La pelea por el control del Senado de los Estados Unidos entre candidatos demócratas y los que responden a Donald Trump es encarnizada en el cierre de la campaña para las elecciones del martes. (Fuente: Real Clear Politics).
¿Habrá sorpresas de las resonantes, como la que podría dar el progresista James Talarico en el conservadurísimo Texas?
En el Poder Ejecutivo hay clima de pánico, al punto de que el jefe de Estado viene de prometer un "dividendo" de 5000 dólares a cada persona adulta si el oficialismo logra retener el control del Legislativo.
Donald Trump vs. el Congreso
El escenario de una cámara para cada partido está ampliamente descontado, por lo que la expectativa se concentra en el futuro del Senado.
Un Capitolio hostil le impondría a Trump limitaciones, por ejemplo, en materia de poderes de guerra que el presidente se arrogó abusivamente en el conflicto con Irán actuando sin aval legislativo más allá de todo plazo legal.
Asimismo, marcaría el paso en materia de prioridades de gasto —con énfasis en el plano social—, limitaría los beneficios tributarios que los republicanos suelen otorgar a las grandes corporaciones y a la franja más rica, y podría modificar el abusivo abordaje actual de la cuestión migratoria.
Hay más. Buscaría paliar o, al menos, generar expectativas de una futura reconciliación con la Unión Europea (UE) y con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), relaciones que con el actual gobierno estadounidense han caído a niveles de deterioro sin precedentes.
En paralelo, podrían reabrirse el financiamiento militar a Ucrania y un freno a la política trumpista de reconciliación con la Rusia de Vladímir Putin, proveedora de hidrocarburos que hoy registran cotizaciones amenazantes para el nivel de actividad económica global.
¿Cambia Estados Unidos?
En lo doméstico, una Cámara de Representantes demócrata y, más aun, un eventual Senado del mismo signo, abriría múltiples investigaciones contra el presidente y su gestión y pondría sobre la mesa la amenaza de un juicio político probablemente inviable como destino de destitución, pero condicionante de la agenda cotidiana y de la atención de la Casa Blanca.
La grieta, por último, amenaza con provocar una parálisis legislativa aguda.
Con el movimiento MAGA (Make America Great Again) encumbrado por segunda vez en la Casa Blanca y con el conservadurismo tradicional del Partido Republicano sometido al trumpismo, la grieta ideológica se ha ensanchado en Estados Unidos. Así, la eventualidad de un triunfo demócrata contundente abriría la puerta a una hipótesis de cambio de mando en las presidenciales de dos años.
Más en lo inmediato, convertiría a Trump en un "pato rengo" muy prematuro por no contar con la posibilidad legal de un tercer mandato. En momentos de mayor fortaleza, en los inicios de la actual administración, el presidente jugaba con la idea de forzar la Constitución para acceder a esa posibilidad, pero en le último tiempo esa pretensión salió de su discurso.
Donald Trump, Irán y un disparo en el pie
La debilidad con la que el oficialismo llega a las midterms se deriva, en primer lugar, de los efectos de sus propias políticas: la agresividad de las redadas antiinmigrantes del ICE; el encarecimiento de productos de primera necesidad provocado por la suba generalizada y severa de los aranceles a las importaciones y los impactos inflacionarios de la guerra lanzada el 28 de febrero contra Irán.
Persuadido por Benjamín Netanyahu de ponerle coto definitivamente al plan nuclear persa por la vía militar, Trump especuló que el poder bélico de Estados Unidos llevaría a un conflicto breve.
En los primeros días descabezó, en base a severos bombardeos y asesinatos selectivos, a la primera plana del régimen islamista, comenzando por el líder supremo, Alí Jameneí, pero la resistencia se hizo más enconada que lo calculado.
En el transcurso del choque, Irán descubrió una manera de dañar la economía estadounidense y, con ello, las chances electorales de Trump: sostener el estado de guerra en el estrecho de Ormuz, paso habitual del 20% del petróleo que se consume en el mundo, lo que produjo una disparada sostenida de la cotización internacional de ese recurso y una presión sobre el valor de los combustibles y sobre la inflación en Estados Unidos que se tradujo en un estado amplio de insatisfacción social.
