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"Los católicos pusieron lobby político y los evangélicos, la gente en la calle"

Experto en Sociología de la Religión, el ex decano de la Facultad de Sociales de la UBA analiza la presión de sotanas y pastores, pero advierte sobre la incapacidad de los partidos. Cómo operaron.
Por 09/08/2018 2:54

Pocas horas antes de la votación del Senado sobre el proyecto de legalización del aborto, el sociólogo Fortunato Mallimaci anticipa que el desenlace legislativo no será determinante para la lucha por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Para este sociólogo de la religión, investigador del Conicet y ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, con este debate comenzó un proceso social imparable que, por ahora, tiene un gran ausente: los partidos políticos.

En diálogo con Letra P, analiza el lobby religioso, pero no pierde de vista el rol de los partidos, que serán interpelados en las próximas elecciones para que expliquen por qué están en contra de que las mujeres puedan decidir sobre su propio cuerpo.

Desde su punto de vista, la crisis del patriarcado ahora gira en torno a ese nuevo cuestionamiento público, a partir de la movilización de millones de mujeres. Ese reclamo, asegura el experto, no tendrá freno, sino que se profundizará para exigir la separación de la Iglesia del Estado.

Señala que, durante la acumulación religiosa para evitar que prosperase la iniciativa, los evangélicos pusieron la gente en las calles y los católicos aportaron el máximo lobby político y económico, en un escenario político crítico para un patriarcado transversal a todas las corporaciones políticas, donde algunos partidos, como el radicalismo, afrontan una claudicación que lo hermana con el peronismo: la misma fuerza que instauró el voto femenino hace medio siglo pero que, ahora, se diluyó ante la presión de los credos. Una negociación de conveniencias que ahora opera con un argentino al frente del Vaticano. A los ojos del entrevistado, Francisco está a la izquierda de su clero local en materia social y política, aunque coincide fervientemente en evitar la legalización del aborto.

 

 

BIO. Obtuvo un doctorado en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París, Francia, en 1982, con su tesis "Catolicismo y Estado Militar en la Argentina (1930-1946)". Es miembro del Conicet como especialista en sociología histórica del catolicismo, grupos religiosos en sectores populares y pobreza y políticas sociales. Nacido el 8 de abril de 1950 en Punta Alta, provincia de Buenos Aires. Fue decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires entre 1998 y 2002 y luego fue director del Centro Franco Argentino de Altos Estudios de la misma casa de estudios hasta 2009. Es considerado uno de los máximos expertos en sociología de la religión en Argentina, con decenas de trabajos publicados como autor y en coautoría. Algunas de las obras individuales son el reconocido "Atlas de las creencias religiosas en Argentina" (Biblios, 2013) y "El mito de la Argentina laica. Catolicismo, política y Estado, Buenos Aires" (Capital intelectual, 2015). Tiene tres hijas y seis nietos. 

 

Entre la aprobación en Diputados y la votación en el Senado, la presión de la Iglesia parece haber torcido la voluntad de muchos legisladores. ¿Fue subestimado su rol o cree que recuperó el poder perdido en estos últimos años?

- Lo interesante es que, después de la media sanción del aborto seguro en la Cámara de Diputados, empezaron a movilizarse muchos grupos del mundo religioso, pero en especial el mundo evangélico. De hecho, fue el que ha tenido un nivel de movilización determinante, como un reflejo del impacto que tiene este movimiento en toda América Latina y que está muy en contra del movimiento de mujeres y de la igualdad de género. Son sectores compuestos por sacerdotes, pastores, empresarios, políticos y demás hombres que no están de acuerdo con que la mujer decida sobre su cuerpo.

En ese contexto, ¿cómo define al lobby religioso?

