Hay algo profundamente tentador en creer que el pasado garantiza el futuro. Que quien nos dio alegrías en el fútbol puede, casi por ósmosis emocional, replicarlas desde un escritorio. Es una idea seductora, cómoda, incluso romántica. Pero también -y cada vez más- peligrosamente ingenua.
El fútbol argentino está lleno de ejemplos recientes que deberían funcionar como advertencia y no como inspiración. Sin embargo, los socios, una y otra vez, vuelven a elegir desde la emoción pura. Votan al ídolo, al nombre propio, al recuerdo feliz. Y en ese acto, muchas veces, hipotecan el presente.
El caso Boca, River y Racing
Pasó en Boca con Juan Román Riquelme: la idolatría se convirtió en capital político, pero la gestión quedó atrapada en tensiones internas, decisiones discutibles y una lógica de conducción donde el aura del pasado pesa más que la planificación del futuro y, sobre todo, que el devenir de un presente sin logros deportivos de relieve desde la asunción del jugador más importante de la historia xeneize.
Pasó en River con Daniel Passarella: un ídolo absoluto que terminó encabezando uno de los ciclos institucionales más traumáticos de la historia del club, con descenso incluido. La historia no siempre es garantía. A veces es apenas una trampa.
Y ahora está pasando en Racing con Diego Milito. Quizás el caso más fresco, y por eso mismo, más elocuente.
Racing venía de un modelo que, con sus matices, funcionaba. Orden institucional, previsibilidad, títulos recientes. No era perfecto, pero era estable. Y en el fútbol argentino, eso ya es decir mucho. Sin embargo, bastó el magnetismo del ídolo para dinamitar ese esquema en cuestión de días. No hubo debate profundo, no hubo análisis serio de proyecto. Hubo, simplemente, una transferencia emocional: del gol al voto.
¿El resultado? Un proyecto desconocido, sostenido más en la figura que en el contenido. Y cuando el contenido falta, lo que aparece es el ruido.
La dirigencia de Diego Milito en Racing
Incorporaciones sumamente difíciles de justificar desde lo deportivo, pero quizás demasiado fáciles de explicar desde otros intereses. Representantes que orbitan con demasiada comodidad. Decisiones que no parecen responder a un plan, sino a una lógica fragmentada, casi de improvisación.
A eso se le suma otro dato inquietante: sueldos gerenciales astronómicos en una estructura que todavía no demuestra resultados. La política de club empieza a parecerse más a una startup desordenada que a una institución centenaria. Mucho gasto, poca claridad, y una narrativa que intenta sostenerse en el carisma del líder. Pero el problema de fondo es otro. Es más profundo. Es cultural.
Los clubes entran en un loop del que después es muy difícil salir: el de elegir desde la emoción y gestionar desde la incertidumbre. Se rompe lo que funciona en nombre de lo que promete, pero no se explica con claridad. Se reemplaza un modelo por un símbolo. Y los símbolos, cuando se desgastan, dejan un vacío mucho más grande que el que encontraron.
Votar no es homenajear
Porque el ídolo no se discute, hasta que se gestiona. Y cuando eso pasa, el costo es doble: se pierde el rumbo institucional y también se erosiona la figura que antes era intocable. El problema no es solo lo que se destruye, sino lo que ya no se puede reconstruir.
Votar no es homenajear. No es agradecer. No es cerrar una historia. Es abrir otra. Y para eso, el pasado alcanza cada vez menos.
Quizás haya llegado el momento de entender que amar a un ídolo también implica no ponerlo donde puede fallar. Porque cuando cae el mito, no hay relato que alcance para sostenerlo. Y los clubes, mientras tanto, siguen pagando la cuenta.