A días de cumplir su primer año de pontificado, León XIV avanzó en la reconfiguración de la Curia romana con una estrategia de bajo perfil y alta precisión política. Entre continuidad y cambios selectivos, el papa consolidó un esquema que combina equilibrio interno, refuerzo italiano y guiños a América Latina, sin romper con la arquitectura heredada del papa Francisco.
El punto de partida fue claro desde el inicio. El 9 de mayo de 2025, apenas asumido, el pontífice confirmó de manera provisoria a todos los jefes y miembros del gobierno eclesial bajo la fórmula latina donec aliter provideatur. La decisión respondió a una lógica de control del tiempo: observar, escuchar y evitar una purga inmediata que pudiera desatar resistencias en la estructura curial.
Ese compás de espera comenzó a romperse con movimientos quirúrgicos. El más relevante fue la designación del arzobispo italiano Paolo Rudelli como sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, un cargo equivalente a un ministro del Interior dentro del Vaticano. Se trata de un puesto clave para la coordinación interna y la gestión cotidiana del poder.
El nuevo equilibrio en la Secretaría de Estado
La llegada de Rudelli implicó mucho más que un recambio técnico. Representó una señal política hacia el corazón del aparato vaticano. Con 55 años y trayectoria diplomática, el nuevo “número tres” aportó un perfil moderado y alineado con el secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, quien continúa como figura central del esquema de poder.
La continuidad de Parolin y del canciller Paul Gallagher confirmó que León XIV no buscó alterar el frente diplomático. Por el contrario, optó por sostener la columna vertebral de la política exterior vaticana, evitando abrir un flanco sensible en un contexto global atravesado por conflictos y tensiones geopolíticas.
El reemplazo de Edgar Peña Parra, cuestionado por su rol en el escándalo financiero vinculado a la compra de un edificio en Londres, también funcionó como un gesto hacia adentro. Sin estridencias, el papa desplazó a una figura desgastada y la reubicó como nuncio en Italia, en una salida elegante que evitó confrontaciones abiertas.
Caridad, poder y legado
Otro movimiento de alto impacto fue la designación del arzobispo español Luis Marín de San Martín al frente del Dicasterio para el Servicio de la Caridad. El relevo del cardenal Konrad Krajewski no fue un cambio menor: ese cargo había adquirido centralidad durante el papado de Francisco.
El nuevo limosnero pontificio asumió con un mandato claro: sostener el perfil activo de la caridad vaticana. “Quiero poner a los pobres en el centro”, afirmó, en línea con una tradición reciente que convirtió esa oficina en una herramienta pastoral y política.
La salida de Krajewski, figura emblemática del ciclo anterior, marcó el cierre de una etapa. Su gestión había transformado el rol histórico del limosnero en una especie de brazo operativo del papa en las periferias, desde la asistencia a migrantes hasta intervenciones directas en conflictos sociales.
En 2019, Krajewski llegó incluso a manipular los tableros eléctricos de un edificio ocupado en Roma para devolver la luz a sus moradores, después de que el Ayuntamiento cortara el suministro.
Reconfiguración sin ruptura en los dicasterios
El primer gran nombramiento estructural había llegado en septiembre de 2025, cuando León XIV designó al arzobispo italiano Filippo Iannone como prefecto del Dicasterio para los Obispos, justo el cargo que ejercía Robert Prevost antes de su elección papal. Se trató de una pieza clave en el engranaje institucional.
León XIV cardenales
León XIV delinea el nuevo mapa del poder vaticano.
Vatican Media
Ese dicasterio tiene bajo su órbita la selección de obispos en todo el mundo, lo que lo convierte en un núcleo de poder estratégico. La elección de Iannone reforzó la presencia italiana en el centro de decisiones, aunque sin desplazar la impronta global que caracterizó al pontificado anterior.
En paralelo, el papa promovió al australiano Antonio Randazzo en el área de Textos Legislativos y reorganizó la Prefectura de la Casa Pontificia con el nombramiento de Petar Rajic. Ninguno de estos movimientos implicó una ruptura, pero todos respondieron a una lógica de afinidad y confianza personal.
Otra de sus personas de confianza colocada discretamente en un cargo de responsabilidad fue el cardenal español Ángel Fernández Artime, de 65 años, pro-prefecto del Dicasterio para los Religiosos y a quien en octubre designó juez del Tribunal de Apelación del Estado de la Ciudad del Vaticano.
Entre la rosca curial y el factor argentino
Mientras se van ordenando las piezas centrales, en los pasillos del Vaticano comenzó a tomar forma otro capítulo: el lugar de los argentinos. El cardenal Tucho Fernández, al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, permaneció en una zona de incertidumbre.
Sectores conservadores presionaron para su desplazamiento, mientras que el papa evitó definiciones públicas. La posibilidad de un traslado a otro dicasterio circuló con fuerza, en una señal de que su continuidad no estaba garantizada.
En ese contexto, emergieron nombres para reforzar la presencia argentina en Roma. Fuentes eclesiales señalaron a Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, como una opción con cierto grado de probabilidad. Más atrás apareció el cardenal Ángel Rossi, de Córdoba, vinculado al armado de un eventual consejo asesor.
La estrategia de León XIV mantuvo a los actores en suspenso. Sin confirmaciones ni descartes, el papa administra los tiempos y evita abrir un frente innecesario con sectores que aún conservan influencia en la Curia.
Un modelo de gobierno en construcción
A diferencia de Francisco, que impulsó el Consejo de Cardenales (C-9) como núcleo asesor, León XIV optó por dejar ese esquema en stand by. En su lugar, priorizó la convocatoria a consistorios periódicos, al menos dos veces al año.
El cambio tuvo fuerte impacto. Implicó una apuesta por la colegialidad ampliada en lugar de un círculo reducido de consejeros. También reflejó un estilo más institucional y menos personalista en la toma de decisiones.
Ese enfoque se combinó con un nuevo Reglamento para la Curia, que introdujo normas sobre transparencia, conflictos de interés y profesionalización del personal. La reforma incluyó límites al nepotismo, exigencias éticas y controles financieros más estrictos.
Dinero, control y poder en el Vaticano
En paralelo a los movimientos políticos, el papa avanzó en una reconfiguración del sistema económico. A través de un decreto, modificó el rol del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el llamado banco vaticano, y devolvió atribuciones a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA).
La decisión apuntó a un esquema de control cruzado, con mayor coordinación entre organismos. El objetivo fue evitar desvíos como el caso Becciu, que había dejado pérdidas millonarias e infringió un golpe institucional.
El nuevo modelo no desarmó la herencia de Francisco, pero la reinterpretó en clave técnica. Menos épica reformista, más gestión. Menos confrontación, más equilibrio.
En ese tablero complejo, León XIV avanzó a paso cansino. A casi un año de su elección, el papa comenzó a mostrar su método: movimientos medidos, construcción de poder silenciosa y una hoja de ruta que, lejos de los gestos disruptivos, buscó redibujar el mapa del Vaticano desde adentro.