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Esquirlas de la guerra: periodismo en campaña

La entrevista de Morales Solá a Fernández revela las zonas erróneas de los periodistas notorios de los grandes medios. Sus testimonios muestran el olvido de principios elementales de la profesión.

Esquirlas de la guerra: periodismo en campaña

26/07/2019 10:32

 

Circuló profusamente en el ambiente peronista, especialmente en el kircherismo, la entrevista que el lunes 22 le hizo el conductor Joaquín Morales Solá en su programa Desde el Llano al candidato presidencial Alberto Fernández, del Frente de Todos. La entrevista condensó algunas cualidades que ayudaron a su viralización entre los simpatizantes de la principal fuerza opositora al gobierno de Mauricio Macri: fue realizada en los estudios de TN, la señal de información y opinión del Grupo Clarín, por uno de los columnistas clásicos del diario La Nación, es decir, por un producto genuino de la comunicación más reactiva al kirchnerismo. Fernández lució articulado y coherente, algo por lo que no se destaca la campaña que protagoniza, mientras que Morales Solá balbuceó en varios tramos de la nota, desconcertado frente a argumentos que no imaginaba o que no esperaba por parte de su entrevistado, e incluso fue superado en varios tramos con datos que, citados por el candidato, el conductor parecía ignorar. Otro ingrediente que atrae la atención de propios y extraños es la zigzagueante relación entre el Grupo Clarín, el establishment periodístico y Alberto Fernández en los últimos 15 años.

Pero aunque varios de esos puntos revelen interés, en especial el discurso de protagonistas de la campaña electoral, este texto busca, en cambio, analizar a partir del desempeño Morales Solá un tipo de periodismo que, sin ser representativo del universo muy heterogéneo que ejerce la comunicación masiva en medios de la Argentina, es sin embargo modelo del estamento más notorio y encumbrado en los grandes diarios y emisoras comerciales de Buenos Aires. Como muestra en sus estudios sobre el tema Micaela Baldoni, los periodistas notorios influyen en la producción de encuadres sobre temas, actores sociales, políticos y económicos y son a la vez un espejo en el que suelen mirarse las nuevas generaciones de comunicadores, sea para imitarlos o para rechazarlos.

 

 

Pues bien, en la entrevista, Morales Solá exhibe características inherentes a un modelo que se autopercibe como "independiente", "profesional" y que, en ocasiones, profesa el credo de la objetividad. Morales Solá, cuya trayectoria no es materia de este artículo, cuenta además con otras credenciales que lo elevan al rango de modélico para algunos de sus colegas: su acceso privilegiado a fuentes del poder económico y político; su prosa y su dicción más elaboradas que las del promedio de sus pares; su espacio protagonista desde hace décadas en los diarios y emisoras más masivos del país.

En uno de los tramos sobresalientes de la nota con Fernández, Morales Solá dice, cabizbajo, "usted me confunde porque acá la mayoría de los economistas, en este programa, dicen que Cristina dejó un déficit de siete puntos", a lo que Fernández replica "eso no es lo que dijo el Indec de Macri, que además hizo correcciones sobre las cuentas públicas", dejando sin palabras a uno de los conductores con mayor capacidad expresiva de los medios locales.

La frase de Morales Solá es reveladora, como testimonio, de la tara endogámica que excede con creces a los periodistas notorios, pero que es más evidente en ellos por su masividad y por su mayor dotación de recursos: la consulta a fuentes coincidentes con las opiniones propias y el rechazo a contrastar su punto de vista con perspectivas diferentes, contradictorias y críticas. “Los economistas que vienen acá” son, hablando en criollo, miembros de un mismo club, con el que Morales Solá simpatiza abiertamente. “Los economistas que vienen acá” no aluden a la realidad ni a los datos que describía Fernández sino de modo caricaturesco, deformando el núcleo de la argumentación que Fernández desplegó en el set de TN.

En el reverso de esta situación se inscribe la incomodidad que sintió la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, entrevistada por María O´Donnell y Ernesto Tenembaum en Corea del Centro, el programa de NetTV el 16 de julio. Acostumbrada al trato favorable de la mayoría de conductores y columnistas (muchos de ellos receptores directos de la tan generosa como opaca publicidad oficial de la provincia que conduce), Vidal se mostró adusta cuando debió soportar algo tan elemental como la repregunta y la expresión de indicadores sobre pobreza y cobertura de servicios durante su gobierno que cuestionaban su discurso.

 

 

Los casi cuatro años de gestión de Mauricio Macri fueron un reparo para que las cúpulas del periodismo y de la política oficialista en Buenos Aires (donde confluyen poderes nacionales, de la provincia y de la ciudad capital) eludieran salir de su zona de confort, después de un largo periplo vivido con zozobra por muchos de sus miembros, que finalizó con la victoria electoral de 2015. La escasa propensión a reflexionar sobre sus zonas erróneas, entre las que se cuenta la corrupción periodística, es efecto del aire viciado por la endogamia y por un ecosistema de medios cuyos cimientos crujen.

La zona de confort relajó su capacidad de concebir vida inteligente más allá de sus confines. Por eso también es significativa la frase de Morales Solá, porque reconoce la estrechez de miras de las fuentes que consulta y que condicionan su recorte sesgado de la realidad tanto como su capacidad para contestarle a Fernández en igualdad de condiciones. No pudo hacerlo porque ignoraba, lisa y llanamente, que existía del otro lado una perspectiva elaborada, no una caricatura ni una consigna deformada como es descripto el peronismo opositor, y en especial el kirchnerismo, en sus columnas y en las de sus colegas.