- A ese proceso se sumó el lobby católico, que, a diferencia de lo ocurrido en otros momentos, como durante la sanción de la ley de divorcio en los 80 o del matrimonio igualitario en la década pasada, intervino de otra manera. En esta oportunidad, apostó a las influencias políticas y económicas para evitar que prosperase el proyecto. La iglesia empezó diciendo que era un tema científico, pero poco después apareció hablando desde los púlpitos y desde los lugares más religiosos, con una campaña que apuntó a decir que la legalización del aborto era contra la vida. No sólo eso, sino que apeló a los sectores más populares mezclando todos estos temas y diciendo que las mujeres pobres no abortan, lo cual es falso.

 

 

¿Quiere decir que los grupos religiosos se repartieron la forma de presionar?

- Es muy notable que la gente que está en las calles movilizándose desde hace algunas semanas contra el proyecto sean mayoritariamente evangélicas. Para el acto realizado la semana pasada movilizaron casi 5 mil colectivos. Esto demuestra que hay un poder que quiere hacerse ver, por fuera de los sectores católicos más duros, que también se movilizaron bajo las consigas del Opus Dei. Los católicos pusieron el lobby político y los evangélicos, la gente en la calle. En el caso de los evangélicos, han apostado, por ejemplo, a sus bandas de rock, que llevan 50 mil personas cuando tocan en Tecnópolis. También están jugando a sus superstars. Ese marketing y esa política que están llevando a cabo, que cuenta con el apoyo de determinados medios, es parte de un sector que no se había pronunciado antes. Eso impactó en distintos medios, que hasta entonces daban señales de que más o menos apoyaban la despenalización del aborto, porque que no tenían otro camino, pero ahora muestran a la gente movilizada contra el proyecto, como parte de una polarización que antes nos mostraban así, porque había una multitud a favor de la despenalización y del otro lado, muy poca gente.

"Se da un cambio que va más allá de esta ley, donde las mujeres seguirán reclamando decidir sobre sus propios cuerpos."

¿Cree que este proceso de movilización concluye con la votación en el Senado?

- Sin dudas somos parte de una sociedad que está muy movilizada, pero dentro de un proceso que continuará más allá de esta sesión. Así como se movilizaron los grupos religiosos en esta última etapa, si no sale la ley seguirá una fuerte movilización de las mujeres. Me parece que será una ofensiva por una sociedad mucho más laica, definida por la separación de la Iglesia del Estado, porque no debe primar este componente religioso del que estamos hablando.

¿Cómo continuará la lucha por la legalización del aborto?

- Ha quedado claro que los grupos religiosos tienen derecho de ciudadanía, pero hay que dar otro paso: que sus concepciones sobre la vida sexual y sobre su subjetividad sean sólo para esos grupos y no para toda la sociedad ni para las políticas públicas. El mundo evangélico abarca al 15% de la sociedad. El mundo católico es mucho más amplio. Sin embargo, creen por su propia cuenta, es decir que rearman sus creencias. Dentro de cada grupo religioso hay sectores que están de acuerdo con despenalizar el aborto y hay otros que piensan lo contrario, más allá de que (el ex ministro de Salud) Ginés González García y (el actual titular de la cartera sanitaria) Adolfo Rubinstein explicaron claramente y con datos que en 2016 murieron 43 mujeres (el 17% de las muertes maternas) y que en 2014 hubo 47 mil hospitalizaciones por aborto. Pero las representaciones que priman hasta ahora sostienen todo lo contrario, en nombre de la vida.

"Que los radicales estén votando en contra de despenalizar el aborto es una amplia claudicación."

¿Cuál será el eje ante la supremacía de estas representaciones que usted cuestiona?

- Me parece muy importante destacar que la discusión es sobre el derecho de las mujeres para que puedan decidir sobre sus cuerpos y si tener, cuándo y cómo a sus hijos. Porque ese debate evidencia a los grupos patriarcales, que estarían representados por los grupos religiosos, pero que van mucho más allá y están integrados por poderes económicos, judiciales y políticos que buscan reforzar ese orden de lo varonil para que sigan decidiendo sobre los cuerpos de las mujeres. Por eso, considero que se está dando un cambio que va más allá de esta ley, donde las mujeres seguirán reclamando decidir sobre sus propios cuerpos.

