El enigma Patricia Bullrich: inmune al costo político y con juego propio
En el complejo tablero de la política argentina contemporánea, pocos liderazgos muestran la plasticidad, la resiliencia y el olfato táctico de Patricia Bullrich. Su periplo describe una de las trayectorias más sinuosas y camaleónicas de las últimas décadas: desde su temprana militancia en la juventud peronista de los años setenta y ochenta -con sus controvertidas vinculaciones a la tendencia revolucionaria y a la figura de Rodolfo Galimberti- hasta su paso por el menemismo en los noventa, su tránsito por la Coalición Cívica, la creación de su propio espacio político (Unión por Todos) y su posterior desembarco en el PRO, partido que llegó a presidir y a representar como candidata a la presidencia en 2023. Su posterior convergencia con La Libertad Avanza (LLA), su rol al frente del Ministerio de Seguridad y su actual función como ordenadora clave de la bancada oficialista en el Senado completan un recorrido de permanente metamorfosis.
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Pero aquí reside una de sus mayores peculiaridades: mientras que a otros dirigentes la opinión pública les perdona muy poco sus ambivalencias y giros ideológicos, a Bullrich pareciera no caberle las generales de la ley. Al construir un liderazgo de marca personal autonomizado tanto de la etiqueta del PRO como de la propia escudería libertaria, sus reconversiones respondieron a la máxima pragmática de que "el que avisa no es traidor".
Lejos de pagar costos de credibilidad, la transparencia con la que ejecuta sus movimientos la consolida como una interlocutora política predecible incluso para sus adversarios, ubicándola en una posición singular: es, simultáneamente, la figura con mejor centralidad dentro del oficialismo y una reserva de valor cuya proyección hacia el horizonte electoral de 2027 no debería subestimarse.
Patricia Bullrich con mejor imagen positiva en el oficialismo
Los datos del informe de octubre de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública (ESPOP) de la Universidad de San Andrés confirman un fenómeno que se viene consolidando a lo largo del tiempo: Bullrich registra la imagen positiva más alta del arco político nacional. Con un 36% de imagen positiva (frente a un 54% de negativa), supera no solo a la totalidad de los dirigentes de la oposición, sino también al propio presidente Javier Milei, quien cosecha un 34% de imagen positiva (con una desaprobación del 60%).
En un mapa donde la totalidad de la dirigencia política navega con diferenciales de imagen negativos -fruto de una insatisfacción con la marcha del país que se mantiene congelada en torno al 67%-, Bullrich exhibe uno de los diferenciales menos deficitarios del sistema (-18 puntos), conservando un nivel de adhesión transversal que desafía los desgastes habituales del ejercicio del poder.
El anclaje del orden y el espacio propio
¿Dónde reside la fortaleza competitiva de Bullrich? Principalmente en su capacidad para encarnar de manera persistente dos de las demandas más estructuradas del electorado no peronista: el orden y la firmeza institucional. En las mediciones de la ESPOP, las áreas vinculadas al orden público, la seguridad y las relaciones exteriores suelen figurar consistentemente entre las mejor evaluadas del Gobierno, contrastando con el declive en la percepción de la gestión económica, cuya satisfacción cayó al 28% en el último mes.
Sin embargo, su posición estratégica dentro del arco oficialista la ubica en una situación de latencia, aún no manifiesta. Hoy por hoy, los ejercicios empíricos de simulación de candidatos para las presidenciales de 2027 que realizamos desde el LOOP —donde pusimos a competir en simultáneo a las principales figuras de todo el arco político (Milei, Bullrich, Axel Kicillof, Sergio Massa, Myriam Bregman y Victoria Villarruel, entre otros)— muestran que la senadora no logra disputarle al Presidente la fidelidad de los votantes oficialistas.
En ese escenario de oferta abierta, Milei encabeza la preferencia con un 23,3%, mientras que Bullrich cosecha un 5,9%. Curiosamente, la relación dentro del espacio libertario guarda una simetría casi perfecta con la que registra el peronismo, donde Kicillof lidera con el 20,7% frente a un Massa que alcanza el 6,2%. En ambos polos opera la misma estructura: un liderazgo principal que condensa a casi cuatro quintas partes del caudal propio, relegando a las demás figuras relevantes a un nicho secundario, pero estratégicamente latente.
Donde el edificio electoral del Gobierno muestra su mayor grieta es, justamente, en la elasticidad del voto bullrichista. Un porcentaje sustancial de los electores que acompañaron a la senadora en 2023 hoy no muestra certeza alguna de votar al oficialismo. Mientras La Libertad Avanza retiene al 64% de sus votantes propios de primera vuelta, la fidelización entre el electorado original de Bullrich cae a un escaso 41%. Que casi el 60% de sus votantes de 2023 se encuentre hoy en la indecisión o la desafección confirma que no hubo una fusión identitaria automática entre el votante PRO de centro-derecha y el proyecto libertario.
Bullrich funciona así como el puente de enlace indispensable entre el núcleo duro libertario y una franja del electorado de centro-derecha tradicional y republicano que apoya el rumbo general, pero mantiene una distancia crítica respecto de las formas o el estilo del liderazgo presidencial.