Esa misma actitud de Morales Solá en la entrevista también evidencia y desarma (o deconstruye, como se dice ahora) los rudimentarios mecanismos con los que los más afamados conductores y columnistas políticos encuadran a un sector político que, guste o no, expresa un importante porcentaje de ciudadanos en el país. Cuando quien es caracterizado como demonio tiene la posibilidad de argumentar y rebatir una parte considerable de los juicios de valor que lo denigran en ausencia, no sólo muestra que no es un demonio, sino que expone el mecanismo de su descalificación. Por supuesto, el mecanismo descripto no es patrimonio del periodismo oficialista, también vale para el periodismo opositor.

Pero ¿por qué el periodismo autopercibido como “independiente” y “profesional” prescinde en su práctica cotidiana de la consulta con las fuentes sobre las que habla (especialmente a las que critica) para citar "otras campanas"? ¿por qué priva a su audiencia/lectores de una parte de las perspectivas comprometidas en los hechos que relata? ¿por qué reproduce esa práctica no sólo en el proceso de elaboración de las notas, sino también a posteriori, al negarles a los sujetos criticados o denunciados el derecho de respuesta, la posibliidad de que los destinatarios de la crítica o de la denuncia cuenten con la réplica del propio actor?

Un editor de La Nación justifica así la decisión de no consultar por su versión de los hechos a personas públicas denunciadas o criticadas en las notas y opiniones publicadas: "No contrastar lo que un periodista sabe que es mentira o que intuye que sirve a intereses no explícitos es una irresponsabilidad y una falta de respeto con el lector. Abunda". Es decir, la sesgada selección de fuentes obedece, según este editor, a un filtro que aplica a sabiendas de lo que sería verdad y lo que es mentira y que podría catalogar intereses no explícitos (como si existiera alguna persona que no los tuviera). Por ello resuelve omitir la consulta y la cita de la perspectiva de los actores sociales, políticos o económicos que o bien mienten o bien sirven a intereses no explícitos. Este es uno de los dispositivos del mecanismo endogámico que desemboca en el titubeo de Morales Solá frente a Fernández.

Por su parte, uno de los responsables editoriales del diario Clarín, quien participa del armado de la tapa y de la jerarquización de temas del principal diario del país tanto en su versión impresa como online, afirmó en diálogo con el autor de esta nota que la decisión de no incluir en tapa una masiva movilización que llenó la Plaza de Mayo en 2017, en reclamo contra la política de seguridad del gobierno nacional, se debió a que la misma, según él había sido "convocada por el PO (Partido Obrero), (Horacio) Verbitsky y (Hugo) Yasky diez horas después de comenzada la veda electoral" (los convocantes de aquella movilización no fueron estos tres actores, sino un arco más amplio y diverso de organizaciones, pero no es el punto en cuestión).

En ambos testimonios, la invocación de la vileza ajena como atenuante para emplear métodos no convencionales convierte a lo extraordinario en ordinario. En confianza y estricto off the record, muchos periodistas notorios y aspirantes a serlo describen en términos bélicos este apartamiento del decálogo de consulta con fuentes diversas y en particular de los sujetos mencionados en las notas como requisito para proveer al público un producto informativo que le permita elaborar sus propias conclusiones. No es casual que el fallecido ex editor jefe de Clarín, Julio Blanck, calificara como "periodismo de guerra" el sesgo manifiesto de los medios del Grupo Clarín en su agenda política y económica. El problema de desplazar la profesión de periodista por la de soldado (o general) es que se acaba negando al otro el principio de inocencia, el derecho a defensa y la cita de la propia explicación. Y este problema se advierte en las redacciones, no sólo en Buenos Aires. En palabras de un redactor consagrado de La Voz del Interior, "cada día se hace más difícil hacer periodismo".

Por el contrario, en la mejor tradición periodística profesional, la regla es no identificar al acusado de un hecho de gravedad sin previa sentencia judicial. Ello ocurre hoy en día en Suecia, por ejemplo, donde recién cuando es conocido el acusado (porque el mismo actor lo ha difundido o porque hubo sentencia) es de rigor buscar su testimonio al elaborar una noticia sobre él. Claro que en Suecia los mecanismos de regulación y autorregulación de medios y del periodismo son respetuosos de estándares que tienen siempre al público y a su derecho a la información como objetivos centrales.

Pero en la Argentina, como se ve cotidianamente, la erosión de esos principios elementales de la práctica periodística funciona como incubadora de la negación de principios y garantías constitucionales (los citados presunción de inocencia y derecho a defensa). E inversamente, se cierran filas en férrea defensa de la propia tropa aún en episodios que exponen los vínculos promiscuos de notorios periodistas con servicios de inteligencia, aún a costa de ignorar que parte de la relación estuvo basada en la provisión de información y datos personales, privados, de colegas periodistas a los servicios.

El desplazamiento de la doctrina de la independencia y el profesionalismo por el lenguaje y las prácticas de la guerra -en la guerra hay que tomar partido, no vale ser reflexivo ni cuidadoso de los métodos porque la tibieza se paga con la vida propia- convierten al periodismo en un ejercicio paradójico porque, al hacer la guerra, sepulta los valores y comportamientos básicos que lo constituyeron como oficio. La entrevista de Joaquín Morales Solá a Alberto Fernández muestra que las esquirlas dejan huella incluso en los más altos oficiales.