¿Cuál es el elemento que lo lleva a esta conclusión?

- Que, por suerte, hay tantas mujeres movilizadas. Son cientos de mujeres que utilizan otros métodos para abortar y que son solidarias con las que sufren. Son todas chicas jóvenes, que se mueven solidariamente porque la mayoría de esas mujeres movilizadas provienen de sectores acomodados que saben cómo hacer un aborto. Es gravísimo lo que pasa en las mujeres de los sectores populares, porque es mentira que las mujeres pobres no abortan. Lo sufren y utilizan cualquier medio para hacerlo por falta de recursos. Así ponen en peligro sus vidas. Escuché a algunos decir que son pocas las 43 muertes anuales. Hay más de 30 mil que tienen complicaciones, que sufren enfermedades y contagios. Sobre todo, son mujeres de sectores populares y por suerte hay grupos de mujeres que quieren ser solidarias y quieren despenalizar el aborto y se manifiestan en contra del aborto clandestino. Pero el tema central es que las mujeres decidan sobre su cuerpo, porque es un cambio para todos los hombres, acostumbrados durante siglos y siglos a decidir lo que ellas tienen que hacer con su cuerpo y cuándo tener o no tener un hijo.

 

 

¿Cómo define el rol de los partidos políticos en esta discusión?

- Quedan discusiones irresueltas que confirman la continuidad de esta lucha. Una muestra está en el radicalismo. Que los radicales estén votando en contra de despenalizar el aborto es una amplia claudicación. Más aún, cuando el PRO y el Presidente hicieron un gran esfuerzo para que se concretara este debate y aún así hay un grupo que vota en contra del aborto. A eso se suman sectores del peronismo, de un peronismo que amplió los derechos de las mujeres, que instauró el voto femenino y que ahora también vota en contra del aborto. Por eso considero que falta un amplio debate dentro de los partidos políticos, no solo en los credos, porque los que votan son los senadores y los diputados, elegidos por el voto a una determinada agrupación política. Es fácil decir que esto es culpa de la iglesia, pero no es así, porque la expresión de ciudadanía es por medio del voto a los partidos. No votamos sacerdotes ni pastores ni empresarios de medios. Votamos a representantes de determinados partidos para que construyan la felicidad del pueblo y, en este caso, de las mujeres.

¿Hablar de la responsabilidad de los partidos no diluye el rol de presión de los grupos religiosos?

- Me parece muy necesario que en la próxima campaña sean los partidos políticos los que digan si están en contra o a favor de que las mujeres elijan sobre su cuerpo. Que se discuta, porque vamos a descubrir nuevas situaciones. Los diputados y senadores que votaron en contra del aborto que se lo digan a sus votantes, porque hay una gran cantidad de mujeres que votan y pueden hacer valer su posición.

"Es fácil decir que esto es culpa de la iglesia, pero no es así, porque la expresión de ciudadanía es por medio del voto a los partidos. No votamos sacerdotes ni pastores ni empresarios de medios. Votamos a representantes de determinados partidos."

¿Cómo opera la relación entre los partidos políticos y los grupos religiosos en debates como éste?

- Hay una subjetividad que está en crisis y los partidos tienen que aprender de esto. Estamos ante una gran cantidad de mujeres movilizadas y concientizadas con capacidad para dar una pelea de largo plazo. Van a fondo para terminar con el patriarcado. Es un largo proceso que va a seguir ocurriendo y que hay que seguir acompañando. Por eso le doy más importancia en este debate a los partidos. Si bien entiendo el peso de los grupos religiosos, debo decir que son una minoría de la sociedad argentina. Los evangélicos y católicos no son más del 20 por ciento de toda la sociedad argentina. Saquémonos la careta y que los partidos se hagan cargo del debate que no dieron.

