Yamil Santoro hizo todo lo que no hay que hacer en una elección… y encima lo hizo mal. Intentó pescar en río revuelto, confundiendo al electorado con una boleta que parecía un homenaje a la picardía criolla: intentó usar un logo sospechosamente similar al de Unidad Ciudadana, amagó con colar a su hermano Leandro como candidato -sí, Leandro Santoro, el del peronismo, aunque este era otro- y se colgó del apellido como quien se disfraza con el traje ajeno esperando que el portero lo deje pasar. Pero ni con esa batería de estrategias logró pasar el piso electoral: apenas consiguió 9.556 votos (0,62%).
La maniobra fue clara y burda: capitalizar el arrastre de un nombre conocido -aunque en la vereda ideológica opuesta- para colarse en la conversación política de la Ciudad de Buenos Aires. Una táctica vieja, reciclada con estética libertaria y moral de saldo. Pero el electorado porteño, que puede tolerar muchas cosas, no tolera que lo tomen por tonto. Y le dio la espalda.
Mientras Manuel Adorni se subió al podio con su estilo stand-up libertario, Santoro quedó como un pie de página en esta historia electoral. Ni la confusión lo ayudó. Ni el engaño. Ni las vueltas de rosca con nombres propios. Porque cuando el voto se transforma en un acto de defensa frente al cinismo, hasta el oportunismo más descarado encuentra su castigo.
La democracia sigue dando señales de que, aunque herida, aún tiene anticuerpos. Yamil Santoro creyó que podía torcerla con espejitos de colores. Pero no alcanzó. De hecho, el panelista Caruso Lombardi lo triplicó en votos.