El diktat que le da a Estados Unidos el control del 20% de las reservas de petróleo de Venezuela es el primer efecto concreto de la llamada Doctrina Donroe, esto es el aporte de Donald Trump a la Doctrina Monroe de 1823 –"América para los americanos"… del norte–.
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La misma, contenida en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Washington, plantea a América Latina en general y a la Argentina en particular un dilema de hierro: ¿la fuerza militar y política de la hiperpotencia deja algún resquicio para defender lo que alguna vez se denominó "interés nacional"?
Aunque puede argumentarse que el acuerdo –si es que esa palabra aplica a un texto obtenido a punta de pistola– supone beneficios para las dos partes, impresiona la desproporción entre lo que consiguen una y otra.
Tanto es así que en Venezuela la alarma cunde no sólo en la base chavista, sino también en parte de una oposición que teme que lo anunciado le dé oxígeno económico y político a la presidenta interina Delcy Rodríguez y que suponga una decisión estadounidense de inclinar la cancha –que algún día será electoral– en favor de un liderazgo que le ofrece no sólo docilidad sino también una gobernabilidad que el antichavismo probablemente no sea capaz de proveer.
El proyecto de una Venezuela soberana, malversado por lo menos durante los 13 años de dictadura de Nicolás Maduro, parece ahora perdido por el tiempo previsible.
¿Ese cúmulo de eventos limitará o dará vía libre al retorno de la "diplomacia de las cañoneras"?
El takeover de Venezuela
Al anunciar en su red Social Truth"el mayor acuerdo petrolero de la historia del mundo", Trump no se privó de presentarlo como una lisa y llana apropiación.
El pacto, dijo, fue conseguido por él mismo –cómo no–, por el secretario de Estado Marco Rubio y –cosa curiosa– por el secretario de Guerra Pete Hegseth. Como para que no queden dudas de cuál era la última carta del mazo.
Del otro lado, claro, estuvo Delcy Rodríguez, a quien le regala el concepto de ser "la muy respetada presidenta interina de Venezuela". El elogio es la marca en el orillo de una era en la que el poder no se retroalimenta con la discreción, sino en base a la exhibición desfachatada.
El mismo, detalló el republicano, "asegura el control mayoritario estadounidense sobre más de 65.000 millones de barriles de petróleo en Venezuela", lo que "más que duplica las reservas estadounidenses de petróleo, aumenta enormemente nuestro suministro y reducirá sustancialmente los precios de la nafta para todos los estadounidenses a largo plazo".
"Mientras, ayuda a seguir encaminando a Venezuela hacia un tremendo éxito y una gran prosperidad", añadió al paso.
Esas 17 áreas están localizadas tanto en zonas ya maduras del área de Maracaibo como también vírgenes y carentes de infraestructura de la Faja del Orinoco, donde se extrae crudo extrapesado que cuenta con terminales de refinación adecuadas en el golfo de México.
Por su parte, la "muy respetada" Rodríguez emitió también un comunicado que ratificó en buena medida esos conceptos, se deshizo en agradecimientos a Trump y olvidó por completo mencionar el secuestro de Maduro y su esposa Cilia Flores, la retención de ambos en cárceles de Estados Unidos y las muertes que dejó el operativo comando del 3 de enero.
Vale señalar que seguramente esa pareja forjó su destino a fuerza de autoritarismo, fraude electoral y violaciones de los derechos humanos, pero legitimar a un actor externo –Estados Unidos– como juez y parte, facultado para vulnerar la soberanía territorial del país que se le ocurra, constituye un precedente ominoso para la región.
Presidenta encargada… ¿por quién?
Ante la ola de críticas y las andanadas de quienes le recordaron haber tenido a su cargo el complejo petrolero venezolano cuando el chavismo era antiestadounidense, así como sus diatribas a los contras como aspirantes a entreguistas del crudo local, la presidenta encargada –¿por la ausencia de Maduro, por delegación virreinal de Trump?– emitió el sábado un discurso desde el Palacio de Miraflores para argumentar lo que, dijo, Venezuela gana con el acuerdo.