- ¿Pero por qué sucede esto?

- Porque la mayoría de los cuadros políticos son débiles y, cuando caen los sectores religiosos con sus planteos, los partidos los toman, sin tener presente la importancia de la separación de Iglesia y Estado. Es un toma y daca entre los partidos y los grupos religiosos. Esos partidos derogan las leyes de la dictadura para otros temas, pero no lo hacen porque necesitan la ayuda política y económica de los católicos y los evangélicos. La ayuda económica es importante, pero no es la única. Sin embargo, la interlocución política es fundamental, porque piensan que la política en la Argentina debe hacerse con los grupos religiosos, que deben tener sus beneficios y, sobre todo, en tiempos de crisis, cuando los partidos van por esos grupos religiosos para que compensen el poder político que pierden durante la crisis política.

 

 

Cuando hay crisis política, ¿se estrechan esos lazos?

- Ahí se profundiza ese toma y daca, porque la Iglesia le pide al Estado que luego haga leyes para todos, para que compensen esa pérdida de poder. Si bien no pasan del 10% los que van a misa y la mayoría recrea sus creencias, no hay que perder de vista que estamos en crisis de la representación política, de los credos, de los padres, de las madres, entre otros tantos. Pero, por sobre todo, esta crisis de representación tiene a los varones a la cabeza y era previsible que la Iglesia actuara repentinamente, pero estamos ante una Iglesia más preocupada por lo social y por el capitalismo que por otras cosas. Frente a este escenario, hay algunos sectores que aprovechan esa situación, aunque hay una contradicción que deberían resolver de algún modo y que excede a los grupos religiosos. Desde el Estado, esa resolución depende de los partidos y de que la sociedad se movilice, porque la Iglesia no va a buscar que le deroguen las leyes que la benefician.

"Saquémonos la careta y que los partidos políticos se hagan cargo del debate que no dieron."

¿Cree que la política argentina se volvió a clericalizar desde que Jorge Mario Bergoglio fue electo papa en 2013?

- No creo que la política se haya vuelto a clericalizar con la llegada de Bergoglio al Vaticano. Fue así mucho tiempo antes, determinada simbólicamente por la autoridad de un militar y de un obispo. En el caso de la Iglesia sucede especialmente, porque en algunos sectores católicos hay una gran puja en el mundo de lo social. La Iglesia quiere ampliar ese mundo de lo social, mientras busca tener un control sobre la vida privada. Eso le trae problemas, porque estamos ante una institución eclesiástica que no quisiera hablar de las mujeres y mucho menos de la autoridad de las mujeres dentro de la Iglesia. Pero eso no se puede tapar en el siglo 21. Esos temas no se pueden tapar sólo hablando de lo social. Ése es el dilema y lo mismo pasa con la pedofilia, aunque hayan tomado algunas decisiones institucionales. Aún así, entiendo que la Iglesia recuperó un espacio para discutir la cuestión social, para criticar al capitalismo global y a la globalización. Aprovecha un espacio que quedó vacío y eso también pasa en Argentina. En ese contexto, el papado de Francisco juega un rol único.

¿Cree que el debate del aborto debilitó el perfil crítico de Bergoglio en materia social y política?

- En su propio terruño, Francisco afronta la discusión sobre el aborto, pero la Iglesia está muy acostumbrada a esto y está preparada. Ya le pasó en Italia, en Polonia, en España. Ya vivió esos cambios profundos en esas sociedades y tendrá que afrontar los que vengan. Esto demuestra que la discusión sobre el aborto no es solo un problema de la Argentina, pero el tema más preocupante para el Vaticano es que la sociedad europea está cada vez más de derecha, especialmente en materia migratoria.

¿El clero argentino está a la derecha del papa?

- En Argentina y en el plano social estamos con un clero que no está en condiciones de acompañar a Bergoglio como se lo merece, aunque en el plano del aborto coincidan.

