La librería Cúspide y la paranoia de la “inseguridad”

Por Bruno Bimbi

Mi amigo brasileño quería comprar el último libro de Zaffaroni, La palabra de los muertos. Que haya sido justo ese libro parece literario, una ironía perfecta para empezar a contar esta historia. Entramos a la librería Cúspide de Florida 628 y fuimos directo a la caja a preguntar si lo tenían. Nos indicaron que lo buscáramos en el primer piso. Mi amigo, al final, decidió no comprarlo, porque recordó que yo le había contado que el autor lo publicaría este año en portugués.

 

—¿Cuándo sale? —me preguntó.

 

—Raúl me dijo que lo presenta en una librería de Leblon en agosto.

 

—Entonces mejor lo compro allá, porque es muy largo y me va a costar leerlo en español.

 

Bajamos y nos dirigimos a la salida, pero el empleado de seguridad de la librería nos bloqueó violentamente la puerta.

 

—¡Abrí la mochila! —me ordenó en tono militar.

 

—¿Qué? —le pregunté yo, sorprendido.

 

—Abrí la mochila ya o no salís.

 

—De ninguna manera. Correte que voy a pasar.

 

—No vas a pasar hasta que no abras la mochila y me muestres lo que hay adentro.

 

Mi amigo, que también tenía una mochila, me miraba y no entendía lo que estaba pasando. Nunca había visto algo así. Mi amigo es diputado federal en Brasil, pero no dijo nada porque no quería que pareciera que estábamos chapeando. Además, estaba de vacaciones y no quería ser diputado sino turista. Éramos apenas dos clientes, un argentino y un brasileño, que teníamos tanto derecho a salir de la librería como cualquier otro.

 

Ignorando la prepotencia del falso policía —a estos tipos de “seguridad” les dan un uniforme y creen que son del FBI—, avancé para salir y agarré el picaporte de la puerta. En ese momento, un funcionario de la librería que, por su actuación posterior, debería ser el gerente, me empujó.

 

Sí, me empujó.

 

—Vos no salís hasta que no abras tu mochila y pruebes que no te estás robando libros.

 

—¡Ni se te ocurra tocarme de nuevo! —le grité y puse la mano abierta hacia adelante, como frenándolo—. Y no te voy a permitir que me acuses de ladrón. Además, ¿probar qué? ¿Toda persona es culpable hasta que demuestre lo contrario? ¿No vendés libros de Derecho acá?

 

Casi todos los clientes de la librería se acercaron y formaron una  especie de platea. Era un show y no se lo querían perder.

 

—Si no te estuvieras robando libros no tendrías problema en abrir la mochila. Tu actitud es sospechosa —dijo el supuesto gerente.

 

—En primer lugar, ni vos ni ese tipo, que no es policía sino apenas empleado de seguridad, tienen autoridad para obligarme a mostrarles la mochila. Ni siquiera la policía podría obligarme, salvo con una orden de un juez. Si vos me viste robando un libro, llamá a la policía, si no, callate la boca. Segundo, si no me dejás salir de la librería, eso se llama privación ilegal de la libertad, es un delito y el que va a llamar a la policía soy yo. Tercero, no pienso abrir la mochila porque no voy a tolerar que me acuses de ladrón porque sí. Yo no tengo por qué probarte nada, soy apenas un cliente que se está yendo de la librería y si vos sos un paranoico es un problema tuyo, pero yo no tengo por qué aguantar que me pongas bajo sospecha porque se te da la gana —le dije.

 

—Pero vos te estabas escapando, eso es sospechoso. ¿Por qué te quisiste escapar si no tenés nada que esconder?

 

—¡Estaba saliendo, no escapándome! ¡Cuando una persona entra a un negocio, después sale, no se queda a vivir! Además, ¿salí corriendo? No, iba caminando tranquilito hacia la puerta, cuando este tipo me bloqueó la salida y vos me empujaste. Si no me dejás salir ya, llamo a la policía.

 

—Llamala, pero de acá no salís.

