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LA QUINTA PATA

Javier Milei y el fenómeno Mundial

Política y fútbol, una convivencia histórica. El Presidente, Lionel Messi y la Copa 2026. Colombia, un campo de batalla y Brasil, el laboratorio perfecto.

El modo en que Javier Milei se sube a la ola del Mundial y a la figura de Lionel Messi resulta notorio, aunque no sea una exclusividad del Gobierno. Desde la antigua Grecia, cuando los Juegos Olímpicos interrumpían guerras, hasta los aprovechamientos contemporáneos, pasando por el "pan y circo" de la Roma imperial, la mixtura entre deporte y política manda.

El fútbol no es sólo una cuestión de negocios. Es sabido, por ejemplo, que la administración de extrema derecha esperó con ansias el comienzo de la Copa del Mundo 2026 con la esperanza de que el fervor mandara a un segundo plano los escándalos de Manuel Adorni. Al final, la realidad fue por donde fue y las mentiras, las confesiones y las provocaciones semiprivadas del jefe de Gabinete –"No evadí más porque no pude", le dijo a un grupo de senadores, según Clarín – no dejaron de empujar en la dirección conocida. Aun así…

Brasil, país tan futbolero como la Argentina, vota siempre en los años mundialistas, lo que lo convierte en un excelente laboratorio para determinar hasta qué punto funciona la pretendida simbiosis entre poder y fútbol.

Javier Milei y Lionel Messi, fenómeno Mundial

El Presidente mostró la hilacha al sumarse a los festejos por el cumpleaños 39 del capitán de la Selección, aunque eso bien podría considerarse una gentileza o un gesto de admiración que hicieron muchos argentinos.

Lo mismo puede decirse de sus menciones futboleras, tan argentinas, como la que hizo el viernes en Madrid tras recibir la Medalla de Honor de la Universidad de San Pablo.

"Cuando uno está en la tribuna, es bastante más fácil que cuando está en el campo de juego. Y, en línea con Murray Rothbard, quien creó el Partido Liberal Libertario, me di cuenta de que las cosas no se cambian gritando desde la tribuna", señaló.

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Javier Milei dio un discurso el viernes en la Universidad de San Pablo de Madrid. En sus palabras hubo economía, política y fútbol: "fenómeno Mundial".

"Una de las cosas más lindas que tenemos en Argentina son nuestros espectáculos futbolísticos (…). Ustedes ven el estadio lleno de banderas, de colores, de gente vestida para la ocasión, cánticos muy divertidos, pero ¿saben qué? Ponen el balón en el centro de la cancha y, por más que griten, no se mueve. El que hace los goles es Messi. Y espero que siga haciendo más", bromeó.

¿Admiración de larga data o cálculo político?

Colombia, un caso testigo

¿Por qué la política busca mixturarse con el deporte en todo el mundo?

Sin ir demasiado atrás ni demasiado lejos, el presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, hizo toda su exitosa campaña enfundado en la camiseta de la selección de su país. Tanta polémica generó eso, que una jueza de primera instancia llegó a prohibirle el uso de ese "símbolo nacional" hasta que terminara el proceso electoral, decisión que fue revertida en instancia de apelación.

¿Habrá incidido esa apropiación en su éxito, inesperado hasta hace pocos meses?

La controversia involucró incluso al crack James Rodríguez, cuando ignoró en un acto y evitó saludar a una hija futbolista de Gustavo Petro. Además, el jugador fue objeto de una presentación judicial nada menos que por "traición a la patria" tras la difusión de una foto que lo mostraba, junto a sus compañeros, haciendo la venia militar, el gesto que caracteriza a De la Espriella. Al final se supo que la foto había sido generada con inteligencia artificial.

¿Qué busca la política en el Mundial?

La política procura en el deporte el elemento distractor del apasionamiento. Además, el beneficio de mostrar como simpatizante de un determinado liderazgo o causa política a una figura destacada. Por último, por lo que suma mostrarse como portador de un perfil popular, propio de los líderes que son capaces de vibrar en la misma frecuencia que las poblaciones que gobiernan.

Lo primero, se verá –ojalá– conforme la Scaloneta avance en el Mundial.

Lo segundo resulta complicado por el perfil de futbolistas –como Messi– refractarios a las definiciones políticas, aunque cuando la ocasión lo amerita sean capaces de sacarse fotos y sonreír junto a Donald Trump.

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Lionel Messi, Rodrigo De Paul, Javier Mascherano y el Inter Miami en pleno visitaron a Donald Trump en la Casa Blanca tras obtener el título en la MLS.