"Los católicos pusieron lobby político y los evangélicos, la gente en la calle"

Experto en Sociología de la Religión, el ex decano de la Facultad de Sociales de la UBA analiza la presión de sotanas y pastores, pero advierte sobre la incapacidad de los partidos. Cómo operaron. 

Pocas horas antes de la votación del Senado sobre el proyecto de legalización del aborto, el sociólogo Fortunato Mallimaci anticipa que el desenlace legislativo no será determinante para la lucha por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Para este sociólogo de la religión, investigador del Conicet y ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, con este debate comenzó un proceso social imparable que, por ahora, tiene un gran ausente: los partidos políticos.

En diálogo con Letra P, analiza el lobby religioso, pero no pierde de vista el rol de los partidos, que serán interpelados en las próximas elecciones para que expliquen por qué están en contra de que las mujeres puedan decidir sobre su propio cuerpo.

Desde su punto de vista, la crisis del patriarcado ahora gira en torno a ese nuevo cuestionamiento público, a partir de la movilización de millones de mujeres. Ese reclamo, asegura el experto, no tendrá freno, sino que se profundizará para exigir la separación de la Iglesia del Estado.

Señala que, durante la acumulación religiosa para evitar que prosperase la iniciativa, los evangélicos pusieron la gente en las calles y los católicos aportaron el máximo lobby político y económico, en un escenario político crítico para un patriarcado transversal a todas las corporaciones políticas, donde algunos partidos, como el radicalismo, afrontan una claudicación que lo hermana con el peronismo: la misma fuerza que instauró el voto femenino hace medio siglo pero que, ahora, se diluyó ante la presión de los credos. Una negociación de conveniencias que ahora opera con un argentino al frente del Vaticano. A los ojos del entrevistado, Francisco está a la izquierda de su clero local en materia social y política, aunque coincide fervientemente en evitar la legalización del aborto.

 

 

BIO. Obtuvo un doctorado en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París, Francia, en 1982, con su tesis "Catolicismo y Estado Militar en la Argentina (1930-1946)". Es miembro del Conicet como especialista en sociología histórica del catolicismo, grupos religiosos en sectores populares y pobreza y políticas sociales. Nacido el 8 de abril de 1950 en Punta Alta, provincia de Buenos Aires. Fue decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires entre 1998 y 2002 y luego fue director del Centro Franco Argentino de Altos Estudios de la misma casa de estudios hasta 2009. Es considerado uno de los máximos expertos en sociología de la religión en Argentina, con decenas de trabajos publicados como autor y en coautoría. Algunas de las obras individuales son el reconocido "Atlas de las creencias religiosas en Argentina" (Biblios, 2013) y "El mito de la Argentina laica. Catolicismo, política y Estado, Buenos Aires" (Capital intelectual, 2015). Tiene tres hijas y seis nietos. 

 

Entre la aprobación en Diputados y la votación en el Senado, la presión de la Iglesia parece haber torcido la voluntad de muchos legisladores. ¿Fue subestimado su rol o cree que recuperó el poder perdido en estos últimos años?

- Lo interesante es que, después de la media sanción del aborto seguro en la Cámara de Diputados, empezaron a movilizarse muchos grupos del mundo religioso, pero en especial el mundo evangélico. De hecho, fue el que ha tenido un nivel de movilización determinante, como un reflejo del impacto que tiene este movimiento en toda América Latina y que está muy en contra del movimiento de mujeres y de la igualdad de género. Son sectores compuestos por sacerdotes, pastores, empresarios, políticos y demás hombres que no están de acuerdo con que la mujer decida sobre su cuerpo.

En ese contexto, ¿cómo define al lobby religioso?

