27|1|2023

Un tiro a la cabeza de la democracia

01 de septiembre de 2022

01 de septiembre de 2022

El atentado fallido contra Cristina y el clima de odio que lo precedió ponen en cuestión el pacto de convivencia. Se impone una profunda autocrítica social.

Una sombra pesada cayó sobre la Argentina en la noche de este jueves. Las escalofriantes imágenes de la mano armada que dispara sobre la cabeza de Cristina Fernández de Kirchner revelan que la violencia política, demasiado tiempo larvada detrás de discursos incendiarios, finalmente se ha activado. El tiro que no salió es toda la diferencia, claro, entre la vida y la muerte de la vicepresidenta de la Nación, pero también separa la conmoción que se apoderó del país del abismo político y social que pudo haber sido.

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La sociedad está en shock por un hecho de una gravedad sin precedentes desde la restauración de la democracia. Ni siquiera durante las intentonas golpistas que sufrió Raúl Alfonsín en los años 1980 se supo que el magnicidio haya sido una herramienta que estaba a mano de alguien.

 

El peronismo político, sindical y social se movilizará, pero sería bueno que fuera acompañado por todas las fuerzas que se declaran democráticas. Ya no se trata de que Cristina Kirchner sea culpable o inocente de los cargos de corrupción que se ventilan en el Poder Judicial, sino de que se entienda que la violencia es el límite para cualquier noción de contrato social y democrático que hace de la Argentina, pese a sus múltiples problemas, un país en el que todavía vale la pena vivir.

 

Cuando Máximo Kirchner dijo, horas antes de este atentado contra la líder del Frente de Todos y contra la propia democracia, que la dirigencia opositora “está viendo quién mata al primer peronista" nadie imaginó semejante desenlace. Esa será, probablemente, la línea discursiva que se instalará en un peronismo impactado, pero bien valdría separar la paja del trigo y reparar en el daño que provocan los mensajes maximalistas.

 

El día había dejado datos que ahora lucen completamente patéticos. Enfrascadas en una lucha absurda por el control de la esquina de Juncal y Uruguay, las administraciones nacional y de la Ciudad de Buenos Aires habían pactado un modus vivendi para limitar las manifestaciones K y evitar "los acampes, las ferias, los fuegos artificiales, la instalación de parrillas, las batucadas y los cortes de calle". Lo que estaba en juego, parece, era bastante más grave que el olor a choripán.

 

Lo ocurrido tiene causas inmediatas y mediatas.

 

Entre las primeras se destaca la indefensión con la que se movía Cristina al salir y entrar a su casa y se ve ahora que no basta con la buena voluntad de quienes la quieren para protegerla. La multitud permanente podía servir como camuflaje para algún asesino, un escenario incontrolable para su custodia, tal como se constató.

 

La calle no puede ser eternamente tierra de nadie ni el debate sobre la seguridad limitarse a la colocación de vallas para evitar ruidos molestos a los vecinos y vecinas de un barrio tranquilo.

 

Entre las causas mediatas hay que hablar, sin ambigüedades, del clima de odio que se ha instalado en el país desde hace ya demasiado tiempo. Como advirtió en su momento Letra P, todo parecía valer contra Cristina Kirchner y quienes la apoyan, desde la proliferación de patrullas sueltas en el centro de la ciudad –que se entregaron a tiempo completo a la tarea de hostigar a cualquier peronista que circulara por la calle–, a amenazar megáfono en mano a la vicepresidenta, a arrojar piedras y excrementos contra la Casa Rosada y hasta a pararse, amenazantes, frente a la misma con antorchas. Ante eso, no se han conocido repudios opositores ni acciones de la Policía que enorgullece a Horacio Rodríguez Larreta diferentes de la confraternización con los violentos, como surge de innumerables videos posteados en las redes sociales.

 

Tampoco hubo jamás condenas a la aparición de horcas, muñecos con caretas de personajes vinculados al kirchnerismo colgados de las rejas de la Casa Rosada ni a los carteles que llamaban directamente a la muerte en manifestaciones antiperonistas.

 

Extravagancias peligrosas como los pedidos de pena de muerte o el "ellos o nosotros" estuvo largamente blanqueado. Claro que eso no es, per se, un llamado a un magnicidio, pero es imperioso entender qué impacto causan las consignas radicales en mentes como la de Fernando Sabag Montiel.

 

La política debe hacer una autocrítica profunda y sentida; también sectores amplios de la sociedad en una república que, curiosamente, no parece tener republicanos.

 

En esta noche de espanto, periodistas de canales "opositores" –¿qué cosa podría significar eso si de periodismo se trata?– decían desconfiar del hecho porque "al kirchnerismo no se le puede creer nada" y algunos –pocos, detestables– referentes opositores repetían el argumento.

 

Otros, no por casualidad los que tienen responsabilidades de gestión y entienden que basta una mecha para que el país se incendie y la gobernabilidad quede gravemente en entredicho, sí estuvieron ampliamente a la altura.

 

Es de esperar que el hecho, afortunadamente sin consecuencias para la vida y la salud de la vicepresidenta, les haga entender a todos y a todas, en la oposición y en el oficialismo, que las palabras no son gratis y que las violencias discursivas son solo el preludio de las reales, que tarde o temprano llegan. Sobre todo, cuando la oposición deviene en rechazo, el rechazo, en odio y el odio, en negación de la propia condición humana del rival.