida en función del género informativo. Mientras que apenas superan la media de desigualdad en las noticias o en piezas de menor elaboración, como las galerías de fotos o videos, la opinión aparece vedada para ellas: tan solo una de cada diez notas de ese tipo es escrita por mujeres, puesto que los editoriales son patrimonio exclusivo de los varones. Dentro del género interpretativo, la presencia de mujeres apenas se incrementa cuando se trata de columnas elaboradas por especialistas externas a las redacciones, aunque incluso en esos artículos casi el 70% de las veces opinan hombres. 

Un estudio del Observatorio de Medios de la Universidad Nacional de Cuyo revela que sólo tres de cada diez de las piezas informativas firmadas fueron escritas por mujeres. 

Respecto de igualdad de género y medios, un dato adicional resulta notable: la disparidad se acentúa en los medios del AMBA, independientemente de su línea editorial. En tanto que en las principales provincias del país las firmas se reparten seis a cuatro a favor de los hombres, la diferencia llega a casi ocho a dos en los portales de Buenos Aires. La explicación salta a la vista con un simple repaso de las plumas insignia de cada medio, las cuales comparten un patrón: ser de hombres. 

La desigualdad de género al interior de las redacciones no es, sin embargo, un fenómeno exclusivo de la pandemia, sino que, por el contrario, el momento actual reproduce escenas de lo que conocíamos como normalidad. Un relevamiento del MediaLab de FOPEA advertía ya hace dos años sobre la situación laboral y el rol de las profesionales de la comunicación en el país. La encuesta refleja cómo las desigualdades en la distribución de beneficios y oportunidades son experimentadas continuamente por las comunicadoras en su entorno laboral. Y muestra, entre otros valores,que, pese a que la mayoría de las mujeres se desempeña en medios digitales, en esas empresas los puestos jerárquicos están ocupados por varones: en más de siete de cada diez los jefes y los integrantes de las mesas directivas son hombres. 

 


Ahora bien, del otro lado de la noticia, la disparidad de género en las fuentes de información da cuenta de un escenario asimétrico que no se acaba en los medios de comunicación. Las diferencias sexo-genéricas a la hora de la toma de la palabra se reproducen a partir de una matriz estructural. El resultado es elocuente: ocho de cada diez fuentes citadas en notas relacionadas con COVID-19 son hombres. 

Las diferencias sexo-genéricas a la hora de la toma de la palabra se reproducen a partir de una matriz estructural. El resultado es elocuente: ocho de cada diez fuentes citadas en notas relacionadas con COVID-19 son hombres.

Los datos revelan que el mundo de la pandemia construido en los medios reproduce una cultura patriarcal que encuentra una dimensión material en la presencia de mujeres en los principales poderes fácticos e institucionales del país.

Así, la exigua presencia de mujeres en posiciones directivas en el mundo empresarial hace de ese ámbito un terreno masculino como ningún otro. En tanto, pese a la perspectiva de género que fue ganando terreno en el discurso político, la inequidad de la palabra no es más alentadora en las instituciones del Estado. Los ejecutivos provinciales -gobernaciones e intendencias-, muchos de ellos asentados en tierras de caudillos, son los más desiguales en la visibilización pública de funcionarias mujeres.

El dato que llama la atención es que, quizás por la centralidad de sus alcaldes y ministros varones, los gobiernos de la provincia y la ciudad de Buenos Aires se ubican entre los más desiguales, con escasa aparición mediática de funcionarias.

El ámbito del gobierno nacional no mejora demasiado la cuenta, aunque muestra honrosas excepciones en materia de equidad. El 100% de las declaraciones a los medios del Ministerio de la Mujer fueron formuladas por mujeres, como el 93,3% de las provenientes del Ministerio de Justicia y el 85,7% de las generadas en el ámbito del Ministerio de Seguridad. La presencia de las ministras Elizabeth Gómez Alcorta, Marcela Losardo y Sabina Frederic constituye una contrastación elocuente de que la llegada de mujeres a los cargos públicos de mayor jerarquía contribuye con su mayor visibilidad. No obstante, los tres ministerios citados tuvieron apariciones menores en el debate público sobre la pandemia.

 

 

En ese contexto un dato resulta alentador: el Ministerio de Salud, cartera con mayor exposición del momento, tiene una relación bastante equitativa en las coberturas. Allí, las voces de mujeres acaparan el 43%. La presencia de Carla Vizzotti en un lugar central del manejo de la pandemia resulta nuevamente explicativa de que las decisiones políticas construyen realidades más igualitarias. Máxime, si se tiene en cuenta que, además de presencia diaria en las pantallas, la sanitarista obtiene mayor crédito mediático que el promedio de los funcionarios públicos del Poder Ejecutivo.

En tanto, si bien el Poder Legislativo es el más igualitario de los tres por la implementación de la ley de cupo de género, ello no genera aún una visibilización equitativa de legisladores y legisladoras.

Finalmente, los especialistas, generalmente médicos o científicos muy consultados en días de incertidumbres sanitarias, tampoco revierten la ecuación, poniendo en evidencia que la disparidad y el techo de cristal también operan en un sistema fuertemente meritocrático como el científico.

El momento actual da cuenta de que, pese a los esfuerzos -casi- individuales de algunas comunicadoras por equiparar los porcentajes, las diferencias siguen siendo profundas. Que un pequeño grupo de periodistas intente representar equitativamente a mujeres entre sus fuentes suma, pero no alcanza si la mayoría de las piezas periodísticas lleva firmas masculinas que no promulgan equidad o si los puestos jerárquicos continúan ocupados por varones. La pandemia obligó a reformular diversos esquemas de la vida en sociedad, pero la paridad de género sigue sin tener lugar en la cobertura mediática.