- A ese proceso se sumó el lobby católico, que, a diferencia de lo ocurrido en otros momentos, como durante la sanción de la ley de divorcio en los 80 o del matrimonio igualitario en la década pasada, intervino de otra manera. En esta oportunidad, apostó a las influencias políticas y económicas para evitar que prosperase el proyecto. La iglesia empezó diciendo que era un tema científico, pero poco después apareció hablando desde los púlpitos y desde los lugares más religiosos, con una campaña que apuntó a decir que la legalización del aborto era contra la vida. No sólo eso, sino que apeló a los sectores más populares mezclando todos estos temas y diciendo que las mujeres pobres no abortan, lo cual es falso.

 

 

¿Quiere decir que los grupos religiosos se repartieron la forma de presionar?

- Es muy notable que la gente que está en las calles movilizándose desde hace algunas semanas contra el proyecto sean mayoritariamente evangélicas. Para el acto realizado la semana pasada movilizaron casi 5 mil colectivos. Esto demuestra que hay un poder que quiere hacerse ver, por fuera de los sectores católicos más duros, que también se movilizaron bajo las consigas del Opus Dei. Los católicos pusieron el lobby político y los evangélicos, la gente en la calle. En el caso de los evangélicos, han apostado, por ejemplo, a sus bandas de rock, que llevan 50 mil personas cuando tocan en Tecnópolis. También están jugando a sus superstars. Ese marketing y esa política que están llevando a cabo, que cuenta con el apoyo de determinados medios, es parte de un sector que no se había pronunciado antes. Eso impactó en distintos medios, que hasta entonces daban señales de que más o menos apoyaban la despenalización del aborto, porque que no tenían otro camino, pero ahora muestran a la gente movilizada contra el proyecto, como parte de una polarización que antes nos mostraban así, porque había una multitud a favor de la despenalización y del otro lado, muy poca gente.

"Se da un cambio que va más allá de esta ley, donde las mujeres seguirán reclamando decidir sobre sus propios cuerpos."

¿Cree que este proceso de movilización concluye con la votación en el Senado?

- Sin dudas somos parte de una sociedad que está muy movilizada, pero dentro de un proceso que continuará más allá de esta sesión. Así como se movilizaron los grupos religiosos en esta última etapa, si no sale la ley seguirá una fuerte movilización de las mujeres. Me parece que será una ofensiva por una sociedad mucho más laica, definida por la separación de la Iglesia del Estado, porque no debe primar este componente religioso del que estamos hablando.

¿Cómo continuará la lucha por la legalización del aborto?

- Ha quedado claro que los grupos religiosos tienen derecho de ciudadanía, pero hay que dar otro paso: que sus concepciones sobre la vida sexual y sobre su subjetividad sean sólo para esos grupos y no para toda la sociedad ni para las políticas públicas. El mundo evangélico abarca al 15% de la sociedad. El mundo católico es mucho más amplio. Sin embargo, creen por su propia cuenta, es decir que rearman sus creencias. Dentro de cada grupo religioso hay sectores que están de acuerdo con despenalizar el aborto y hay otros que piensan lo contrario, más allá de que (el ex ministro de Salud) Ginés González García y (el actual titular de la cartera sanitaria) Adolfo Rubinstein explicaron claramente y con datos que en 2016 murieron 43 mujeres (el 17% de las muertes maternas) y que en 2014 hubo 47 mil hospitalizaciones por aborto. Pero las representaciones que priman hasta ahora sostienen todo lo contrario, en nombre de la vida.

"Que los radicales estén votando en contra de despenalizar el aborto es una amplia claudicación."

¿Cuál será el eje ante la supremacía de estas representaciones que usted cuestiona?

- Me parece muy importante destacar que la discusión es sobre el derecho de las mujeres para que puedan decidir sobre sus cuerpos y si tener, cuándo y cómo a sus hijos. Porque ese debate evidencia a los grupos patriarcales, que estarían representados por los grupos religiosos, pero que van mucho más allá y están integrados por poderes económicos, judiciales y políticos que buscan reforzar ese orden de lo varonil para que sigan decidiendo sobre los cuerpos de las mujeres. Por eso, considero que se está dando un cambio que va más allá de esta ley, donde las mujeres seguirán reclamando decidir sobre sus propios cuerpos.