 

Los dos agentes de la Policía Federal que llegaron en pocos minutos estaban más perdidos que policía en la Facultad de Derecho. No tenían ni idea de qué tenían que hacer o quién tenía razón. Les dije que quería registrar una denuncia por privación ilegal de la libertad contra el tipo de seguridad y el supuesto gerente, que además me había agredido físicamente. Este último les dijo que yo me estaba robando un libro y no quería abrir la mochila. Yo les dije que no podían tocar mi mochila sin orden de un juez y menos aún impedirme salir, empujarme e intimidarme como lo estaban haciendo, y que no tenían ningún motivo para acusarme de nada, sino apenas paranoia. Además, si me estuviera robando un libro y me obligaran a abrir la mochila sin orden judicial o sin que se cumplan algunas de las justificaciones legales posibles, ni siquiera serviría como prueba para acusarme de nada, porque sería una evidencia obtenida ilegalmente.

 

—Si vos te estás robando un libro y no podemos revisarte la mochila, no lo podemos impedir, no te hagás el vivo —dijo el supuesto gerente.

 

—Poné cámaras, poné detectores en la puerta, no sé. Pero no tenés derecho a hacer esto y, además, si tratás a todos tus clientes como sospechosos, no va a venir nadie a comprar acá. Yo no compro más en una librería Cúspide —respondí.

 

—¡Vos estás loco! ¡Estás mal de la cabeza! Y tu actitud es muy sospechosa, es obvio que no querés abrir la mochila porque tenés algo.

 

Uno de los clientes se acercó, mostró una credencial y se presentó como inspector del Ministerio de Trabajo. Dijo que estaba escuchando la discusión y que ya estaba podrido.

 

—Yo, como inspector, no puedo abrirle la mochila a nadie, ni siquiera en el marco de un procedimiento, sin orden del juez. Usted tampoco —le dijo al policía— y ustedes menos —les dijo a los empleados de la librería— y si no abren la puerta ya yo también los denuncio por privación ilegal de la libertad. Lo que están haciendo es una barbaridad y alguien debería hablar con la gerencia central de la librería porque esto es de locos.

 

El policía seguía dudando. Yo le reiteré que decidiera qué hacer o si no, que fuéramos todos a la comisaría.

 

—Me parece que el muchacho tiene razón —dijo al final el policía. “Me parece”.

 

—Tenés que dejarlo salir, nosotros no podemos revisarle la mochila y vos tampoco —agregó.

 

El gerente se rindió y, luego de insistir que yo me estaba robando un libro, aceptó abrir la puerta. En ese momento, abrí la mochila y se la di al policía, que me dijo que él no podía tocarla. Ya había entendido. Entonces, la mostré a todos los clientes y al gerente y le mostré el único libro que tenía: “As intermitências da morte”, de José Saramago, edición brasileña de la Companhia das Letras.

 

—¿Vendés este libro acá? —le pregunté en voz bien alta.

 

—No.

 

—¿Tengo algún otro libro en la mochila?

 

—No —dijo casi susurrando.

 

—No. Ahora decilo más alto, como antes cuando decías que yo era un ladrón. ¡Decilo alto! —le dije, muy enojado.

 

—¡No, no tenés ningún libro!

 

—¿Sabés lo que pasa? Además de empujarme, tratarme de ladrón y privarme ilegalmente de la libertad, me hiciste sentir mucha vergüenza. Estoy con un amigo brasileño que está viendo este show lamentable y se va a ir con la impresión de que esto es la Argentina. Si escuchás demasiado Radio 10 es un problema tuyo, flaco. Pero como argentino me dio mucha vergüenza lo que hiciste. No lo hagas más, haceme el favor.

 

Dije eso, agradecí al inspector del Ministerio de Trabajo por su intervención, nos dimos la mano con los policías y nos fuimos.

 

Fue la última vez en mi vida que piso una librería Cúspide, donde inclusive venden un libro mío.

 

—¿Te acordás lo que hablábamos sobre la paranoia por la “inseguridad” que hay en la Argentina? —le pregunté a mi amigo brasileño.

 

—Sí, me quedó claro.

 

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