Rápido, Lula afirmó que esta vez no dejaría el atril vacío.
Al final, el retador dijo que lo suyo había sido un ardid para inducir al "previsible" mandatario a morder el anzuelo y que sí iría para "refregarle la verdad en la cara".
¿Lula necesita consolidar su recuperación? ¿Bolsonaro ya no se siente ganador y eso explica sus idas y vueltas?
Una encuesta tras otra: Brasil, para el infarto
Los últimos sondeos de intención de voto sugieren la posibilidad de un final cabeza a cabeza, algo un tanto sorprendente cuando se considera que el domingo 4 parecía que el talante derechista de los candidatos menores haría fluir automáticamente un caudal de sufragios considerable hacia el hijo de Jair Bolsonaro.
Quaest, que mide para el poderoso grupo Globo, arrojó una ventaja de dos puntos para el ultra, dentro del margen de error.
Datafolha, la encuestadora del influyente Folha de S. Paulo imprimió exactamente la misma postal.
Un par de datos interesantes de ese estudio tradicional está dado por la declinación del retador y por la existencia de un total de 8% del electorado que rechaza a ambos candidatos o —2%— se mantiene indeciso. ¿Habrá allí, merced a las medidas electoralistas del estribo y a una campaña que amenaza con ensuciarse de nuevo, un margen ínfimo para el Partido de los Trabajadores (PT)?
Más interesante resulta lo que arrojó el último trabajo de la encuestadora PoderData/AYA: un infartante 50-50.
También, por último, lo que indicó Palver: apenas un punto, plenamente inmerso en el margen de error muestral, a favor de Flávio B.
Atención: esa firma había anticipado en el primer turno una victoria de Bolsonaro con 47% de los votos, lo que la convirtió en la única que captó a la perfección el tamaño de ese electorado. En tanto, le adjudicó a Lula 43%, subestimando en dos puntos porcentuales la cosecha que obtuvo el presidente.
Un test para la democracia en Brasil
¿Problemas en puerta? Todo dependerá del resultado y, por encima de eso, de la conducta de los actores. No hay sistema que funcione cuando sus animadores lo boicotean.
Lula ya dijo que reconocerá el resultado que arrojen las urnas electrónicas, aunque una derrota demasiado estrecha podría llevarlo a pedir revisiones que podrían demorar algo un desenlace que no planea desconocer.
Lo del bolsonarismo es más espinoso.
Por un lado, porque, si el presidente obtuviera un cuarto mandato, pesaría el antecedente de que, desde el retorno de la democracia, nunca terminó resultando electo en balotaje un candidato que haya salido segundo en la primera vuelta.
Una horda de simpatizantes bolsonaristas irrumpió violentamente en las sedes de los tres poderes en Brasilia el 8 de enero de 2023. Fue esa la postal más visible de un intento de golpe.
Además, habría que considerar en ese escenario los antecedentes de la extrema derecha, que meses antes de las elecciones de 2022 puso en marcha preparativos golpistas que se hicieron públicos y notorios con el asalto del 8 de enero de 2023 a las sedes de los tres poderes en Brasilia por parte de una horda oficialista.
Jair Bolsonaro y su trama golpista
Esos planes comenzaron meses antes. El 5 de julio de 2022, Bolsonaro padre presidió una reunión de gabinete en la que se discutió abiertamente la necesidad de impedir un triunfo del rehabilitado Lula, la que incluyó referencias a "dar vuelta la mesa" y a actuar antes de las elecciones de octubre porque, concretados esos comicios, "ya podría ser tarde".
Ese encuentro quedó filmado y fue una de las bases probatorias que le valieron al expresidente y a varios aliados severas condenas. En el caso del primero, 27 años de prisión —que cumple en régimen domiciliario— e inhabilitación política.
Captura de video de la reunión de gabinete presidida por Jair Bolsonaro el 5 de julio de 2022, en la que se trató abiertamente la posibilidad de un golpe para impedir un eventual triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva.
Por otro lado, se puso en marcha una campaña de fake news con denuncias, nunca probadas, de un presunto fraude con urnas electrónicas que son usadas desde hace más de 20 años en el país, siempre sin problemas. El argentino Fernando Cerimedo, el exasesor digital de Javier Milei que está preso en Bolivia por presuntos intento de femicidio y fraude, fue parte de esa investigación, aunque no terminó penalmente comprometido.
Por si eso fuera poco, realizada la votación y concretado el triunfo de Lula por menos de dos puntos porcentuales, el bolsonarismo alentó una serie de manifestaciones frente a cuarteles militares, de modo de desencadenar una rebelión que, justamente, "diera vuelta la mesa".
