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La crisis política uruguaya, otro golpe a la izquierda regional

Los alcances de la renuncia del vicepresidente oriental, que trasciende al gobierno frenteamplista de Tabaré Vázquez.
Por 11/09/2017 19:38

La renuncia del vicepresidente uruguayo, Raúl Sendic, pone en tensión no solo al gobierno frenteamplista sino también a la izquierda latinoamericana, que nuevamente choca con un episodio de corrupción que le pone límites.

Sendic presentó este lunes formalmente su renuncia al cargo, tal cual lo había anticipado el sábado en un pleno de la alianza de gobierno Frente Amplio. Lo sucederá la senadora Lucía Topolansky, porque fue la segunda más votada en ese rubro (el primero es José Mujica pero está impedido como ex presidente). Será la primera mujer en ocupar ese rol en el país vecino.

 

 

Como describió Mujica, visto desde Argentina (y Brasil), el episodio que derivó en la renuncia es una cuestión minúscula. Gastos por menos de 4.000 dólares en una tarjeta de crédito corporativa de la empresa petrolera que presidía no ameritan más que un debate en algún programa de la patria panelística argenta, pero, tal vez porque es más chico, en Uruguay los escándalos se miden de otra manera y éste le costó el cargo al hijo homónimo del mítico fundador de la guerrilla “Tupamaros”.

Claro que ésta fue la frutilla del postre. Primero, hubo fuertes cuestionamientos por el déficit que generó ANCAP (la petrolera estatal uruguaya) bajo su mando y después, porque se confirmó – tras idas y vueltas – que había falseado un título universitario en su CV. Por supuesto, la oposición política y mediática hizo su aporte. Sendic, de – para la media política uruguaya – jóvenes 55 años, era la promesa del ala izquierda del gobernante Frente Amplio para 2019. Ahora, paradójicamente, ese sector queda con más espacio (suma un senador y mete una vicepresidenta) pero sin candidato a la sucesión y con el Frente Amplio en general debilitado.

Pero la cuestión de fondo no es la que plantea el sabio Pepe sobre si es poco o mucho lo que mintió o robó el ahora ex vicepresidente uruguayo, sino los límites que encuentra la izquierda y/o el populismo en la región para gobernar con los casos de corrupción que le afectan a sus miembros y que, en función de su ideología y sus discursos, parecen afectarle con mayor intensidad que a sus rivales políticos e ideológicos.

Pueden ser episodios por millones de dólares, como en Brasil o Argentina; pueden ser casos menores, como algunos alcaldes en Bolivia que perdieron sus municipios por sospechas de corrupción, o pueden ser, como en este caso, apenas unos gastos extra y un título trucho que lo lleven a renunciar al número dos del gobierno, pero lo concreto es que la oposición regional encontró en los casos de corrupción una bala de plata para enfrentar a los hasta hace poco invencibles gobiernos populistas.

 

 

La dirigencia y la intelectualidad de izquierda han tratado de minimizar estos asuntos poniendo el eje en otro aspecto no menos cierto, que es cómo la prensa opositora ha magnificado y parcializado estos episodios buscando debilitar a los gobiernos que no le han sido afines a sus intereses y, en ese trance, han bajado línea acerca de la debilidad intrínsecamente humana por el dinero, las similitudes con sus opositores en ese aspecto y lo supuestamente ínfimo en términos monetarios de la corrupción comparada con los presupuestos gastados en salud y educación (también supuestamente).

También se ha hecho alusión a que el ascenso social favorecido por los gobiernos populistas genera luego sus propios contrapuntos fomentando demandas de segunda generación que antes no estaban presentes dadas la insatisfacción de las necesidades básicas.

Pero la historia enseña. Justamente hoy, del otro lado de la cordillera, se conmemora el derrocamiento y la muerte del ex presidente chileno Salvador Allende, quien también adscribió a la izquierda de su época y en función de esas ideas gobernó y adhiriendo a las mismas terminó ofrendando su vida. Hay hoy opiniones divididas en Chile y el mundo acerca de si el gobierno de Allende fue bueno o malo, acerca de cuanto influyó Estados Unidos en su derrocamiento e incluso de cuánto influyó el ala izquierda de su coalición en llevarlo a ese final. Pero nadie, ni siquiera los acérrimos pinochetistas, pueden acusarlo de enriquecimiento ilícito. De hecho, el ex presidente Augusto Pinochet cayó en desgracia entre los suyos no por sus crímenes sino por el descubrimiento de que tenía cuentas bancarias en el exterior.

¿Signo de época? ¿Cambian los medios pero no los fines? Es probable, pero esto no debería obturar un debate no solo en la izquierda o en los populismos sino en todos los espacios políticos acerca de la corrupción y los límites que ella les impone a los proyectos transformadores.