Política

Hermana de la Memoria

Noralí Lugones es hermana de Carlos Eduardo Lugones, desaparecido el 3 de diciembre de 1976. La periodista, en conversación con La 221 Radio, contó todo lo que ella, su madre y sus hermanos hicieron para encontrar con vida e Eduardo.

Nacimos en 25 de Mayo, somos 6 hermanos, y en los años setenta vinimos s a estudiar a La Plata en distintas tandas por las distintas edades. Fuimos todos alumnos y egresados de la Universidad de La Plata, salvo mi hermano Carlos Eduardo Lugones, desaparecido, que en el momento en que el Ejército lo secuestró, estaba cursando el tercer año de medicina. 

 

El 3 de diciembre del 76 regresaba de hacer un trámite en el Banco Provincia y en la esquina de mi casa, ubicada en calle 6 Nº 1528, había un procedimiento policial y no me pude acercar a mi casa. Estaba el ejército que había llegado con uniformes del Ejército Argentino y también de civil, que se movilizaron en vehículos particulares y de la institución, amenazaron a mi mamá, Felisa Martínez de Lugones, y a un hermano. Yo no pude pasar. Cuando mi hermano regresó, después de dos horas, aprovecharon para preguntarle la identidad y ahí lo secuestraron con una sábana de su cama, cortaron un trozo, le hicieron una venda y lo introdujeron en el baúl del auto.

 

Mi hermano militaba en la Juventud Universitaria Peronista de la Facultad de Medicina, previamente en 25 de Mayo militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Era muy buen alumno y, como no debía materias, había comenzado un trabajo a destajo cuando lo secuestraron.

 

Toda la ciudad de La Plata estaba convulsionada en ese momento. Después del Golpe Militar, todos pensábamos qué podría ocurrir, siempre había noticias de que a alguien iban a secuestrar, pero nunca que iba a ser de una magnitud tan grande.

 

El peronismo siempre tuvo alrededor de su historia muchísimos presos y la resistencia se basó justamente en cantidad de presos que estuvieron en cautiverio, pero nunca pensamos que esta Dictadura Militar iba a tener la crueldad tan enorme que tuvo y llegó a costar 30 mil desaparecidos. Si bien uno vislumbraba que algo podía ocurrir, nunca jamás llegamos a tener idea de la magnitud de la barbarie que iban a cometer.

 

Lo primero que hicimos fue movilizarnos, es decir, empezamos con mi mamá –Madre de Plaza de Mayo–  a pedir información sobre su paradero en los cuarteles, en las comisarías, en las iglesias, a entrevistar a políticos y organizamos internacionales. En este camino tan triste que recorrieron la mayoría de los familiares de los detenidos-desaparecidos, mi mamá se entrevistó con el Jefe del Primer Cuerpo del Ejército, Guillermo Suárez Mason, con el Jefe de Policía, Ramón Camps, con el Arzobispo de La Plata, Monseñor Antonio Plaza, con el dirigente Balbín y con miembros de la Organización de Estados Americanos. Lo único que logró es que le dijeran que no había noticias y Suárez Mason le contesta “que lástima, si hubiera ido antes a lo mejor algo se podía hacer”. Nosotros calculamos que cuando mi mamá se entrevistó con Suárez Mason, mi hermano ya estaba muerto.

 

El equipo de Antropología Forense exhumó sus restos el 25 de mayo del 89 en un osario común en el Cementerio Municipal de Avellaneda, junto con otros 27 muertos. Tardaron 20 años en identificarlo porque el ADN no había progresado científicamente como ahora. Recién el 18 de noviembre de 2009 se realizaron los análisis de los restos óseos de mi hermano, luego de tomar muestras de sangre de mamá y de mis otros hermanos. Los enviaron al Laboratorio Bode Technology Group de Estados Unidos, y la conclusión es que dio el 99,99% de pertenencia a la familia.

 

Lo más duro de esto fue saber cómo había sido su muerte. Las conclusiones sobre las causas de la muerte dicen que sufrió 10 impactos de diversas armas de fuego y de Ithaca, pero muchos de ellos por la espalda. Presumimos que directamente fue fusilado.

 

Para nosotros fue un dolor terrible, pero agradecemos profundamente la actividad del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) porque gracias a él pudimos recuperar su cuerpo, porque a pesar que torturaron y desaparecieron a Carlos Eduardo Lugones, como a tantos otros, su legado y el de los 30 mil desaparecidos va a seguir por siempre, porque la búsqueda de cada uno de los NN para ser identificados va a seguir hasta que se pueda identificar al último de ellos.      

 

Fue una bisagra, porque nosotros éramos seis hermanos muy jóvenes, universitarios, con un montón de sueños, con la idea de recibirnos, de terminar nuestras carreras profesionales, estábamos en la militancia. Permanecimos en el país, seguimos buscándolo, presentando habeas corpus en todos los juzgados. Casualmente, se conservan en la Comisión Provincial por la Memoria en el legajo 19.499, que pertenece a mi hermano, todos los habeas corpus que nosotros presentamos, con los números. Una cosa que es para reírse, pero es dramática.         

 

La desaparición de Eduardo en nuestra familia fue una bisagra, un antes y un después. Mi mamá, que era una docente jubilada, se vino a vivir a La Plata y a partir de ese momento empezó a militar por los derechos humanos y se hizo madre de Plaza de Mayo y nosotros la acompañamos a ella en la búsqueda interminable de mi hermano. Es el día de hoy que nosotros tenemos una sensibilidad muy especial y ponemos todo nuestro apoyo a la lucha por los derechos humanos.

 

Mi hermana, Miriam Lugones, escribió lo siguiente, en honor a Eduardo:

 

Si quisieron callarlos, ya lo han hecho.

 

Si olvidarlos pretenden, que se olviden.

 

Porque no importa nada que están muertos,

 

si en la memoria permanente viven.

 

Y no son recuerdo por ausentes.

 

Son un presente real que no permite

 

correr el velo sobre ningún nombre,

 

callar el eco de su voz tangible.

 

Bartolomé Abdala y Ezequiel Atauche, senadores de La Libertad Avanza, durante el debate de la ley ómnibus. 
Germán Martínez y Cecilia Moreau, autoridades de Unión por la Patria. 

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