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Frente a frente, los modelos económicos de Clinton y el electo presidente derriban varias verdades parciales. Y muestran por qué la crisis de Estados Unidos se hizo sentir en las urnas.
Por 09/11/2016 18:50

El año pasado se estrenó en todo el mundo la película “La gran apuesta” (“The big short”). Con actuaciones convincentes, cuenta la historia de un grupo de expertos en finanzas que, en los albores del año 2000, empiezan a indagar en el boom de los créditos hipotecarios y se dan cuenta de que, en realidad, es una burbuja a punto de explotar. Primero estudian la situación del sistema bancario y comprueban que los préstamos no tienen cobertura y que la banca es inestable. A mediados de 2005, buena parte de los estadounidenses de los más bajos estratos sociales había tomado esas hipotecas. Los personajes que guían el film deciden entonces recorrer barrios humildes, clubes de strippers, fábricas, para charlar con asalariados. Entienden allí que personas con ingresos reducidos que a duras penas podían costear la canasta básica habían tomado hasta dos o tres créditos. En otra de las escenas, encaran a operadores que trabajan para grandes bancos e indagan si ellos, a la hora de dar créditos a gente común, evaluaban riesgo. Es decir, si les importaba saber si esas personas podrían pagar la hipoteca incluso ante la inminencia de un shock cambiario o financiero. La respuesta es no: esos operadores financieros les reconocen que, gracias a las enormes comisiones por operar esas hipotecas, se hicieron millonarios. Que pasaron de no irse de vacaciones a disfrutar el verano en yates y mansiones, entre habanos, mujeres y lujos por doquier.

Con semejante bagaje informativo, los personajes de la película se aprestan a hacer negocios: visitan los grandes bancos y compran seguros de riesgo. Coloquialmente, apuestan contra la banca. Juegan cifras millonarias a que la burbuja explotará pronto. Los bancos y Wall Street se burlan de ellos, pero con gusto les venden los seguros. Finalmente, en 2008 se desata el colapso que ellos predijeron y con el que hicieron millones. La película cuenta una historia real. Los operadores existieron y la gente que visitaron fue en su mayoría despojada de las viviendas compradas por no haber podido pagar la hipoteca. Lo sufrió la clase media obrera, rural, la de las afueras, la que vive lejos de los centros neurálgicos de poder político como Washington o Nueva York.

Con el tiempo, todo se transformó en pandemia y unos meses después los efectos de la crisis se hicieron ver en los poblados agropecuarios y los distritos históricamente industriales. Se derrumbaron los precios globales de las commodities rurales y las fábricas emblema de la industria automotriz de Detroit fundieron o migraron, generando verdaderos pueblos fantasma. En Iowa, el campo estadounidense, Donald Trump se quedó con los seis electores disponibles y lo mismo pasó en otros distritos que viven de la tierra. Pero también le alzaron la mano en el Rust Belt, el cinturón de óxido, que abarca Pennsylvania, Ohio, Michigan y Wisconsin, los distritos del acero y los coches. Los lugares de mano de obra intensiva. Esos que el documentalista Michael Moore utilizó para graficar la decadencia de los gobiernos estadounidenses en materia económica y política.

En la Florida, cuna de los residentes latinos, con o sin papeles, también se impuso Trump. Incluso con su discurso sexista, fascista, xenófobo y descalificador de las minorías. A decir verdad, Estados Unidos ya estaba en una crisis profunda que empezó en el gobierno de George Bush hijo pero se propagó y consolidó con los demócratas en los años de las sub-prime. Trump no ascendió al Olimpo de los presidentes estadounidenses porque el electorado está equivocado. Y hasta es discutible, observando los hechos, si para Estados Unidos y el mundo la opción de Hillary Clinton era algo positivo o menos nocivo. En Argentina, por caso, se analizó la elección de este martes bajo el tamiz de una lógica ideológica latinoamericana o europea. En general, los gobiernos de derecha o neoliberales aquí y en el Viejo Continente han sido privatizadores, anti-industriales y, además, refractarios con los extranjeros, cerrados con los países vecinos de “menor rango”. Xenófobos de baja intensidad o con corrección política. Lejos de ser un personaje elogiable, es justo decir que, en los papeles, Trump no se parece mucho a Carlos Menem ni a Fernando Collor de Mello ni a José María Aznar ni a Marie Le Pen ni al propio Silvio Berlusconi. Es una simplificación la afirmación de que Trump representa a la derecha americana, históricamente asociada a los Republicanos. Trump ni siquiera se parece a Mauricio Macri en la idea política y económica, razón que llevó al gobierno argentino a hacer campaña hasta último momento por Clinton.

