07|5|2021

Cristina, entre Corleone y De la Rúa

18 de septiembre de 2017

 

“Le haré una oferta que no podrá rechazar”. Mediante esta frase, el capo mafia más famoso del cine, Vito Corleone, le asegura un papel protagónico a su protegido, el cantante Johnny Fontane. El rótulo de “oferta” es metafórico: el padrino no propone, sino que impone. En esta ocasión, garantizará su promesa a través de una invitación especial a quien asigna los papeles de la película: la cabeza sangrante de su caballo preferido. Tal escena contrasta con aquella representada por el ex presidente Fernando de la Rúa en víspera de su caída. “Convoco a un acuerdo para reformar la Constitución, el sistema político, y así conseguir la unidad nacional”. De la Rúa no convence al peronismo con esta amenaza de hacerlo partícipe del derrumbe y llevarlo al abismo junto con él. Su propuesta no contiene el mismo poder coercitivo que la de Corleone.

 

Forzada por el fantasma de una derrota en octubre que la encuestadora Opinaia hoy estima en un margen de cuatro puntos, Cristina Kirchner pergeñó una jugada política a medio camino entre aquella de Corleone y la de De la Rúa. En tal sentido, la ex presidenta publicó una carta dirigida a los “ciudadanos que votaron listas opositoras” pero que, en su esencia, no responde a esa etiqueta sino a una advertencia destinada a toda la dirigencia peronista. En clave Corleone, Cristina formuló una oferta de unidad acompañada por la pavorosa imagen de un gobierno que ostenta una gran “concentración de poder y complicidad de importantes sectores económicos y mediáticos”. Más aún, en su flamante reportaje, Cristina profundizó esa dramatización con la denuncia de un inminente “ajuste fatal” y la ausencia del estado de derecho en Argentina.

 

 

 

Por otra parte, la convocatoria a la confluencia de “todas las sensibilidades opositoras” supone la intención de Cristina de transmitir la carga de su eventual revés electoral a los principales referentes del peronismo que no acompañen su iniciativa de unidad, al igual que lo hizo De la Rúa en su circunstancia. En ese aspecto, no fue casual la reacción prematura tanto de Sergio Massa como de Florencio Randazzo al percibir el riesgo asociado al planteo de Cristina. Ambos captaron rápidamente su mensaje profundo: “En un tablero dividido entre blancas y negras, si yo pierdo, mi oportuna derrota los arrastrará a ustedes también, sin distinción de matices”. A partir de esa lógica, Cristina volvió en el reportaje a reforzar la voluntad de traspasar el peso de su ocasional debacle a una dirigencia territorial que le pidió aceptar una misión que ella no pretendía.

 

En el primer plano, Cristina no puede esperar, como Corleone, que la foto aterradora de un peronismo fraccionado en tribus versus un poder concentrado tenga el mismo potencial coercitivo que podría tener una imagen similar dentro del polo no peronista. Puntualmente, la explosión de 2001 dejó a ese entramado 14 años fuera del poder, mientras que el peronismo ya se fragmentó con mayor profundidad en el pasado, en las legislativas de 1985 por ejemplo, pero igual recuperó el poder dos años más tarde en la provincia de Buenos Aires y en cuatro más en la Nación. En tal aspecto, la idea de Carlos Pagni de que “al peronismo le llegó su 2001” debe ser tomada con precaución, contraponiendo en su lugar la reciente conferencia de Juan Carlos Torre que destaca la “gran flexibilidad del peronismo para acomodarse a los cambios de época”.

 

En la otra dimensión, Cristina tiene un instrumento de coacción para forzar la colaboración de los principales referentes del peronismo, que De la Rúa no tuvo en su momento. En particular, la identificación y asociación política con ella, más difusa ma non troppo en el caso de Massa, pero bien latente en la variante Randazzo. Ahí la pregunta del millón es acerca de la capacidad de supervivencia de Massa y Randazzo en el escenario de una eventual catástrofe de Cristina. A instancias de su actual alianza con Margarita Stolbizer y de la elección que lo enfrentó con ella en 2013, el tigrense afianzó una identidad que, de mínima, califica como kirchnerista portador sano. Sin embargo, la grieta puede meter la cola. Si el electorado ve sólo en blanco y negro, en modo de lechuza, el coyuntural ventarrón cambiemista no dejará nada que huela a kirchnerismo en pie. En tal situación, el peronismo tendrá la tarea de generar una contrafigura sintonizada a la época, alguien que se parezca a Antonio Cafiero frente a Herminio Iglesias.