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No fue una guerra, fue una masacre

En una columna publicada por Página 12 en 2003, el filósofo José Pablo Feinmann desmonta la teoría de los dos demonios, reivindicada este miércoles por Macri. Aquí, el artículo completo.

Es casi un automatismo perverso de la sociedad argentina. Toda vez que -desde la Justicia– se avanza sobre los responsables de los crímenes de la dictadura militar, reaparecen, por algo, por alguien, por el modo que sea, los nombres de Firmenich, Vaca Narvaja, Perdía, la ex conducción de Montoneros. El mecanismo es tan tosco, tan torpe que ya llega a la ofensa. Se cree, en última instancia, que somos todos idiotas (o infinitamente idiotizables) y podemos seguir siendo manipulados por esa teoría de los “dos demonios” que abre el “Nunca Más”, en su prólogo, con la siguiente frase: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como desde la extrema izquierda”. La interpretación es muy efectiva porque declara la inocencia de “la Argentina”, y de “los argentinos”, quienes fueron “convulsionados” por algo que, parece, les ocurrió y con lo que nada tenían que ver: “un terror”. Uno solo, el mismo, con la mera diferencia de la procedencia ideológica. Entre esos dos extremos, azorada, esencialmente inocente, la convulsionada sociedad argentina se encontraba prisionera. Un par de líneas después el “Prólogo” aclara algo: “A los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”. Este texto es útil porque niega algo que asomaba en el primero: el concepto de “guerra” o -aún más– el de “guerra civil”. Está claro –aunque volveremos sobre esto– que si los delictivos “terroristas de la extrema izquierda” fueron atacados por un Ejército Nacional que tenía “el poderío y la impunidad del Estado absoluto” aquí lo que hubo fue una masacre (miles de seres humanos asesinados) y no una guerra. De modo que si bien el “Nunca Más” (su Prólogo) comienza equivocándose gravemente con el tema de los dos extremos y el único terror (“un terror”) permite luego enfocar más rigurosamente la cuestión al introducir los conceptos de “Estado”, “impunidad”, “poderío” y señalar –algo central en esta cuestión– la desaforada cantidad de víctimas: “miles de seres asesinados”. No fue una guerra. No fue una “guerra civil”. Fue una masacre instrumentada desde el Estado y que cubrió a toda la sociedad argentina ubicada del centro a la izquierda.

 

Sin embargo, los obstinados protectores de la versión que postula a un Ejército excesivo en la represión pero enfrentado a un aparato guerrillero temible, desenfundan el tema de la “guerra”, del “enfrentamiento” o de “los otros demonios” no bien la Justicia va en busca de los perpetradores de la masacre. ¿Es casual que “reaparezca” Firmenich cuando se han derogado las leyes que protegían a los masacradores? No lo es. Se nos está diciendo: “Aquí están ‘los otros’. Que la sociedad no los olvide. Si se condena a ‘unos’ hay que condenar a ‘los otros’ porque, lo que aquí ocurrió, fue una guerra entre dos bandos extremos”. De modo que no bien leemos en los diarios la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida reaparecen la máscara siempre sonriente de Firmenich o las caras de los otros dos jefes del “demonio” montonero, Perdía, Vaca Narvaja. Bien, seamos claros: este es un perverso mecanismo ideológico destinado a alivianar las culpas de los masacradores señalando las de los jefes de un sector de los masacrados. Ya no les queda más que aceptar que se enjuicie a los responsables de la masacre argentina. Ha sido, esa masacre, de modo ilevantable, incluida universalmente entre las grandes masacres del siglo XX, les guste o no a los abogados y comunicólogos al servicio de la teoría de la “guerra civil” que, desde luego, sólo podía ser “sucia” y al ser “sucia” no podía sino ser excesiva. Con lo cual, según vemos, la teoría de la “guerra” apunta a exculpar por completo a los masacradores. A sacarlos de donde están: de la historia de las grandes masacres del siglo XX. Y a colocarlos donde desean: hombres que lucharon en una guerra civil contra un adversario temible y que, si acaso se excedieron en sus métodos, lo hicieron, en última instancia, para salvar al país en una guerra que “ellos no habían buscado”. Así, no vamos a perder el tiempo en discutir si el inefable Pepe Firmenich fue un servicio o un agente de la CIA y envió a la muerte a los milicianos de las delirantes contraofensivas del ‘79 y el ‘80. Se trata de otra cosa.