Es difícil comprender desde Argentina por qué ganó Trump, pero es sencillo ver que ganó porque fracasó la política convencional y la sociedad dejó de creer en los demócratas, que poco pudieron darle en los años de la crisis. En los Estados Unidos, la derecha y la izquierda no se encuentra en demócratas y republicanos. Al menos, no en la manera en la que se las conoce por estos lares. Bernie Sanders pudo representar a un electorado más progresista, pero perdió la interna con Clinton. Para la sociedad estadounidense, tampoco Sanders tenía mucho para ofrecer. Y la cuestión decantó en Hillary o Trump. ¿El progresismo versus la derecha? ¿Los aperturistas de la economía versus los conservadores? Hillary fue primera dama, senadora y secretaria de Estado durante el gobierno de Barack Obama, donde llevó el belicismo al extremo no sólo en Medio Oriente sino en otros países donde hubo intervenciones y matanzas de civiles ocultadas por el Ejército. Los demócratas, en general, son el partido de Wall Street, del establishment financiero. Y los Clinton y Obama en particular han sido la nave insignia de los intereses del capital, que rechazó de cuajo poner un dólar en la campaña del xenófobo Trump. Sin ir más lejos, este miércoles, Orlando Ferreres, consultor y economista, alertó que la idea del empresario electo presidente es desmantelar la plaza financiera. Ese mismo conglomerado que los demócratas beneficiaron en plena burbuja hipotecaria en detrimento de las personas que perdieron sus casas. Una muestra de que no fue azar la victoria de Trump.

El despeinado Donald ganó sin los medios de comunicación. Los enfrentó. Les dijo que mentían. Y le respondieron con campañas duras, todas realistas y centradas en su violencia con las mujeres, los afroamericanos y los extranjeros. Casi que las grandes cadenas ayudaron a construir el muro que dividiría a México de los Estados Unidos. Pero el magnate lejos está de ser un improvisado: centró su campaña en el slogan “Make America Great Again” (“Que América sea grande otra vez”), con la promesa de volver a instaurar el orden económico previo a la crisis de 2008-2009. Volver a tener un país industrial, productor, que primero se ocupa de los de adentro. Y el discurso vendió bien en un escenario de decadencia de candidatos demócratas. Marcelo Leiras, uno de los más lúcidos estudiosos de la actualidad, decía en las redes sociales que Hillary había pasado su vida haciendo política para perder con este personaje que es Trump. Y es cierto, dado que nunca actualizaron el software. Sin ir al extremo de decir que Trump logró interpretar las demandas sociales, sí es claro que pegó en un electorado disconforme con el statu quo y marcó diferencias relevantes en los que podría ser un plan económico.

Clinton respaldó la proliferación de tratados de libre comercio en un mundo en crisis, gesto que compartió el gobierno argentino. Más allá de las preferencias políticas, hay que apuntar que Trump leyó mejor. Prometió renegociar las condiciones del NAFTA con México y Canadá y descartó los tratados de libre comercio al observar que dañan la estructura productiva de los países. Más aún, en un escenario en el que todos los países quieren vender pero pocos quieren comprar. En un mundo que parece ir más hacia la desglobalización que a la globalización, Trump jugó el juego. Se enfureció con la Ford cuando llevó su producción a México y adelantó que su idea es fortalecer el mercado interno. Tener una economía más cerrada, proteccionista para adentro. Todo lo contrario a lo que piden hoy Argentina y Brasil, como las dos potencias regionales del Cono Sur. El problema es que estas dos visiones conviven en el mismo mundo, en la misma crisis. Y la que patea el tablero es la mayor economía del mundo. Para ser sinceros, a Argentina no le iba a mucho mejor cuando los demócratas eran gobierno. El déficit comercial con ese país es récord hace varios años. Y en los años de Obama se precisaron gestiones multilaterales para que Argentina pudiera venderle carne a Estados Unidos y colocar el oro tucumano en ese mercado: los limones de exportación que llegan a cuentagotas. Tampoco un hipotético triunfo de Hillary parecía ser una panacea para Argentina en materia de inversiones.

Por último, Trump articuló con Rusia, en una visión de mundo multipolar no mejor ni peor, sino diferente. Pero miró hacia una potencia emergente. Así, obliga a que muchos de los aliados replanteen objetivos. Incluida Argentina, que, montada en la victoria trunca de Hillary, dejó todos los porotos del lado del perdedor.

Los medios de comunicación fueron clave en centrar la confrontación entre los candidatos en el tema migratorio, el racismo y la excentricidad de Trump. Construyeron una realidad ajena a las necesidades de una población en crisis. No propusieron nunca debates sobre cuestiones de fondo, estructurales. Desestimaron la comprensión del electorado. Escondieron la crisis y salvaron a Hillary y a Obama de responsabilidades. Eso y las razones económicas insatisfechas permitieron que gane un candidato repudiable por diferentes situaciones. Trump es feo, sucio y malo. Pero, ¿es más feo, sucio y malo que su hasta ayer antagonista?

@leandrorenou