El "histórico acuerdo" con Estados Unidos "tendrá un gran impacto en la vida de todos los venezolanos en el mediano y largo plazo", prometió.
Argumentó que el sector hidrocarburífero está destruido por las sanciones –impuestas justamente por Estados Unidos, hecho que omitió–, que "tener recursos bajo tierra no es suficiente" y que para convertirlos en riqueza "necesitamos inversión, tecnología, infraestructura y capacidad productiva".
Llamativamente, entre las bondades que atribuyó al acuerdo, destacó que con él "aportamos a la seguridad energética del hemisferio", referencia que no alude a otra parte que a los propios Estados Unidos y que resultó un calco del comunicado norteamericano.
"Los beneficios se pierden de vista", reprochó a quienes le achacan entreguismo, y refutó las versiones –difundidas por fuentes de la Casa Blanca en medios importantes de Estados Unidos– que hablaron de una cesión de recursos por cien años. Se trata, aseveró, de un "proyecto binacional, suscrito por 25 años".
Como Trump, habló de "17 campos estratégicos con un objetivo de producción superior a 1,5 millones de barriles diarios", pero evitó señalar que los mismos contienen reservas de 65.000 millones de barriles, equivalentes al 20% de las totales de Venezuela, país dotado con la mayor riqueza petrolera potencial del mundo.
"Aquí hay una pregunta legítima que todo venezolano tiene derecho a hacer: ¿cuánto recibe Venezuela? Tomando como referencia un precio de 65 dólares por barril, que puede ser más o puede ser menos [en los años venideros], los ingresos llegarían a un total de 209.335 millones de dólares para el Estado venezolano. Esto significa que por cada barril producido y vendido, cerca de 19 dólares ingresan directamente a nuestro país", precisó.
Por último, aclaró que "Venezuela conserva la propiedad y la soberanía" sobre los recursos que cede. Trump, que contabilizó esas reservas como estadpunidenses, opina lo contrario.
Números y personajes
Hay que poner esos números en contexto.
Si se tomara la referencia de 65 dólares por barril ponderada por la mandataria, el valor potencial de la cedida reserva de 65.000 millones de barriles ascendería a 4,22 billones de dólares.
Desde ya que ese es un valor bruto, al que hay que detraerle diversos costos. Sin embargo, los 209.355 millones de dólares proyectados representan menos del 5% de ese total. ¿Habrá ingresos en otros conceptos, como regalías?
En tanto, los 19 dólares por barril que le quedarían a Venezuela suponen la compra del crudo al costo mencionada por Trump en su comunicado triunfal. En el mismo, el presidente norteamericano afirma, adueñado de esos recursos, que "esta transacción histórica más que duplica las reservas de petróleo estadounidenses" actuales.
El socio local de las empresas norteamericanas que intervengan no será la petrolera estatal PDVSA, sino North American Blue Energy Partners, vinculada al empresario Alejandro Betancourt, quien lideraría la nueva compañía que administraría el negocio.
Betancourt se enriqueció durante el chavismo y ha sido objeto de varias denuncias e investigaciones de corrupción en diferentes jurisdicciones que nunca derivaron en condenas.
De ganadores y perdedores
De modo poco sorprendente, Estados Unidos emerge como el gran ganador del "acuerdo". ¿Venezuela no obtiene nada?
Gobernabilidad y supervivencias personales –incluso entendidas en términos biológicos– son las ganancias políticas de la dirigencia chavista residual. En tanto, Venezuela como país obtiene promesas de inversión por 100.000 millones de dólares –algo que no será inmediato–, una cantidad menor para lo que está en juego, pero que no deja de ser relevante para un país quebrado y necesitado de reconstruir su infraestructura productiva.
