Pero atribuirle, por simplificación, a WhatsApp la centralidad del triunfo electoral que corresponde a las condiciones estratégicas que hicieron posible esta histórica movilización híbrida —que enmarcó, entre muchísimas otras cosas, lo que sucedió en las redes sociales— es lo mismo que rezarle a la vela en lugar de rezarle al santo.
De la viralidad a la organización política
Es precisamente en este punto donde no conviene confundir ni homologar conceptos diferentes: una comunidad digital de millones de integrantes no constituye per se una organización política de igual dimensión; las métricas de alcance no son equivalentes a las de participación ciudadana; la viralidad no acredita adhesión, ni la cantidad de visualizaciones es, por sí misma, una tasa de conversión de votos.
Para que WhatsApp pudiera ser utilizado como canal de información, organización y convocatoria, hubo antes construcciones políticas y sociales fácticas —un liderazgo reconocible, un programa claro, una promesa colectiva y una serie de hitos de campaña que ratificaron la posibilidad y la conveniencia del triunfo— que dotaron de sentido a cada contenido y a cada llamado a la acción posteriormente enviado.
Sin todo esto, que corresponde estrictamente a lo estratégico, ninguna tecnología de comunicación hubiera producido el mismo efecto. Ni siquiera la ya famosa orden "cada persona es un influencer" hubiera tenido sentido sin este corpus simbólico precedente. Por eso, utilizarla como reducto explicativo de lo que ocurrió responde más a la necesidad contemporánea de crear relatos rápidos y espectaculares que al conocimiento de las condiciones reales en las que se construye la acción social desde la política, incluso en la era tecnopolítica.
Una movilización híbrida
Lo importante no fue la usabilidad de una app creada hace 17 años, sino la convicción de que, sin disputar la dimensión tecnológica, sería imposible revertir las elecciones y que disputar solamente esa dimensión sería insuficiente. Por tanto, hacía falta una estrategia de movilización híbrida e inteligente: tan inteligente como para aprovechar las infraestructuras tecnológicas sin quedar subordinados a ellas, y tan híbrida como para integrar simultáneamente las dimensiones física y digital en una misma acción política.
La centralidad estuvo, en todo caso, en saber trasladar lo de las calles a los dispositivos y lo de los dispositivos a las calles.
También en lograr la hibridación por la que cada acción política pudiera reproducir los efectos esperados en ambas dimensiones: alimentar las conversaciones digitales y hacer que esas conversaciones fortalecieran, luego, la organización, la presencia territorial, la esperanza y la acción colectiva.
Luiz Inácio Lula da Silva, figura descollante de la historia política de Brasil.
Lo ocurrido en Brasil marca un cambio profundo y, probablemente, irreversible: el territorio dejó de ser el único escenario donde la política se expresa, así como lo digital ya no es solo un espacio para comunicarla y debatirla. Ambas dimensiones conforman hoy un mismo territorio político, en el que conviven viejas y nuevas relaciones de poder y donde la acción política se despliega de manera simultánea. Una transformación que muchos consultores y analistas considerábamos inevitable desde hace años.
Un giro histórico que no nació en Brasil —la historia reciente ofrece grandes antecedentes de movilizaciones híbridas, como la Primavera Árabe—, pero que sí comprobó allí la posibilidad de articularse a gran escala, en un período extraordinariamente breve y frente a una estructura política adversaria con una enorme capacidad de acción e intromisión tecnológica.
El poder de la ciudadanía en la era digital
Pero, además, hubo otra evidencia imposible de atribuir totalmente a una planificación centralizada: la iniciativa de una gran masa de ciudadanos y organizaciones sociales que, al producir y circular contenidos virales, mostró cómo el hacktivismo puede someter a los algoritmos a sus propias lógicas de exposición y posicionamiento. En tiempos de tecnopolítica, la campaña ya no se agota en lo que se ordena desde arriba: ahora también pertenece al pueblo.
Brasil fue escenario de un salto cualitativo en las formas de organización política en Latinoamérica: de la movilización de masas orientada a reproducir un relato a la transferencia parcial de la capacidad de construcción simbólica a la propia sociedad. La innoión consistió en trascender la comunicación informativa y el call to action para apropiarse de las herramientas digitales, acortar distancias, eliminar intermediaciones y convertir a quienes antes eran meros destinatarios de mensajes en protagonistas de su elaboración.
