17|4|2021

El 90% de los adolescentes pasa la mayor parte el día conectado al mundo digital, que no está exento de peligros. "Las políticas de cuidado" y la escuela.

El término Darknet le pertenece a cuatro miembros de Microsoft que en 2002 escribieron un paper sobre la dimensión desconocida de la red (tráfico de armas, pederastía, drogas y operaciones secretas de encriptamiento y ciberdelitos) a la que pocos acceden. Un segundo mundo, muy al estilo de Matrix, pero que no tiene nada que envidiarle a los submundos del hampa, el narcotráfico, el cine snuff u otro tipo de delitos en la vida fuera de la red. Sin embargo, la existencia de esta red subterránea pone en evidencia que la dimensión digital del mundo no está exenta de peligros. 

 

Lejos de la visión algo naif de los nativos digitales que celebramos muchos con Marc Prensky en los albores del mundo digital, la extensión de la red en nuestro entorno exige un sinnúmero de políticas de cuidado. Bulliyng, grooming, fake news, negacionismo, el ciberodio, son, en  la actualidad, tendencias que nos ponen sobreaviso de que lo que ocurre en la red no es tan transparente.  

 

En especial, para el mundo de los niños, niñas y adolescentes,  para los cuales una línea más que importante de investigadores viene proponiendo políticas que los Estados y la sociedad civil deberían incluir en sus agendas: me refiero a los trabajos de Roxana Morduchowicz, de Inés Dussel, entre muchos otros. En líneas generales, estas autoras, impulsan una "alfabetización digital" que se incluya en las currículas educativas y en las políticas públicas dedicadas a la infancia y los adolescentes. 

 

En ese sentido, y bajo la inspiración de las "políticas de cuidado" , la cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires sancionó recientemente la creación de un programa provincial para prevenir el grooming. Esta encomiable iniciativa, impulsada por la legisladora del FdT, Luciana Padulo, vino a saldar una deuda.

 

Pero no debería ser la única. Si tenemos en cuenta los estudios de campo más recientes, el 90 % de los adolescentes pasan conectados la mayor parte de su día. Desde que se levantan y hasta que se acuestan. Chatean, miran programas de televisión, hacen las tareas escolares, comparten imágenes y videos, juegan, todo el día con sus pequeños celulares haciendo multitasking de manera ininterrumpida. 

 

Antes que los integrantes de la Escuela de Canada definieran el campo de la ecología digital, las nuevas generaciones la pusieron en práctica. Y  ya hay señales inquietantes: 8 de cada 10 adolescentes dicen no consultar más que el primer link que les aparece en el buscador cuando hacen sus tareas escolares.  Casi el 70% dice seguir los consejos de sus pares, de foros o youtubers. 9 de cada 10 sólo leen noticias en las pantallas y sus lecturas duran apenas unos minutos.

 

Según uno de los últimos estudios de Roxana Morduchowicz, Ruidos en la web, los "chicos de hoy viven en permanente  fragmentación, previsionalidad, búsqueda constante de inmediatez y una intensa sensación de impaciencia". En ese clima de incertidumbre, además, proliferan los relatos conspirativos. Uno de esos relatos conspirativos fue el del exitoso documental El dilema de las redes sociales, de Netflix, estrenado durante este 2020, en plena pandemia, dirigido por Jeff Orlowski, en el que "arrepentidos" del  mundo de la web cuentan sus secretos. 

 

Apenas termine la pandemia habrá que reorganizar la escuela, recuperar presencialidad, pero también reconocer que la dimensión digital de los aprendizajes es otra clave de la educación futura. 

Con la cita de Sófocles en Antígona en el preludio ("Nada  extraordinario llega a la vida de los mortales separado de la desgracia"),  el relato nos cuenta todos los perversos mecanismos que volvieron a las redes sociales adictivas. Cualquiera que sea miembro de alguna de ellas, supongo que ya sabe a lo que nos referimos. 

 

Este año en particular ha sido, además, complejo. El 100 % del sistema educativo se volcó a la red, y sabemos ahora la importancia que tiene ese mundo. Sus potencialidades, sus peligros y sus desiguales accesos. Apenas termine la pandemia habrá que reorganizar la escuela, recuperar presencialidad, pero también reconocer que la dimensión digital de los aprendizajes es otra clave de la educación futura. 

 

Entre las desgracias ya enumeradas, no hay que dejar pasar algunas que constituyen una veradera constelación. Me refiero a la desaparición de la intimidad, la proliferación de noticias falsas, el cocooning (tendencia a socializar cada vez menos y vivir en cuartos o casas unipersonales sólo contectados por las mediaciones digitales). Aquí  la amenaza es la pérdida de contacto con lo real, lo existente, la verdad. 

 

En Historia reciente de la verdad, Roberto Blatt hace un señalamiento interesante: la verdad es un construcción de la era moderna, cuando salidos del mundo de la magia y la metafísica, las sociedades decidieron ajustarse a una realidad objetiva, medible, experimentable y compartida. Hoy, esta dimensión experimentable y compartida de la realidad es lo que está en peligro. Otro desafío interesante para la escuela.