X
Vuelve a la política para jugar a lo grande. Candidata con convicciones y estilo particular. La dirigente ingobernable, en modo on.
Por 28/04/2019 1:35

El calor santafesino aún no apretaba en aquella mañana de principios de enero. Ya estaban acomodadas las cámaras, los micrófonos y los periodistas preparaban un tweet para confirmar la candidatura que ya no tenía escapatoria. Pero algo en el aire sugería una posible y nueva indefinición. Si eso sucedía, no habría retorno para la rosarina María Eugenia Bielsa.  

Finalmente, la arquitecta soltó: “Yo voy a ser precandidata por la gobernación de Santa Fe”. Del otro lado ya estaba haciendo campaña desde hacía rato Omar Perotti, y Cristina Fernández se encargaría de bajar con apenas un gesto al resto de los aspirantes a la Casa Gris.

Bielsa parece no poder separar los sentimientos personales de la política. No tiene modo off. Eso lo sostiene sobre una integridad innegociable y una frontalidad brutal, su máximo capital. “Soy determinada y de convicciones”, sostiene. Está en su gen, en el gen Bielsa que comparte con sus hermanos, el DT de fútbol Marcelo Bielsa y el ex canciller del kirchnerismo, Rafael. “Somos una familia sanguínea”, grafica.

 

 

Y como estas características la hacen aún hoy atractiva para parte del electorado, también tienen sus consecuencias. Algunos hablan de la necesidad de concesiones en algunos momentos políticos para lograr un escenario más conveniente. Hasta, inclusive, “tragarse algunos sapos”, más allá de los convencimientos. En Bielsa no va.

El estrellato a la política grande lo obtuvo cuando Jorge “Turco” Obeid la buscó personalmente para completar su fórmula a la gobernación en 2003, que terminaron obteniendo gracias a la extinta Ley de Lemas. La figura fresca y de ideas nuevas “choca con un justicialismo aún vetusto”. El Turco la protege.

En 2005, con dos años de vicegobernadora y un país y provincia que marchaban, Néstor Kirchner le pidió encabezar la lista de diputados nacionales. Le dijo que no, argumentando una “traición a los santafesinos que le dieron el voto”. Trajo reprimendas.

INGOBERNABLE. Luego se darían otros episodios marcados por su temperamento. En 2011, se convirtió en referente del peronismo santafesino al arrasar en las elecciones como diputada tras obtener más votos incluso que el candidato a gobernador Agustín Rossi. Tanto protagonismo lo sufriría en la Legislatura: acusa maltratos y desplantes orgánicos del propio peronismo. A un año de asumir la banca, en 2013, leyó una carta prendida fuego y renunció. Señala a Rossi, por entonces ladero máximo de CFK.

 

 

Pero se entiende kirchnerista. Meses después visitó a Cristina, porque pese a todo tracciona votos, para cerrar su lista a diputada nacional. Aparecieron “peros” que mandaron todo al tacho.

En 2015, se sintió un ambiente de clamor hacia Bielsa. Tenía todos los números para ser candidata pero una serie de condiciones que exigió Cristina no la convencieron. Faltaban cuatro días para el cierre de las listas y se bajó.

Hay algo que no la termina de hacer encajar del todo y coronarse. Será su inconformismo, el “inorgánica” que le pusieron los viejos peronistas, o su profesión de arquitecta donde el orden y la necesidad de que nada se venga abajo es vital.

 

 

Este 2019 tendrá su revancha. El kirchnerismo cerró con su rival, Perotti, y hasta se volvió a hablar de un desplante con Cristina por la “conducción total”. Ella lo desmiente y dice que los kirchneristas se volcarán por su perfil en las urnas.

El laberinto peronista no lo quiere desandar de la forma tradicional y mucho menos saltar por arriba, sino con sus modos, con el estilo Bielsa. Confía en su larga capacidad. Se aleja de los aparatos, de la estructura partidaria y hasta del territorio profundo. Descansa en su personalismo y en parte de aquellos 580 mil votos de 2011.