X
En el marco de la guerra comercial que enfrenta a las dos potencias y con sus presidentes en Buenos Aires, el argentino debe definir la construcción de una central nuclear con recursos chinos.
Por 29/11/2018 8:37

¿Para qué le sirve ser anfitrión de la cumbre del G20 a Argentina? La pregunta es recurrente en las charlas de café que no son absolutamente monopolizadas por el escándalo del superclásico. Mas allá de algunas cuestiones generales, hay un caso particular de suma importancia para la Argentina que podría resolverse en el marco de la cumbre de presidentes pero que, como toda decisión importante, generaría un costo de similares proporciones: la rúbrica -o no- del acuerdo con China para la construcción de una nueva central nuclear.

En el marco de la visita de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la potencia oriental, en febrero de 2015, se firman convenios que, entre otros puntos, incluían la cooperación en proyectos de energía nuclear. Dos años después, en mayo de 2017, el presidente Mauricio Macri también viaja a China y firma puntualmente un proyecto para la construcción de dos centrales nucleares.

Atucha III sería construida con mano de obra argentina y tecnología china. Pekín financiaría la totalidad de la obra. 

Prevista para 2020, Atucha III sería construida con mano de obra argentina y tecnología china. Pekín financiaría la totalidad de la obra con un crédito blando de U$ 7.500 millones y otra parte en efectivo por unos USD 2.500 millones para obras de infraestructura que no fueron especificadas.

En el marco del ajuste presupuestario del Estado argentino, en mayo de este año el convenio había sido suspendido, pero todo indica que el presidente chino, Xi Jingping, viene este fin de semana a la Argentina con la intención de poner la rúbrica definitiva para que avanzar con la obra.

En esa línea, debe leerse la ampliación del préstamo – swap por U$9.000 millones acordado por el presidente del Banco Central argentino, Guido Sandleris, a principios de este mes con su par chino, Gang Yi, en Pekín. El préstamo original era por U$ 11.000 millones y había sido firmado en octubre de 2014 por el entonces titular del Central, Alejandro Vanoli. 

Hasta acá, todo transcurre con cierta previsibilidad, pero, según contó en Infobae el periodista Martín Dinatale el secretario de Hacienda, Nicolás Dujovne, se opone fuertemente a la firma de este acuerdo porque considera que el país no está en condiciones económicas de afrontarlo y porque evalúa que los beneficios energéticos son insuficientes.

 

 

Del otro lado, el secretario de Energía, Javier Iguacel, defiende la concreción del acuerdo, también con argumentos técnicos sobre financiamiento y potencia energética, aunque en sentido contrario a lo que plantea Dujovne.

Pero, detrás de los argumentos técnicos, como siempre está la política. Los acuerdos con China y las desavenencias técnicas en el gobierno argentino tienen como marco una formidable guerra comercial entre el gigante asiático y Estados Unidos, en la cual América Latina tiene un rol preponderante como terreno de conflicto por la histórica presencia estadounidense en la región y el creciente avance del Imperio del Centro en la misma en el siglo XXI.

Esa guerra comercial implica, entre otras cosas, que el gobierno de Donald Trump tiene como política de Estado correr a China de la obra pública en la región y permitir que ese lugar lo ocupen las empresas norteamericanas.

No es una teoría conspirativa: lo dijo expresamente, durante su gira por la región, el jefe del Pentágono, Jim Mattis, y así lo certifican documentos oficiales del gobierno norteamericano .

En clave conspirativa sí puede leerse que el avance de la Justicia en la región contra la corrupción en la obra pública coincida con el interés de la Casa Blanca, que no casualmente considera que las empresas chinas, por su condición de estatales, tienden a no cumplir las reglas del mercado y son mas proclives a prácticas corruptas. Pero eso es otra historia.

 

 

En la que refiere esta nota, es muy tentador pensar que Dujovne, tras su rol protagónico como negociador con el Fondo Monetario Internacional, está actuando ahora como representante de los intereses de Estados Unidos, que no vería con buenos ojos que el gobierno al que ayudó destrabando el crédito multimillonario del FMI firmase un acuerdo con China, incluso delante de las narices del propio Trump, quien en el marco del G20, también estará en Buenos Aires el próximo fin de semana.

De hecho, a los ojos del mundo, el punto principal de la cumbre de presidentes es ver si Trump y Xi se reúnen en privado y acuerdan al menos bajar la tensión de un conflicto comercial que algunos se animan a calificar como una nueva “Guerra Fría” y que podría tener derivaciones peligrosas en el futuro cercano.

¿Podrá Macri laudar de manera tal que no irritase demasiado a ninguna de las dos potencias? La mirada aldeana sobre la política local ubica al presidente argentino y a su gobierno como “proyanqui”, pero, corriendo la hojarasca, se puede ver que Macri no solo ha continuado, sino que ha potenciado el vínculo chino-argentino que inició su denostada predecesora. El dato de color es que el principal empresario que representa ese vínculo es un tal Franco Macri, padre del jefe de Estado.