El apoyo al intento golpista que brindó el almirante Almir Garnier Santos, por entonces comandante de la Armada brasileña, chocó con el rechazo del general Marco Antônio Freire Gomes, jefe del Ejército, y del teniente brigadier Carlos de Almeida Baptista Junior, de la Fuerza Aérea.
Así quedó reflejado en las memorias de este último, recogidas en el libro Eu disse não! Uma trincheira antigolpista (¡Yo dije no! Una trinchera antigolpista), que narran, entre otras cuestiones de la era Bolsonaro como la gestión de la pandemia, las tensas reuniones en la residencia oficial, el Palacio de la Alvorada y las presiones del entonces mandatario en pos de la declaración de un estado de excepción para evitar la asunción de Lula.
Perú, Colombia, ¿Brasil? ¿También Argentina?
La hipótesis de una elección que se defina por la mínima tiene precedentes históricos de los que aferrarse.
Uno, el resultado de 2022, cuando Lula se impuso a Jair Bolsonaro por 50,9% a 49,1%. Esa foto de la grieta brasileña no parece demasiado diferente de la actual.
Dos, precedentes regionales como los de Perú y Colombia.
En el primero de esos países se votó el 7 de junio y la ultra Keiko Fujimori derrotó al izquierdista Roberto Sánchez por 50,135% a 49,865%, una diferencia insólita de apenas 49.641 sufragios.
En Colombia, el 21 de junio, el extremista de derecha Abelardo de la Espriella consiguió el 49,66% de los votos y el petrista Iván Cepeda, 48,71%. Con un 1,63% de votos en blanco, que en ese país se escrutan aparte, la distancia entre ambos fue de 250.830 sufragios sobre un padrón de 41,4 millones de personass.
Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia y admirador de Javier Milei.
¿Será el virtual empate ultraderecha-izquierda una constante que se repetirá en Brasil? ¿También, acaso, en la Argentina de 2027?
La sombra de Donald Trump
Para el país vecino podría suponer un problema serio. La internacional ultra del continente apoya de modo militante a Bolsonaro.
Como hace siempre que no se siente seguro de ganar, Trump evitó respaldar a Flávio B. Eso no quita que sus preferencias sean conocidas y parte fundamental de su proyecto de convertir a América Latina en un "patio trasero" que le entregue a Estados Unidos un acceso irrestricto —con China fuera de escena— de recursos estratégicos que, se supone, pertenecen a los diferentes países y no a la potencia neocolonial.
Flávio y Eduardo Bolsonaro, posibles presidente y canciller del Brasil posterior al 1 de enero, junto a Donald Trump en una reunión de mayo último en la Oficina Oval de la Casa Blanca.
Con un Brasil domesticado, nada se impondría entre la trumpista Estrategia de Seguridad Nacional —con su Doctrina Donroe — y la realidad, ya ensayada en Venezuela a partir de enero último, con el secuestro del dictador Nicolás Maduro y, más recientemente, con el apoderamiento del 20% de las reservas petroleras del país.
Por lo pronto, Trump se declaró "muy atento" a lo que ocurra en los comicios, intentó incidir mediante el envío de funcionarios del Departamento de Estado a los que Brasil les impidió el ingreso e influyó con sanciones arancelarias y personales contra altos magistrados judiciales que intervinieron en la causa por golpismo.
Cuando ocurre eso —la reticencia a jugarse en comicios que no lo den al final personalmente como ganador—, Trump envía a sus peones. Milei ya estuvo en el lanzamiento de la campaña de Bolsonaro en San Pablo, cuando insultó gruesamente a Lula y desencadenó una virtual ruptura de relaciones que se mantiene hasta hoy.
En tanto, Lula viene de denunciar ante la comunidad internacional que la multinacional estadounidense Meta —casa matriz de WhatsApp, Instagram y Facebook— limita sus contenidos de campaña.
Esta misma semana, durante la Gala del Mes de la Herencia Hispana de Washington —otra juntada de la internacional ultra—, Milei se abrazó con Eduardo Bolsonaro, quien se encuentra prófugo de la Justicia por sus actividades de lobby en pos de sanciones estadounidenses, y arengó a la audiencia: "¡Ahora vamos a sacar a patadas al comunista dictador comunista de Brasil y vamos a pintar el continente de azul!".
En su discurso, le envió su cariño a su "amigo" Jair Bolsonaro, quien —dijo— "continúa injusta y vengativamente encarcelado".
No aceptar las reglas de juego de la democracia incluso para empujar un programa radical e ignorar movidas golpistas vistas en vivo y en directo y tan ampliamente documentadas en sus preparativos es lo que distingue a las ultraderechas de las derechas extremas.
Por eso los triunfos progresistas por diferencias mínimas pueden resultar tan desestabilizadores para la democracia.
¿Será el caso del Brasil que viene? ¿Se detendrá allí ese espectro?