Lugo afuera. La real politik no perdona

Por Lisandro Sabanés (*)

La destitución de Fernando Lugo como presidente de Paraguay era esperable en el marco de la realidad política del vecino país, donde el mandatario tenía prácticamente nulo respaldo legislativo (se percibió en los números finales de la destitución) y escaso y desorganizado apoyo popular (también se percibió en la floja manifestación de apoyo que hubo en Asunción durante el trámite de enjuiciamiento).

 

Triste destino el de Paraguay que de ser cabecera de playa de la corona española en la parte sur de América y líder en políticas de desarrollo a mediados del siglo XIX (con los Solano López) quedó, tras la guerra de la Triple Alianza y la del Chaco, reducido a una factoría agrícola que se sostiene con el contrabando y dominado por una oligarquía feroz que como en el Medioevo, solo busca mantener el orden de las cosas tal cual lo están.

 

A esa oligarquía siempre les incomodó Lugo, más allá de que el ex Obispo no hiciera o no pudiera hacer demasiado desde su asunción como Presidente del Paraguay en 2008 (mejoró índices de salud y educación pero no mucho más), y solo sus rencillas y desconfianzas internas venían impidiendo que pasara lo que pasó.

 

Por razones que se desconocen, el Partido Colorado (el que lidero el ex Presidente Alfredo Stroessner durante sus extensos mandatos desde 1954 a 1989) dejó de lado sus pruritos de darle el poder de manejar el Estado a sus tradicionales rivales del Partido Liberal Radical Autentico, al que pertenece el Vicepresidente y ahora Presidente, Federico Franco y avaló la destitución de Lugo que venía armando en las sombras (y no tanto) el Vice.

 

Está claro quiénes son los malos en esta historia que retrotrae a Paraguay y a América Latina a lo peor de su historia tras un largo período de estabilidad institucional inédita por la profundidad democrática que conlleva.  Los sectores conservadores del Paraguay han decidido prescindir de Lugo y afrontar la próxima elección presidencial de abril de 2013 sin la participación de elementos extraños.

 

No vale la pena entonces analizar las causales de la destitución, un enfrentamiento con muertos de ambos bandos entre campesinos que ocuparon un latifundio y policías que por orden judicial (no presidencial) desalojaron una hacienda en el interior del país donde la posesión de la tierra es un problema central.

 

Si merece detenerse en la ineptitud y obstinación de Lugo en no ordenar una fuerza política propia que le permitiera sostenerse cuando – como sucedió a poco de asumir – sus aliados del PLRA buscaran su propio espacio y los colorados se sintieran repuestos de la derrota – inédita en 60 años – y buscaran someterlo.

 

En la política real no alcanza solo con ser bueno y querer mejorarles la vida a los pobres. Si se quiere lograr ese objetivo es imprescindible establecer una política de alianzas y acuerdos aún con sectores con los que no se tenga mucha afinidad, en pos de sostener una gobernabilidad que es regla de oro en cualquier proceso de reforma social y económica.

 

Lejos de esto Lugo cedió en muchos puntos a la oposición sin conseguir mucho a cambio, trascendió mediáticamente por los hijos no reconocidos que le aparecieron a poco de andar con el bastón presidencial y sus errores dejan ahora a los paraguayos en manos de los mismos de siempre, los que se sienten cómodos en un país donde el que nace pobre muera pobre y el que nace rico muera rico. Como Dios manda, dirán algunos en Paraguay hoy.

 

(*) Periodista. Licenciado en Comunicación

 

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