Estados Unidos, claro, se queda con todo lo demás. Como si se hubiese anexado una pequeña Arabia Saudita, se adueña del control a largo plazo de una reserva de petróleo incluso más grande que la propia, accede a una mayor seguridad energética y crudo abundante al costo para bajar en el largo plazo el precio interno de los combustibles.
Al conseguir eso, pone esos recursos estratégicos fuera del alcance de China y envía un mensaje poderoso a toda América Latina: "Lo que ustedes creen propio en verdad es nuestro; sólo basta que decidamos el momento de hacer efectivo ese hecho". Es la puesta en acto absoluta de la Estrategia de Seguridad Nacional y de la Doctrina Donroe.
Pero eso es geopolítica y largo plazo. Con el golfo Pérsico aún encendido, no habrá alivio mayor en los surtidores estadounidenses en la previa de las midterms. Es tanto lo que se juega allí…
El año terrible de América Latina
Que Venezuela sea el primer bocado de la Doctrina Donroe es natural. Un país estragado por una dictadura que ya nadie quería defender y sede de la mayor reserva petrolera del mundo era el candidato ideal en mimentos en que las nuevas energías renovables no consiguen seguirle el ritmo a una demanda disparada por los desarrollos de inteligencia artificial.
Por otra parte, sometidos el chavismo y su política de sostener aliados con crudo subsidiado, la proyectada caída de Cuba –obsesión del lobby floridano que penetró el trumpismo hasta el tuétano–podría ser cuestión de tiempo.
Tras su primer acto del fin de semana, el futuro de la política del pillaje se resume en el factor tiempo. Si los republicanos salvaran la ropa en los comicios de mitad de mandato, si Flávio Bolsonaro convirtiera el empate técnico de las últimas encuestas en triunfo sobre Luiz Inácio Lula da Silva, si Javier Milei lograra la reelección, si los otros gobiernos de derecha no cayeran presa de la inestabilidad por el peso de sus propias políticas, apenas si quedaría pendiente el takeover de México para que el "patio trasero" pierda todo margen de autodeterminación. Sin embargo, también podría ocurrir lo contrario.
Un hecho crucial de la invasión de enero y de la captura de Maduro fue el silencio de la región. Ni Brasil ni México, hermanos mayores, alzaron demasiado la voz porque nadie tiene cómo resistir a unos Estados Unidos despojados de frenos inhibitorios. El resto –con el caso notable de la Argentina de Milei– fue un coro afinado de felicitaciones.
Días atrás, el ministro de Defensa de Brasil, José Múcio, señaló que si Estados Unidos invadiera su país, la opción más sensata sería "abrir el portón". Llamó así a reforzar capacidades defensivas de las que depende la custodia de la Amazonia, el petróleo de aguas profundas, el agua, el hierro y muchas otras riquezas naturales que, en tanto "activos estratégicos" situados en el hemisferio, Estados Unidos asume como propios.
El drama es que la Doctrina Donroe puede haber llegado para quedarse, tanto si Trump lograra en algo más de dos años darse una sucesión a medida, como si no lo consiguiera. ¿Qué presidente, republicano o demócrata, renunciaría a lo que ahora se sabe que se puede obtener sin resistencia?
La lección para América Latina es que, por este camino, nada de lo que cree suyo le pertenece ni le pertenecerá. Su única esperanza en un mundo caótico y despiadado como el que se instala es una unidad que, como mínimo, incluya una política de defensa común que comprometa a sus principales países a darse una visión armónica del orden internacional, a velar por el principio de no injerencia, a agotar las instancias diplomáticas cuando este resulte amenazado, a ampliar la red de alianzas internacionales y, para nada menor, a realizar inversiones considerables en equipamiento militar.
A no ser que el proyecto sea la entrega, ¿alguien puede pensar que el futuro de la Argentina consiste en darle la espalda a Brasil?
Lo que está en juego es, ni más ni menos, si los países de la región seguirán siendo viables e, incluso, naciones medianamente soberanas.