Aunque también -como Messi- con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas; con Cristina Fernández de Kirchner o con Mauricio Macri.

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Lionel Messi con CFK, a la vuelta del Mundial 2014, y con Mauricio Macri, en 2018.

A nivel grupal, si la Selección obtuviera el bicampeonato –ojalá otra vez–, se sabrá si los jugadores que se negaron en 2022 a acudir a la Casa Rosada en el gobierno de Alberto Fernández para saludar desde el balcón son refractarios a todos los usos políticos o sólo a algunos.

La mera existencia de esa tradición –aquella vez eludida– es expresiva del pegoteo entre política y deporte, sobre todo cuando se piensa que si el pueblo realmente es dueño de una casa, esa debería ser el Congreso y no la Rosada.

Lo tercero, en tanto, equivale a lo que tanta gente hace para ablandar el inicio de un diálogo o una relación tensa. "¿Cómo va Boquita?".

El laboratorio de Brasil: ¿hay algo ahí?

Al menos en la Argentina y en países comparables, la experiencia muestra que el éxito deportivo puede resultar una píldora de muy corto efecto, si es que acaso tiene alguno.

Más allá del desaire a Fernández de Messi, Rodrigo De Paul, Ángel Di María y los demás campeones, la consagración en Catar 2022 mejoró por un tiempo el humor de millones de argentinos, pero no hizo nada por elevar la popularidad del entonces presidente, ya mellada sin remedio.

Brasil, país en el que la pasión por el fútbol es tan grande como en Argentina, ofrece un caso de estudio interesante. Las elecciones cuatrianuales coinciden en ese país con los años de los campeonatos mundiales y, por disposición de la Constitución de 1988 –primera vuelta en el primer domingo de octubre y segunda en el último– se vota alrededor de dos meses y medio después de que culminan esos eventos.

Siempre se especula allí sobre los efectos políticos que podrían desatar el éxito o el fracaso, pero ¿qué indica la historia?

En 1994, cuando se produjo la primera coincidencia, Brasil fue campeón del mundo en Estados Unidos y quien llegó al poder fue el candidato oficialista, Fernando Henrique Cardoso, padre del Plan Real bajo el gobierno de Itamar Franco.

En 1998, en Francia, la Canarinha salió subcampeona y Cardoso fue reelecto. ¿Fue debido al éxito o a pesar de la decepción relativos? La correlación tiembla.

En 2002, la selección brasileña obtuvo su pentacampeonato en Corea-Japón, pero eso no impidió que Luiz Inácio Lula da Silva se tomara revancha de tres derrotas previas, venciera a José Serra –el delfín de FHC– y llevara por primera vez a la izquierda al poder.

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En 2002, todo Brasil festejó la Copa del Mundo de fútbol, pero sólo la mayoría de izquierda disfrutó con el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva.

En 2006, cuando se jugó en Alemania, Brasil sufrió una decepción fuerte, encallando en cuartos de final. Sin embargo, Lula da Silva fue reelecto.

Cuatro años más tarde, en Sudáfrica 2010, otra vez los cuartos de final fueron un escollo insalvable, pero el líder del Partido de los Trabajadores (PT) logró imponer a su heredera, Dilma Rousseff.

En 2014 –nada menos que en Brasil–, el cuarto puesto obtenido y el humillante 1-7 con Alemania resultaron enormes decepciones populares, pero Dilma fue reelegida.

Sin embargo, el gasto que supuso la propia realización de esa copa y las denuncias de sobreprecios en la construcción de los estadios fueron una de las chispas que encendieron los ánimos que, sumados al estancamiento de la economía y un complot político de alto impacto, erosionaron a la presidenta y terminaron en impeachment y destitución.

En Rusia 2018, con una política puesta patas para arriba por la operación Lava Jato, y la condena, encarcelamiento e inhabilitación de Lula da Silva, se produjo una enorme novedad política: la ultraderecha de Jair Bolsonaro saltó con fuerza al poder. Ah, Brasil otra vez se había quedado en cuartos.

Y tras Catar 2022 –otros cuartos de final con gusto a nada y mientras Argentina seguía de festejo–, fue el rehabilitado Lula quien regresó al Palacio del Planalto.

Así, hubo copas, triunfos, derrotas y hasta goleadas oprobiosas, y en paralelo, victorias oficialistas, opositoras, giros a la izquierda y también a la derecha. El fútbol apasiona y alegra o entristece, pero la vida va real por otro lado.

Los pueblos, que se entregan cada cuatro años a lo que saben que no es más que un carnaval, parecen tenerlo más claro que la política.

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