 

Aquí hay un solo demonio. No hubo una guerra. Hubo, con la excusa de reprimir a un aparato de guerrilla urbana en franco desbande, un plan de alto rigor y de implacable metodología que consistió en asesinar o desaparecer (modalidad del asesinato que resta –ante el mundo– como distintiva de la Junta argentina, al punto que “desaparecido” se dice sencilla y directa y estremecedoramente en español o, más exactamente, en “argentino” en los idiomas extranjeros) a todos aquellos que se oponían o podían oponerse al sistema económico, social y político que la Junta -acompañada por sus numerosos cómplices civiles– vino a instaurar. Frente al Ejército argentino no hubo otro ejército. Frente al Estado no hubo otro Estado. Guerra civil fue la de Estados Unidos en el siglo XIX: el Norte manufacturero contra el Sur de la esclavitud y el monocultivo. O la española: los fascistas y los republicanos. O las nuestras del siglo XIX: Facundo Quiroga ocupaba provincias enteras, tomaba poblaciones; el federalismo de la Confederación Urquicista (que se enfrenta al Buenos Aires de Mitre) gobernaba en Paraná y tenía sus aliados en todo el interior mediterráneo. Mitre luchaba desde Buenos Aires. Eso es una “guerra civil”. No una masacre en la cual de un lado mueren cientos y miles de personas y del otro casi ninguna. Pero el accionar solitario, sin bases, torpe y soberbio del ERP y los Montoneros entregaba –por medio de algunas acciones a lo sumo espectaculares– el “clima” que el poder masacrador requería para justificar la masacre. Y la masacre se produjo. Pilar Calveiro, que escribe sobre ella con la serenidad y el rigor con que Primo Levi escribe sobre Auschwitz, puntualiza: “Entre 1976 y 1982 funcionaron en Argentina 340 campos de concentración-exterminio, distribuidos en todo el territorio nacional (...) Se estima que por ellos pasaron entre 15 y 20 mil personas, de las cuales el 90 por ciento fueron asesinadas” (Poder y desaparición, Editorial Colihue). ¿Alcanza con llevar a la primera plana de los diarios la carota sonriente del Pepe Firmenich para tapar esto? ¿Quiénes eran esas 20 mil personas? Los militares argentinos lo dijeron. Lo confesaron abiertamente. En mayo de 1977 lo declara Ibérico Saint Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después (...) a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanezcan indiferentes y finalmente mataremos a los tímidos”. El 4 de diciembre de 1976, Lambruschini, almirante, señala la presencia de la subversión en “la prensa, las canciones de protesta, las historietas, el cine, el folclore, la literatura, la cátedra universitaria, la religión”. El 9 de mayo del ‘78 (¡a días del Mundial del gauchito!) Luciano Benjamín Menéndez, general, declara: “La guerrilla, como todos sabemos, no sólo actúa en el campo militar sino que se infiltra y destruye y corrompe distintas áreas del quehacer comunitario”. Luego, las enumera. Y Jaime Smart (ministro de Justicia de Saint Jean y ministro de la policía de Ramón Camps) lanza una paranoica proclama contra la subversión ideológica que incluye hasta a los “profesores de todos los niveles de la enseñanza” (La Nación, 12 de diciembre de 1976). Sólo desde esta desaforada ampliación del espectro represivo se entienden las cifras de la masacre. Subversivos terminaron siendo todos. El principio persecutorio (esto lo analizó Theodor Adorno en uno de sus escritos sobre Auschwitz) es “insaciable”. Ni siquiera están a salvo quienes pertenecen al grupo perseguidor. El obstinado doctor Smart (en esas declaraciones de diciembrede 1976) se jactaba de haber “reequipado a la policía bonaerense”: había invertido más de 1.500 millones de pesos en los últimos ocho meses, con lo cual, decía, “se aumentó el plantel de la dependencia en 30.000 hombres”. Saquen de los diarios la foto del estólido Pepe Firmenich. Este país necesita saber cosas más importantes. Lo que se requiere saber: cómo y cuándo y (sobre todo) por qué serán finalmente juzgados los responsables de la masacre desaparecedora.

 

Movilización del Sindicato de Municipales contra Pablo Javkin
El gobernador Maximiliano Pullaro recibió a Letra P en su despacho, en la sede Rosario de la Casa de Gobierno. (Fotos: Farid Dumat Kelzi)

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