OPINIÓN

Ni una menos: yo también soy parte del problema

Ante la violencia incesante contra las mujeres, una reflexión sobre la masculinidad, los privilegios y el desafío de transformar conductas arraigadas.

Como analista de opinión pública, mi trabajo es escuchar, analizar, buscar patrones e ideas compartidas en la sociedad. Hoy, a la luz de los hechos de violencia contra las mujeres que se repiten incansablemente, siento la obligación de escribir desde otro lugar: desde mi lugar de varón.

Quiero reflexionar sobre mi propia experiencia como hombre de 51 años que se autopercibe "progresista", pero que no deja de estar atravesado por una matriz cultural machista que tiñe sus propias actitudes, gestos y razonamientos. Un hombre que forjó su masculinidad en una época en que se minimizaba la violencia de muchos hombres so pretexto de que tenían "mal carácter", y donde estaban naturalizadas muchas actitudes que hoy, gracias al movimiento de mujeres, resultan inaceptables.

Argentina en democracia

No puedo dejar de pensar en mi infancia y en tantas vivencias que hoy me avergüenzan, pero que hasta hace poco rememoraba públicamente con nostalgia. Anécdotas de la niñez que configuran mi experiencia formativa y que hoy me veo obligado a repasar con otra mirada.

Mi despertar sexual coincide con el despertar democrático de la Argentina después de la guerra de Malvinas. Tenía ocho años cuando se produjo el cambio de régimen político y la sexualidad pasó de la clandestinidad al centro de la escena pública. La censura férrea que la dictadura imponía sobre los cuerpos, el lenguaje y las expresiones artísticas se desmoronó de la noche a la mañana, arrojando a la sociedad argentina a una suerte de libertinaje. Los marcos éticos y normativos se volvieron más difusos: todo aquello que ya no estaba prohibido se asumía, sin más, como permitido.

Recuerdo como si fuera ayer la mañana que, rumbo a la escuela, observé desde la ventanilla del auto un grafiti que decía: "No al divorcio". ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que estaba prohibido separarse porque la Iglesia católica se oponía a su legalización? Ese año, bajo la influencia de mi madre, compré mi primer cassette: Clics Modernos, un disco lleno de referencias a la dictadura cívico-militar que marcaría mi vida para siempre. No soy un extraño continúa siendo mi tema preferido de Charly. Por aquella época, mi padre consideraba que la homosexualidad era "una enfermedad". Sin embargo, para mí, la imagen de dos hombres tomándose de la mano y bailando un tango en un bar resultaba profundamente subversiva y poética.

La televisión se pobló rápidamente de vedettes paseandose semidesnudas por programas de humor donde eran expuestas, explotadas y manoseadas sin pudor. Los quioscos de revistas desbordaban de imágenes eróticas mientras la policía continuaba castigando el travestismo y las expresiones de homosexualidad bajo figuras jurídicas como "escándalo público". La liberación del espacio público era, para muchos, una conquista diaria. Pero esa conquista tenía costos que entonces nadie nombraba.

La diversión de los varones

La disputa del espacio público se transformaba en una guerra de agua durante los carnavales que habían sido prohibidos durante la dictadura. Arrojar agua a los transeúntes, a los colectivos que pasaban con las ventanillas bajas, a los vecinos, pero sobre todo a las mujeres, era un acto de catarsis y picardía socialmente aceptados. Era, también, una forma de aprender que el cuerpo de las mujeres era un territorio disponible para la diversión de los varones.

Hoy me avergüenzo de muchos comportamientos que tuve de niño y de joven, comportamientos que de algún modo fueron moldeando mi mirada y mi forma de relacionarme con las mujeres durante demasiado tiempo. No los voy a detallar aquí porque no se trata de confesión ni de catarsis pública. Se trata de reconocimiento. De asumir que la violencia no siempre llega con el puño levantado. A veces llega en la forma de una mirada que desnuda, de un silencio que evita o de un comentario que minimiza.

Aunque hoy soy un hombre más consciente y respetuoso, reconozco que aún tengo mucho trabajo por hacer. Desaprender es un proceso lento y a veces incómodo. Requiere escuchar sin ponerse a la defensiva. Requiere tolerar la incomodidad de verse en el espejo y no reconocerse del todo.

No alcanza con pedir disculpas

¿Alcanza con agradecer a las mujeres del colectivo feminista que, gracias a la lucha organizada, me interpelan a diario con sus acciones? ¿Alcanza con pedir disculpas públicamente a las mujeres que ofendí o a quienes les falté el respeto?

No. No alcanza. El agradecimiento y el pedido de disculpas son insuficientes si no van acompañados de cambios en la conducta diaria. Si no se traducen en actos concretos, en conversaciones incómodas. Si no suponen revisar los propios privilegios que tenemos los hombres.

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Aunque me pese reconocerlo soy producto de una cultura violenta que durante siglos distribuyó el poder de manera desigual. Las mujeres no matan a los hombres por cuestiones de género. Las mujeres no envían a los jóvenes a guerras decididas historicamente en despachos donde ellas no tienen voz ni voto. La violencia, en su forma más íntima o más organizada, es un atributo casi exclusivamente masculino. No porque “seamos naturalmente” violentos, sino porque aprendemos a procesar la frustración, la perdida o el rechazo de esa manera. Revisar esa herencia es nuestra responsabilidad.

Ni una menos: marcha feminista en Córdoba. Foto: Consuelo Cabral.
Marcha del Ni una menos frente al Congreso. 

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