Macri, entre una mega inversión de China y la presión de Estados Unidos

En el marco de la guerra comercial que enfrenta a las dos potencias y con sus presidentes en Buenos Aires, el argentino debe definir la construcción de una central nuclear con recursos chinos.

¿Para qué le sirve ser anfitrión de la cumbre del G20 a Argentina? La pregunta es recurrente en las charlas de café que no son absolutamente monopolizadas por el escándalo del superclásico. Mas allá de algunas cuestiones generales, hay un caso particular de suma importancia para la Argentina que podría resolverse en el marco de la cumbre de presidentes pero que, como toda decisión importante, generaría un costo de similares proporciones: la rúbrica -o no- del acuerdo con China para la construcción de una nueva central nuclear.

En el marco de la visita de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la potencia oriental, en febrero de 2015, se firman convenios que, entre otros puntos, incluían la cooperación en proyectos de energía nuclear. Dos años después, en mayo de 2017, el presidente Mauricio Macri también viaja a China y firma puntualmente un proyecto para la construcción de dos centrales nucleares.

Atucha III sería construida con mano de obra argentina y tecnología china. Pekín financiaría la totalidad de la obra. 

Prevista para 2020, Atucha III sería construida con mano de obra argentina y tecnología china. Pekín financiaría la totalidad de la obra con un crédito blando de U$ 7.500 millones y otra parte en efectivo por unos USD 2.500 millones para obras de infraestructura que no fueron especificadas.

En el marco del ajuste presupuestario del Estado argentino, en mayo de este año el convenio había sido suspendido, pero todo indica que el presidente chino, Xi Jingping, viene este fin de semana a la Argentina con la intención de poner la rúbrica definitiva para que avanzar con la obra.

En esa línea, debe leerse la ampliación del préstamo – swap por U$9.000 millones acordado por el presidente del Banco Central argentino, Guido Sandleris, a principios de este mes con su par chino, Gang Yi, en Pekín. El préstamo original era por U$ 11.000 millones y había sido firmado en octubre de 2014 por el entonces titular del Central, Alejandro Vanoli. 

Hasta acá, todo transcurre con cierta previsibilidad, pero, según contó en Infobae el periodista Martín Dinatale el secretario de Hacienda, Nicolás Dujovne, se opone fuertemente a la firma de este acuerdo porque considera que el país no está en condiciones económicas de afrontarlo y porque evalúa que los beneficios energéticos son insuficientes.

 

 

Del otro lado, el secretario de Energía, Javier Iguacel, defiende la concreción del acuerdo, también con argumentos técnicos sobre financiamiento y potencia energética, aunque en sentido contrario a lo que plantea Dujovne.

Pero, detrás de los argumentos técnicos, como siempre está la política. Los acuerdos con China y las desavenencias técnicas en el gobierno argentino tienen como marco una formidable guerra comercial entre el gigante asiático y Estados Unidos, en la cual América Latina tiene un rol preponderante como terreno de conflicto por la histórica presencia estadounidense en la región y el creciente avance del Imperio del Centro en la misma en el siglo XXI.

Esa guerra comercial implica, entre otras cosas, que el gobierno de Donald Trump tiene como política de Estado correr a China de la obra pública en la región y permitir que ese lugar lo ocupen las empresas norteamericanas.

No es una teoría conspirativa: lo dijo expresamente, durante su gira por la región, el jefe del Pentágono, Jim Mattis, y así lo certifican documentos oficiales del gobierno norteamericano .

En clave conspirativa sí puede leerse que el avance de la Justicia en la región contra la corrupción en la obra pública coincida con el interés de la Casa Blanca, que no casualmente considera que las empresas chinas, por su condición de estatales, tienden a no cumplir las reglas del mercado y son mas proclives a prácticas corruptas. Pero eso es otra historia.

 

 

En la que refiere esta nota, es muy tentador pensar que Dujovne, tras su rol protagónico como negociador con el Fondo Monetario Internacional, está actuando ahora como representante de los intereses de Estados Unidos, que no vería con buenos ojos que el gobierno al que ayudó destrabando el crédito multimillonario del FMI firmase un acuerdo con China, incluso delante de las narices del propio Trump, quien en el marco del G20, también estará en Buenos Aires el próximo fin de semana.

De hecho, a los ojos del mundo, el punto principal de la cumbre de presidentes es ver si Trump y Xi se reúnen en privado y acuerdan al menos bajar la tensión de un conflicto comercial que algunos se animan a calificar como una nueva “Guerra Fría” y que podría tener derivaciones peligrosas en el futuro cercano.

¿Podrá Macri laudar de manera tal que no irritase demasiado a ninguna de las dos potencias? La mirada aldeana sobre la política local ubica al presidente argentino y a su gobierno como “proyanqui”, pero, corriendo la hojarasca, se puede ver que Macri no solo ha continuado, sino que ha potenciado el vínculo chino-argentino que inició su denostada predecesora. El dato de color es que el principal empresario que representa ese vínculo es un tal Franco Macri, padre del jefe de Estado.