27|1|2023

Qatar, el milagro del gas en el desierto

18 de noviembre de 2022

18 de noviembre de 2022

En menos de medio siglo, este pequeño territorio se convirtió en un país autónomo con el cuarto PBI y el primer Mundial de Fútbol en Medio Oriente.  

Cuenta la historia que, a principios de los ´70, cuando Qatar encontró sus grandes yacimientos de gas natural, las clases política y económica del emirato se lamentó por no haber hallado petróleo. Entonces no sabían que habían descubierto una de las reservas naturales más grandes del mundo de un recurso natural energético fundamental que cambiaría la historia del país para siempre y permitiría expandir su influencia y su poder hacia todo el mundo hasta albergar, por primera vez en la historia, al Mundial de Fútbol en Medio Oriente.

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La atención sobre el gas cambió a mediados de 1990, de la mano del emir Hamad bin Jalifa Al Thani, quien sacó a su padre del poder a través de un golpe de Estado y aceleró la producción hasta lograr la primera exportación en 1996. A partir de entonces, la historia de la familia y del país que durante décadas fue conocido como una zona de búsqueda de perlas y un puerto de tránsito vinculado a Arabia Saudita -el gigante regional- cambió para siempre. Gracias al colchón de dólares que consiguió de estas ventas abandonó el legado heredado de la dominación inglesa, de la cual logró independizarse en 1971; convirtió un desierto en una meca de avanzada, revitalizó su gravedad continental y expandió su influencia de la mano de Al Jazeera, la cadena de televisión más grande del mundo árabe.

 

“El gas le cambió la vida a Qatar”, aseguró, en diálogo con Letra P, el analista especializado en Medio Oriente Ezequiel Kopel, quien sostuvo que, en la actualidad, el país es un actor importante de la región y el mundo porque “siempre supo pararse en el medio de grandes poderes, lo que garantizó su supervivencia”. “Tuvo una política independiente de los grandes poderes regionales del lugar y pudo jugar ese juego mucho más a partir del gas”, agregó.

 

Según la compañía energética BP plc, el país es el quinto productor mundial de gas con el 4% del total y, según el Observatorio de Complejidad Económica (OEC), en 2020 fue el segundo exportador a nivel global, con el 18,3% del mercado. A raíz de esto, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), ostenta el cuarto Producto Bruto Interno (PBI) más alto del planeta con una renta de 113.670 dólares por persona.

 

La composición de su población ejemplifica el poder qatarí: lo habitan 2.641.669 personas, de las cuales el 90% nació en el extranjero. En una región donde las disputas religiosas son muy importantes y ante una dinastía sunita (la comunidad más grande del islam) que teme un posible avance chiita (la comunidad más chica) en su población, el sector extranjero, que tiene acceso a los gasidólares pero no al poder, brinda una calma interna fundamental para la familia Al Thani.

 

Con el poder interno asegurado y un crecimiento económico sostenido, Qatar potenció su rol internacional. Un territorio de apenas 11 mil kilómetros cuadrados, es decir, el 0,3% de la Argentina, se convirtió en un actor continental fundamental de las actuales dinámicas y logró constituirse a partir de una férrea independencia y autonomía política.

 

A diferencia de algunos de sus vecinos, Qatar consiguió escapar de los tentáculos petroleros de Arabia Saudita y promover sus propios intereses. Por ejemplo, mantiene buenas relaciones con Irán, con el que comparte algunos yacimientos gasíferos, y, a la vez, alberga a la base militar más grande en Oriente Medio de los Estados Unidos, un rival acérrimo de Teherán.

 

Realizó su primera gran apuesta durante la Primavera Árabe, cuando distintas protestas populares acabaron con regímenes despóticos de la región. Primero, a partir de las noticias que difundió Al Jazeera, que potenciaron la salida a la calle de la población local; segundo, a partir del apoyo que les brindó a las fuerzas políticas vinculadas al Islam, como los Hermanos Musulmanes, una organización política calificada como “terrorista” por algunos vecinos.

 

En 2012, Doha apoyó la llegada al poder de Mohamed Morsi en Egipto y, al año siguiente, Riad financió un golpe de Estado en su contra para que asumiera el actual mandatario, Abdelfatah El-Sisi. Otro ejemplo se evidencia en sus vínculos con Hamás, el grupo que domina la Franja de Gaza en Palestina, y con los Talibanes de Afganistán, con quienes intermedió ante Washington para coordinar la salida norteamericana de Kabul.

 

En una región celosa del poder, su ambición y su autonomía le generaron problemas. En 2017, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Egipto, bajo el apoyo del entonces presidente norteamericano, Donald Trump, cortaron sus relaciones diplomáticas con el emirato, al que acusaron de mantener vínculos con grupos terroristas y con Irán. Después de tres años de negociaciones, el cuarteto levantó el boicot y Doha sobrevivió sin cumplir con las principales demandas: no cerró Al Jazeera ni la base militar que Turquía tiene en su territorio. Las reservas de gas, una vez más, le permitieron sobrellevar la situación.

 

“En 1996, Hamad bin Jalifa Al Thani puso a Qatar en el mapa para que el mundo supiera dónde está y generó un fuerte soft power”, aseguró, en diálogo con Letra P, el profesor del Centro de Estudios del Golfo de la Universidad de Qatar Luciano Zaccara, quien aseguró que, con la Copa del Mundo, Doha busca atraer la atención mundial para seguir profundizando su poder. “Qatar sobrevivió al bloqueo y no fue engullido porque ya tenía un nombre formado y una importancia regional que le sirvieron como defensa”, agregó el docente.

 

El cuento también es de terror

El mundo observa lo bueno y lo malo. Desde que se confirmó que Qatar albergaría la Copa de Mundo, 6.500 personas murieron en la construcción de los estadios, según una investigación del diario inglés The Guardian, que reveló, además, que durante varios años no pudieron abandonar el país sin un permiso previo de la parte contratista, un punto que generó mucha polémica y que Doha eliminó por la presión internacional.

 

Además, las mujeres deben vivir bajo la tutela de un hombre y la comunidad LGBTQ+ no sólo no tiene derechos, sino que la homosexualidad está penalizada con hasta siete años de prisión.

 

Durante estos años, Qatar le demostró a la región de lo que es capaz, en todos sentidos. Ahora, se lo muestra al mundo, también con beneficios y costos.