Una fuerza de movilización colectiva en clave híbrida, lo suficientemente lejos de las infraestructuras para evitar sus límites y trampas algorítmicas, y lo suficientemente cerca como para seguir rindiendo satisfactoriamente en el flujo de circulación discursiva que estas proveen. Desde este punto de vista, el alma de lo que ocurrió fue la innovación y la osadía: había que conseguir que la circulación del sentido político adquiriera una dinámica social propia, difícil de anticipar y de contener mediante los mecanismos convencionales de intermediación tecnológica. Y eso fue exactamente lo que se hizo.
Gracias a esto, millones de personas, tanto en Brasil como en el mundo, saben ahora que pueden organizarse y apropiarse temporalmente de herramientas para multiplicar sus voces. Que pueden construir mecanismos de circulación sobre infraestructuras que no gobiernan si son capaces de sorprenderlas. Y también saben algo mucho más importante: que la soberanía tecnológica es hoy una condición fundamental de la independencia democrática.
La soberanía tecnológica, el desafío pendiente
De esta lectura nace la proclama de Lula, en su primer discurso después de la reelección, sobre la necesidad de regular las plataformas y ampliar la participación ciudadana mediante nuevas formas de comunicación. Sabe bien que, hasta alcanzar al menos parcialmente la soberanía tecnológica, ningún país puede dar por acabada la amenaza del poder de las plataformas y la sed de dominación que hoy se observan en el tecnofascismo y el tecnocolonialismo global.
De facto, una cosa es conseguir que una movilización sortee los límites impuestos por las políticas tecnológicas que necesita y otra muy distinta es construir las condiciones para que su soberanía democrática no dependa de infraestructuras privadas transnacionales cuyos mecanismos de funcionamiento responden a decisiones ajenas al control democrático. Este será el desafío que heredarán el progresismo y la izquierda de la experiencia brasileña.
Ante esto, será completamente inútil la multiplicación espontánea de grupos de WhatsApp que ya se han creado en distintos países obsesionados con la herramienta. No solo porque cualquier innovación pierde su eficacia apenas se vuelve un procedimiento estándar, sino porque lo que ocurrió en Brasil funcionó bajo circunstancias territoriales y digitales precisas, que serán diferentes cuando el mismo procedimiento vuelva a emplearse.
Sería ingenuo suponer que las grandes compañías tecnológicas, los grupos de poder, los gobiernos y los actores políticos reaccionarios permanecerán indiferentes a la histórica experiencia que acaba de demostrarles la organización y el poder social que pueden desarrollarse dentro de sus propias infraestructuras.
Evidentemente, cualquier intento de exportar esta estrategia enfrentará un escenario completamente diferente, con otros actores, límites, reglas, anticipaciones y condiciones que podrían sentenciarlo al fracaso.
La democracia más allá de las aplicaciones
En definitiva, lo que queda sobre el tapete, una vez expuesto lo errático e imprudente, es que la tecnopolítica puede ser un escenario de empoderamiento democrático si se basa en un modelo de cogestión, ya no para el pueblo, sino con él. Un pueblo que ahora conoce su capacidad de movilización y puede asumir el desafío de transformar esa movilización en participación sostenida, como una forma de recuperar también la capacidad de decidir las condiciones sobre las que se construirá lo público.
Porque no fueron las aplicaciones las que ocuparon las calles, ni los algoritmos los que indujeron la idea, ni la IA la que decidió qué se debía defender: fueron personas organizadas dentro y fuera de las instituciones. Personas dotadas de conciencia y que actuaron sobre lo político, cuya dimensión real no solamente es híbrida en elecciones, sino que puede continuar siéndolo, sentando las bases de lo que tal vez algún día llamemos nueva democracia.
Luiz Inácio Lula da Silva, el domingo a la noche, reelecto presidente de Brasil.
Así las cosas, el futuro no dependerá de encontrar la próxima aplicación para organizar multitudes en otras partes. Dependerá de alcanzar la soberanía tecnológica, de asumir y aprovechar las oportunidades de la era tecnopolítica y de exigir las condiciones para que las sociedades puedan decidir y cogestionar su destino político. Dependerá de la osadía.
WhatsApp no nos hará libres. Serán las estrategias y los pueblos liberándose a sí mismos. Otra vez.