¿Cuál es el elemento que lo lleva a esta conclusión?

- Que, por suerte, hay tantas mujeres movilizadas. Son cientos de mujeres que utilizan otros métodos para abortar y que son solidarias con las que sufren. Son todas chicas jóvenes, que se mueven solidariamente porque la mayoría de esas mujeres movilizadas provienen de sectores acomodados que saben cómo hacer un aborto. Es gravísimo lo que pasa en las mujeres de los sectores populares, porque es mentira que las mujeres pobres no abortan. Lo sufren y utilizan cualquier medio para hacerlo por falta de recursos. Así ponen en peligro sus vidas. Escuché a algunos decir que son pocas las 43 muertes anuales. Hay más de 30 mil que tienen complicaciones, que sufren enfermedades y contagios. Sobre todo, son mujeres de sectores populares y por suerte hay grupos de mujeres que quieren ser solidarias y quieren despenalizar el aborto y se manifiestan en contra del aborto clandestino. Pero el tema central es que las mujeres decidan sobre su cuerpo, porque es un cambio para todos los hombres, acostumbrados durante siglos y siglos a decidir lo que ellas tienen que hacer con su cuerpo y cuándo tener o no tener un hijo.

 

 

¿Cómo define el rol de los partidos políticos en esta discusión?

- Quedan discusiones irresueltas que confirman la continuidad de esta lucha. Una muestra está en el radicalismo. Que los radicales estén votando en contra de despenalizar el aborto es una amplia claudicación. Más aún, cuando el PRO y el Presidente hicieron un gran esfuerzo para que se concretara este debate y aún así hay un grupo que vota en contra del aborto. A eso se suman sectores del peronismo, de un peronismo que amplió los derechos de las mujeres, que instauró el voto femenino y que ahora también vota en contra del aborto. Por eso considero que falta un amplio debate dentro de los partidos políticos, no solo en los credos, porque los que votan son los senadores y los diputados, elegidos por el voto a una determinada agrupación política. Es fácil decir que esto es culpa de la iglesia, pero no es así, porque la expresión de ciudadanía es por medio del voto a los partidos. No votamos sacerdotes ni pastores ni empresarios de medios. Votamos a representantes de determinados partidos para que construyan la felicidad del pueblo y, en este caso, de las mujeres.

¿Hablar de la responsabilidad de los partidos no diluye el rol de presión de los grupos religiosos?

- Me parece muy necesario que en la próxima campaña sean los partidos políticos los que digan si están en contra o a favor de que las mujeres elijan sobre su cuerpo. Que se discuta, porque vamos a descubrir nuevas situaciones. Los diputados y senadores que votaron en contra del aborto que se lo digan a sus votantes, porque hay una gran cantidad de mujeres que votan y pueden hacer valer su posición.

"Es fácil decir que esto es culpa de la iglesia, pero no es así, porque la expresión de ciudadanía es por medio del voto a los partidos. No votamos sacerdotes ni pastores ni empresarios de medios. Votamos a representantes de determinados partidos."

¿Cómo opera la relación entre los partidos políticos y los grupos religiosos en debates como éste?

- Hay una subjetividad que está en crisis y los partidos tienen que aprender de esto. Estamos ante una gran cantidad de mujeres movilizadas y concientizadas con capacidad para dar una pelea de largo plazo. Van a fondo para terminar con el patriarcado. Es un largo proceso que va a seguir ocurriendo y que hay que seguir acompañando. Por eso le doy más importancia en este debate a los partidos. Si bien entiendo el peso de los grupos religiosos, debo decir que son una minoría de la sociedad argentina. Los evangélicos y católicos no son más del 20 por ciento de toda la sociedad argentina. Saquémonos la careta y que los partidos se hagan cargo del debate que no dieron.