El precio promedio de la nafta común en Estados Unidos subió más del 40% desde el inicio de la guerra en el golfo Pérsico.
Si las presiones inflacionarias son mayores, las tasas de interés encuentran motivos para mantenerse muy elevadas, con rendimientos de los Bonos del Tesoro en torno a un preocupante 5%.
Eso representa problemas de financiamiento para las empresas y, en el plano social y político, para millones de familias que mantienen deudas hipotecarias y tarjetas de crédito sobrecargadas.
Venezuela, kilómetro 0 de la Doctrina Donroe
La guerra en el golfo Pérsico significó una defección respecto de los estipulado por la Estrategia de Seguridad Nacional divulgada en diciembre, según la cual Estados Unidos se retiraría de los grandes escenarios de conflicto global para economizar fuerzas en lo que considera su pelea de fondo: frenar el avance de China como potencia rival.
En ese diseño, América Latina cobra una importancia inusitada en la carrera por recursos naturales estratégicos que son propiedad de los países de la región, tratada de un modo crudo como un "patio trasero".
Eso señala la neocolonialista Doctrina Donroe, la actualización de trumpista de la Doctrina Monroe de 1823, que establece la primacía de Estados Unidos en el continente, entonces en relación con las potencias europeas y hoy contra la influencia de Pekín.
El secuestro, en enero pasado, de Nicolás Maduro y el sometimiento del chavismo residual en Venezuela fueron preludios de la apropiación norteamericana, mediante un "acuerdo" dudosamente voluntario para Caracas, de cerca del 20% de sus reservas de petróleo.
Con ese país virtualmente intervenido, el cerco energético en torno a Cuba se hizo extremo; ese es el segundo objetivo de la doctrina.
América Latina, de Lula da Silva a Javier Milei
En paralelo, elecciones recientes en varios países sudamericanos (Chile, Perú, Colombia) consagraron triunfos de partidos de derecha afines a Trump y a la visión de seguridad contenida en el Escudo de las Américas, que apunta a la cooperación y militarización de la lucha contra las mafias del narcotráfico. De ahí que lo ocurrido en Brasil, con reelección de Lula, resulte tan relevante.
Por tamaño y peso geopolítico, ese país podría ser el mayor obstáculo para la aplicación futura de la Doctrina Donroe, así como para la imposición de un alineamiento de sesgo antichino en materia de inversiones y negocios. Sin embargo, la protección brindada al prófugo excandidato Flávio Bolsonaro podría ser el preludio de un conflicto por ahora contenido, pero acaso destinado a escalar.
El propio refugio contiene el mensaje de que Estados Unidos considera que las acciones del Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil son persecutorias, lo que pretende socavar la legitimidad de ese país como la democracia que es. Por ahora, Trump no defiende la línea argumental gopista de Bolsonaro, que asegura haber sido víctima de un fraude, pero tampoco ha dado el paso de reconocer el triunfo de Lula.
Con auxilio de Milei, su más fiel peón regional, Trump amenaza con estigmatizar a Brasil como una nueva Venezuela, un país gobernado por una tiranía comunista y protector de mafias del narcotráfico.
¿Domesticando a Donald Trump?
Lula confía en que el peso de su país impida semejante pretensión, lo que parece encontrar fundamentos en el silencio actual de la Casa Blanca y del Departamento de Estado. Sin embargo, esa calma chicha también podría ser la expresión de un compás de espera hasta que se conociera el resultado de las midterms.
¿Una derrota resonante de Trump generaría una versión nueva y desconocida del republicano, esto es la de un gobernante más moderado y medido, o, por el contrario, incrementaría su agresividad y sus pretensiones neocoloniales sobre la región?
El segundo hito del Año Terrible de América Latina está por tener lugar. Lo que viene será trascendente para comenzar a pensar el final de ese ciclo: la presidencia argentina del año próximo y el alcance del auxilio financiero que el Departamento del Tesoro podría volver a poner a disposición de la extrema derecha que gobierna nuestro país.