22|1|2021

La década que dejamos atrás fue, para la lucha de las mujeres por la igualdad, un tiempo de varias cosechas. Gracias a la movilización de distintos sectores, los temas de discusión que nos atraviesan y que integran la agenda de género se ganaron un lugar importante en los últimos años. Varias ideas en diversos campos sociales cambiaron para ofrecer, al menos en un principio, condiciones más igualitarias. Lejos estamos de terminar, pero no debemos ignorar lo avanzado.

 

La vinculación de la mujer con el trabajo es uno de los temas más representativos y actuales. En esa batalla por los derechos, lo laboral se convirtió en un lugar propio, donde también surgen otros roles mencionados de forma asidua: la mujer “pulpo”, “orquesta” o “multitasking”. Y ahí vuelve la desigualdad.

 

Si bien esta situación marca una clara desventaja en la mayoría de los casos, es un atributo o una cualidad que aplica también al mundo profesional, la administración de tiempo, de recursos y de eficiencia. No dejamos de lado la desigualdad, pero aun en ella, las mujeres nos abrimos camino.

 

Lideresas

También el horizonte y las proyecciones se van transformando, porque empieza a haber cambios en las miradas y las ambiciones. Las cuestiones de liderazgo eran impensadas para las mujeres hace un tiempo. Hoy, en distintos ámbitos -desde la ciencia hasta las relaciones exteriores-, las mujeres tienen roles de liderazgo. Y lo que parece más importante es la apertura a la formación sin ningún tapujo. Desde la participación (a veces difícil) hasta la posibilidad de elegir una formación, una profesión, desde la herrería hasta la ingeniería. Abrimos puertas.

 

En esta línea, el ámbito sindical es de gran interés, y las distintas miradas siempre pueden aportar una visión más completa de la realidad. La participación de mujeres en las Comisiones de Acción Social o de Asuntos Gremiales, puede devenir en nuevos proyectos, acciones e iniciativas. Se trata de generar pequeños cambios con grandes consecuencias en nuestra sociedad, porque el trabajo para la mujer -al igual que para el hombre- es un espacio de realización y de desarrollo personal. No hace mucho tiempo, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, inauguró una escuela de formación sindical, iniciativa que aplaudimos y de la cual esperamos sigan otras. Damos por descontado que incluirá una correcta perspectiva de género. Es buena forma de abrir espacios y aprender a trabajar de manera mancomunada.

 

Desde el teletrabajo a las tareas en una planta, acompañando compañeros y compañeras en la lucha por derechos, las mujeres marchan a la par de sus compañeros reivindicando banderas. Eso no sólo nos coloca en un colectivo social, habla también del compromiso, de la pertenencia. Se podría decir que es “ponerse la camiseta”.

 

Si las mujeres resistimos a la presión de los cuidados de niños y niñas, abuelos y abuelas; si hacemos malabares con la escuela, la casa, la comida, más las autoexigencias personales, ¿cómo no vamos a estar preparadas para un espacio de trabajo cargado de presiones o en donde se tomen decisiones? Creo, humildemente, que somos más que aptas. Siempre lo supimos. Nunca debió estar en duda.

 

Sin embargo, esto aún ocurre en varios espacios de nuestra Argentina. Ocupamos lugares sin intención de quitárselo a nadie, pero tampoco de permitir que nos los quiten. Hay lugar para todos y todas.