- ¿Pero por qué sucede esto?

- Porque la mayoría de los cuadros políticos son débiles y, cuando caen los sectores religiosos con sus planteos, los partidos los toman, sin tener presente la importancia de la separación de Iglesia y Estado. Es un toma y daca entre los partidos y los grupos religiosos. Esos partidos derogan las leyes de la dictadura para otros temas, pero no lo hacen porque necesitan la ayuda política y económica de los católicos y los evangélicos. La ayuda económica es importante, pero no es la única. Sin embargo, la interlocución política es fundamental, porque piensan que la política en la Argentina debe hacerse con los grupos religiosos, que deben tener sus beneficios y, sobre todo, en tiempos de crisis, cuando los partidos van por esos grupos religiosos para que compensen el poder político que pierden durante la crisis política.

 

 

Cuando hay crisis política, ¿se estrechan esos lazos?

- Ahí se profundiza ese toma y daca, porque la Iglesia le pide al Estado que luego haga leyes para todos, para que compensen esa pérdida de poder. Si bien no pasan del 10% los que van a misa y la mayoría recrea sus creencias, no hay que perder de vista que estamos en crisis de la representación política, de los credos, de los padres, de las madres, entre otros tantos. Pero, por sobre todo, esta crisis de representación tiene a los varones a la cabeza y era previsible que la Iglesia actuara repentinamente, pero estamos ante una Iglesia más preocupada por lo social y por el capitalismo que por otras cosas. Frente a este escenario, hay algunos sectores que aprovechan esa situación, aunque hay una contradicción que deberían resolver de algún modo y que excede a los grupos religiosos. Desde el Estado, esa resolución depende de los partidos y de que la sociedad se movilice, porque la Iglesia no va a buscar que le deroguen las leyes que la benefician.

"Saquémonos la careta y que los partidos políticos se hagan cargo del debate que no dieron."

¿Cree que la política argentina se volvió a clericalizar desde que Jorge Mario Bergoglio fue electo papa en 2013?

- No creo que la política se haya vuelto a clericalizar con la llegada de Bergoglio al Vaticano. Fue así mucho tiempo antes, determinada simbólicamente por la autoridad de un militar y de un obispo. En el caso de la Iglesia sucede especialmente, porque en algunos sectores católicos hay una gran puja en el mundo de lo social. La Iglesia quiere ampliar ese mundo de lo social, mientras busca tener un control sobre la vida privada. Eso le trae problemas, porque estamos ante una institución eclesiástica que no quisiera hablar de las mujeres y mucho menos de la autoridad de las mujeres dentro de la Iglesia. Pero eso no se puede tapar en el siglo 21. Esos temas no se pueden tapar sólo hablando de lo social. Ése es el dilema y lo mismo pasa con la pedofilia, aunque hayan tomado algunas decisiones institucionales. Aún así, entiendo que la Iglesia recuperó un espacio para discutir la cuestión social, para criticar al capitalismo global y a la globalización. Aprovecha un espacio que quedó vacío y eso también pasa en Argentina. En ese contexto, el papado de Francisco juega un rol único.

¿Cree que el debate del aborto debilitó el perfil crítico de Bergoglio en materia social y política?

- En su propio terruño, Francisco afronta la discusión sobre el aborto, pero la Iglesia está muy acostumbrada a esto y está preparada. Ya le pasó en Italia, en Polonia, en España. Ya vivió esos cambios profundos en esas sociedades y tendrá que afrontar los que vengan. Esto demuestra que la discusión sobre el aborto no es solo un problema de la Argentina, pero el tema más preocupante para el Vaticano es que la sociedad europea está cada vez más de derecha, especialmente en materia migratoria.

¿El clero argentino está a la derecha del papa?

- En Argentina y en el plano social estamos con un clero que no está en condiciones de acompañar a Bergoglio como se lo merece, aunque en el plano del aborto coincidan.