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La oposición esperaba un kirchnerismo más golpeado para las primarias. Macri y Massa pujan por instalarse como las caras visibles de lo que, anuncian, será el fin de una era.
Por 07/08/2015 8:02

La oposición al kirchnerismo se acerca a otro turno electoral con el mismo nivel de dispersión y fragmentación que hace cuatro años, cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner logró su reelección con el 54,11% de los votos y la segunda fuerza fue el por entonces Frente Amplio Progresista (FAP), encabezado por el socialista Hermes Binner, con el 16,81%.

Luego de esa elección y ya sin posibilidades constitucionales para una re-reelección, toda la oposición se preparó para un “fin de ciclo” y empezó a diseñar sus planes bajo la teoría del pato rengo.

El escándalo protagonizado por el vicepresidente Amado Boudou en la supuesta operación por la compra de la imprenta Ciccone Calcográfica, sumado a la caída en la imagen del gobierno, envalentonaron a la oposición, que se encolumnó detrás del –en ese momento- intendente de Tigre, Sergio Massa, con un frente que incluyo al PRO de Mauricio Macri.

Ese frente le dio un golpe legislativo en los comicios legislativos de 2013, alcanzando un acumulado del 43,95% contra un 32,33% del Frente para la Victoria (FPV). Pero al otro día de la elección y con la Presidenta convaleciente, la hoguera de las vanidades de la oposición comenzó a horadar su propia posibilidad de constituir una alternativa electoral.

La tensión y ruptura entre los espacios de la oposición, la fragmentación y las denuncias cruzadas entre quien representaba más o menos al “cambio”, (más una cuota de vedetismo) hicieron estallar todas las posibilidades de generar un espacio competitivo contra el oficialismo.

Por el lado del kircnerismo se generó una gran duda respecto de quien sería el candidato bendecido para ser el mejor representante para continuar con el proceso iniciado – según la historiografía oficialista- el 25 de mayo de 2003. La jugada realizada por Cristina de no ser candidata a ningún cargo electivo y ungir como único postulante al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, dejó sin argumentos a la oposición.

Ya no podrían jugar con la idea de una “Cristina eterna” o la búsqueda de fueros. Y el peronismo, a diferencia de la oposición, logró una fórmula de unidad en casi todos los estamentos, excepto en la candidatura a gobernador bonaerense y en las disputas en algunos municipios.

En síntesis: el peronismo pudo armar una fórmula de continuidad mucho menos traumática de lo que todos los analistas pronosticaban.

LA PELEA POR EL VOTO ÚTIL. El radicalismo conducido por Ernesto Sanz consiguió lo que ni la crisis de 2001 pudo lograr: cerrar un acuerdo para ir a las PASO contra Mauricio Macri y Elisa Carrió, con la firme posibilidad de dejar a la UCR sin chances de tener candidato propio en la elección general de octubre, ya que todo indica que el ganador de las paso del frente Cambiemos será el Jefe de gobierno porteño.

La UCR siguió los pasos de la autodestructiva Carrió, que dinamitó el espacio que compartían con el socialismo, Fernando “Pino” Solanas y Margarita Stolbizer, entre otros.

Massa, que había augurado una temporada de garrochismo hacia su Frente Renovador, se chocó con la dura realidad.  Los saltos eran hacia otros horizontes, como el FPV o Cambiemos. Y a los apurones, apenas pudo conformar formula con la única alegría electoral que consiguió en 2013, el electo intendente de Salta capital, Gustavo Sáenz.

Ahora deberá disputar una interna con el experimentado gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, y después de la deserción de Francisco De Narváez (tras un escándalo en el que tomó a golpe de puños a un periodista) debió recurrir a Felipe Solá como candidato a gobernador, a pocos días de que el ex mandatario anunciara públicamente su renuncia a esa misma postulación.

Macri no logró salir con su fórmula de pura cepa macrista de los límites de la avenida General Paz, sufrió una dura derrota de Miguel del Sel en Santa Fe y apenas si pudo retener el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con su jefe de gabinete, Horacio Rodríguez Larreta.

Faltan tan solo 72 horas para las PASO en las cuáles conoceremos la verdadera y más confiable encuesta que se pueda tener. El oficialismo representado por la fórmula integrada por Scioli y Carlos Zannini aparece con menos tensiones y con una propuesta clara de continuidad con impronta “zen”.

La oposición llega fragmentada y devaluada ya que sus pronósticos de crisis caos y apocalipsis no se cumplieron.

Ninguno de los candidatos logra convencer al electorado. Muy por el contrario, el electorado ve en ellos armados efímeros, que sólo logran constituir acuerdos transitorios que se autodestruyen a las pocas horas de pasada la elección para la que fueron armados. Y que al llegar a lugares de representación parlamentaria no logran una línea de trabajo unificada y sustentable en el tiempo.

La ilusión que los mantiene activos y expectantes a Macri y Massa es ver quién hace salir tercero al otro para, desde ese lugar, constituirse en el voto útil que tendrán los votantes opositores para “combatir” al kirchnerismo. Como propuesta para llegar al Gobierno es bastante poco. Pero frente a la innumerable cantidad de errores que cometieron ambos, parece ser la única opción que tienen para competir en octubre.