AMÉRICA. CRISIS EN BRASIL

Aunque dé miedo, llegó la hora de tomarse en serio al ultra Bolsonaro

Se plantea como la antítesis de Lula da Silva, promete empoderar a la policía para que “tire a matar” y desafía: “Ahora van a ver a la derecha”.

Con Luiz Inácio Lula da Silva peleando por no perder la libertad y en riesgo claro de ser inhabilitado para competir en la elección presidencial de octubre, las miradas se posan ahora en el candidato que marcha segundo en las encuestas: el ultraderechista Jair Bolsonaro.

 

Los episodios de violencia política que se desencadenaron en Brasil en los últimos días tuvieron como escenario la gira de Lula por localidades del sur, en los estados de Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná, donde hay amplios bolsones de votos conservadores. Su caravana recibió escraches, lanzamientos de huevos y el martes último a la noche, directamente, al menos tres disparos realizados con dos armas diferentes.

 

La columnista del diario O Globo Míriam Leitão resumió el clima imperante al denunciar que “la violencia política avanza y pone al país en emergencia (...) El atentado contra la caravana de Lula es gravísimo. Un día fueron pedradas. Después fueron tiros. ¿Qué va a venir mañana? Este es el momento más complejo desde la redemocratización y es necesario investigar a fondo”.

 

En paralelo, Bolsonaro, un exmilitar  que cumple su séptimo mandato como diputado nacional por Río de Janeiro, llegó un día después de la balacera a la capital de Paraná, Curitiba, para realizar lo que analistas interpretaron como una suerte de contramanifestación para enfrentar a las de la izquierda. Al menos hay que reconocerle coherencia: todo su discurso se plantea como el reverso perfecto del lulismo. Al llegar al aeropuerto fue vivado por un par de cientos de seguidores y llevado en andas, mientras lucía una banda presidencial que le colocaron.

 

 

Mientras precandidatos conservadores como el presidente de Brasil, Michel Temer, y el gobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin, luchaban contra sus consciencias y oscilaban entre la condena formal al atentado y el señalamiento del Partido de los Trabajadores como responsable del odio que divide a la sociedad brasileña, el habitualmente sonriente Bolsonaro fue más directo.

 

“Lula quiso transformar Brasil en un gallinero y ahora recoge huevos por donde pasa”, dijo, divertido, en su acto proselitista de Curitiba. Eso es lo que les gusta de él a sus seguidores: habla sin dobleces, a lo Donald Trump; es políticamente incorrecto, hasta para defender la dictadura militar y la tortura; se permite afirmar que las mujeres deben ganar menos que los hombres porque quedan embarazadas; propone internar a los venezolanos que huyen de la hambruna en campos de refugiados; y trata a los homosexuales como enfermos, entre otras delicadezas.

 

 

 

La Curitiba que lo recibió no es una ciudad más. Es la cuna de la operación Lava Jato y donde tiene su sede el juzgado federal de Sérgio Moro, el magistrado anticorrupción que tiene en vilo a la clase política brasileña y que condenó a Lula en primera instancia por el caso del tríplex en Guarujá. Al haber sido confirmada en cámara, esa condena puede llevar al ex presidente a la cárcel si el Supremo no le concede un habeas corpus  el 4 de abril, además de sacarlo de la carrera electoral.

 

Los medios y la clase política de Brasil se declaran escandalizados por un clima de violencia política sin precedentes desde el fin de la dictadura en 1985. Sin embargo, en ese contexto, que incluye el asesinato del 14 de este mes de la concejala de izquierda Marielle Franco, según se sospecha por comandos parapoliciales, Bolsonaro se permitió en su aparición darle crescendo su intimidatorio rap de la mano dura. "Ahora van a ver a la derecha", disparó. Luego dijo: “Quiero una policía que, en defensa del pueblo, tire a matar”. Sus incondicionales, tan sensible a la ola delictiva que se ceba contra varias ciudades brasileñas como desaprensiva con respecto a las violaciones de los derechos humanos, deliró.

 

El mercado financiero se revuelve ante semejante lenguaje. Por ahora. Bolsonaro amaga con jugar la carta del liberalismo económico con mano dura policial, una ecuación que ha cerrado en otros lugares y en otros tiempos. ¿Será viable en democracia, o será esta la que deba sucumbir en haras del programa?

 

Numerosos analistas apuestan a que Bolsonaro no será capaz de perdurar, que su lenguaje es demasiado irritante y que la dinámica de la campaña lo va a erosionar más temprano o más tarde.

 

Sin embargo, el hombre se sostiene desde hace meses detrás de un Lula que ya no se sabe si es un candidato o un fantasma político. Y, si este es barrido, pica en punta.

 

“En la derecha hay que observar la capacidad de Bolsonaro para mantenerse como una opción viable hasta octubre”, le dijo a Letra P el analista político de la Universidad Católica de Brasilia Creomar de Souza. Cauto, el académico, no se enrola en la legión de los que auguran un ocaso irremediable.

 

El hombre, claro, mete miedo. Debajo de esa luz resulta menos extraña la porfía de Temer de presentarse como precandidato pese a la paupérrima intención de votos que recoge en las encuestas. ¿Y si al final Lula queda fuera de competencia, ningún otro postulante despunta demasiado y la opción termina dándose entre lo malo conocido (el propio Presidente) y lo “bueno” por conocer (Bolsonaro)? Acaso en el apellido del mandatario esté la clave de su apuesta, por ahora quijotesca.

 

A esta altura corresponde aprender de lo que ocurrió con Trump en las primarias republicanas, que ganó contra todos los pronósticos, y en las elecciones de noviembre 2016, en las que siguió el mismo derrotero de augurios y resultados.

 

En ese sentido, si personajes de la derecha dura parecen volverse atractivos en tantos países, ¿qué decir del Brasil de hoy? La respetabilidad de su clase política quedó estragada por sus propias fechorías y por un discurso antipolítica persistente en medios influyentes, validado además por un sector de la judicatura.

 

La corrupción desorbitada, la decepción con la izquierda del Partido de los Trabajadores, una recesión que en dos años (2015 y 2016) se devoró el 7,2% del Producto y la crítica corrosiva e indiscriminada a todo lo que huela a política delinearon en el vecino una suerte de 2001 en cámara lenta. Lo que aquí fue un incendio voraz y fulminante, allí se dio en cuotas. La corrosión, con todo, es la misma.

 

No es seguro que Bolsonaro, alguien demasiado extravagante como para gobernar un país tan importante, sea el hombre del momento. Pero, miradas las cosas de otro modo, ya tampoco parece impensable.

 

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