El antecedente Larreta y la capacidad de disputa
Quienes descarten las chances de Bullrich de disputar eventualmente la centralidad del espacio oficialista o del polo anti-peronista deberían revisar la historia reciente. Hacia finales de 2022 y comienzos de 2023, existía un consenso casi unánime en el establishment político y mediático sobre la inevitabilidad de la candidatura y victoria de Horacio Rodríguez Larreta. El ex alcalde porteño contaba con la estructura, los recursos, la gestión de la Ciudad y la preferencia de los sectores moderados.
Sin embargo, Bullrich comprendió con mayor nitidez el cambio en la demanda latente de la sociedad: captó el clima de época, endureció su perfil, no cedió en la disputa del sentido y terminó imponiéndose con claridad en las PASO de Juntos por el Cambio, transformando un escenario que parecía predeterminado. Obviamente, la elección general le fue adversa: el fenómeno Milei copó la insatisfacción generalizada con la casta política (que en ese entonces la incluía).
Pero aquel antecedente dejó una lección metodológica y política insoslayable: Bullrich sabe construir poder y volumen electoral desde posiciones minoritarias o de desafiante interno, capitalizando los momentos de quiebre o desgaste de los liderazgos hegemónicos de su propio espacio.
OPINIÓN Cada vez Bullrich marca una diferencia con el Gobierno, vuelve la misma pregunta: ¿puede competir por su cuenta en las elecciones 2027?
Candidatura condicional: señas de autonomía, economía y 2027
¿Podría Bullrich repetir esa trayectoria y disputar el espacio oficialista o encabezar una alternativa competitiva hacia 2027? La respuesta es afirmativa (o, si estas líneas las escribiera el ex vicepresidente Julio Cobos: la respuesta sería no negativa), pero estrictamente condicional a la evolución de la siempre volátil y frágil economía, y a la también siempre volátil y frágil personalidad del Presidente, que en consecuencia amplían o acotan su margen de maniobra dentro del ecosistema de la derecha radical autóctona.
Si bien su alineamiento formal con el Presidente se mantiene funcional, bajo la superficie proliferan señales inequívocas de que Bullrich preserva su juego propio y no está dispuesta a asumir a ciegas los costos del diseño ajeno. En el plano de la toma de decisiones, no ha dudado en objetar la concentración del poder en la mesa chica de Balcarce 50: "Yo quiero una mesa política donde las cosas se discutan. Si estamos el día anterior en una mesa discutiendo y no nos enteramos de las cosas, yo siento que me toman de tonta", lanzó recientemente, marcando la cancha frente al hermetismo con el que la cúpula ejecutiva maneja la relación con los bloques parlamentarios.
A esa crítica al modus operandi se suman posicionamientos de fondo que desentonan abiertamente con el libreto libertario más purista. Por un lado, la senadora exhibe un pragmatismo táctico que descoloca al núcleo duro: frente al rechazo categórico de la Casa Rosada a cualquier puente con la oposición, deslizó que no le negaría el diálogo a ningún actor del sistema y que incluso "se tomaría un café con Cristina Kirchner", apelando a una flexibilidad ajena a la lógica maniquea del ecosistema oficialista. Por otro lado, mientras el equipo económico celebra el cumplimiento a rajatabla de las planillas de Excel del superávit fiscal, su discurso insiste en la necesidad urgente de atender la economía real, el empleo y la producción; una mirada en sintonía con la microeconomía de los hogares donde el 54% manifiesta no llegar a fin de mes (debiendo endeudarse o recortar gastos) y un 56% percibe que su situación personal empeoró.
El rol de Patricia Bullrich en el Senado
Esa tensión entre el dogma ideológico y las exigencias de la política cotidiana se traslada inevitablemente al Congreso. Allí, Bullrich debe lidiar con las contradicciones de la propia estrategia oficialista, los cambios imprevistos de la agenda y la falta de coordinación interna. Su reacción ante uno de esos episodios -“Fue una decepción… estábamos convencidos de que se votaba y no sabemos qué pasó”- expone algo más profundo que un traspié circunstancial: evidencia los límites de una conducción que, cuando la improvisación amenaza con erosionar el capital político acumulado, deja al descubierto sus propias debilidades.
A diferencia de la marca partidaria del PRO, cuya licuación competitiva la ha ido relegando a una posición de negociación puramente defensiva por casilleros legislativos, Bullrich preserva un capital de anclaje propio. Si el desgaste del programa económico o las turbulencias de la gestión terminaran por erosionar el núcleo identitario de LLA, la senadora emerge como la expresión más competitiva para encarnar, si las circunstancias lo exigen, la alternativa de un "mileísmo sin Milei" capaz de fidelizar al electorado no peronista. Su potencial no descansa únicamente en la imagen pública: posee la flexibilidad para articular alianzas con gobernadores de la franja central y sectores económicos que demandan mayor previsibilidad institucional.
Bullrich no necesita hoy confrontar abiertamente con Javier Milei para construir valor; le basta con consolidar su volumen político, conservar la primacía en la imagen positiva nacional y mantener encendida la llama de una autonomía táctica que le permite ser la garante indispensable del presente oficialista y, si la coyuntura lo demanda, una de las alternativas electorales más potentes de la derecha local.