06|11|2021

El lenguaje político se ha tornado previsible y, en vez de buscar tonos épicos, debería tener empatía y trabajar cada vez mejor las interacciones

En menos de un mes los argentinos vamos a acudir a las urnas nuevamente. Desde la vuelta de la democracia el simple acto de ir a votar es un hecho ineludible de la vida de todo el país, algo habitual y muchas veces celebrado, una tradición democrática que supimos consolidar. Los argentinos votamos esperanzados, votamos con bronca e incertidumbre, votamos contentos, votamos con tristeza, votamos ilusionados, votamos resignados, votamos solos, votamos acompañando a nuestros hijos o a nuestros padres, conversamos sobre votar, le preguntamos a nuestros amigos por quien lo hicieron, esperamos los resultados hasta tarde y, luego, los comentamos en familia (y últimamente, también en las redes sociales). Votar se volvió parte de nuestro ADN.

 

A pocos días de una nueva elección, empiezan a asomar síntomas preocupantes y alguna parte de ese contrato social empieza a ser puesto en duda. No hace falta más que salir a la calle para advertirlo. Por primera vez, en un proceso electoral pareciera ser que la campaña transcurre por carriles separados a los de la vida diaria cotidiana de las personas: casi no hay parafernalia electoral en nuestras ciudades, la política está ausente de la gran mayoría de las conversaciones y, aunque en la agenda mediática los temas políticos son los únicos privilegiados, la mayor parte de las veces son pocos los issues que superan los límites de la mediatización y asoman en la agenda pública de verdad. Lo único que parece lograr superar esos límites son los escándalos y los episodios valorados negativamente, como la foto del presidente Alberto Fernández festejando un cumpleaños en Olivos o la supuesta ruptura de la cuarentena del expresidente Mauricio Macri.

 

Empiezan a aparecer indicadores concretos que muestran esta creciente apatía. En las elecciones de Salta y de Misiones sorprendieron los porcentajes de baja participación y de voto en blanco. Ambos serán datos a seguir en las elecciones nacionales. Tal vez sea como plantea Mario Riorda, “técnicamente no se registra apatía”, sino que el fenómeno se denomina “desafección”. Se trata de un “rechazo con características de cierta violencia preferentemente simbólica en este caso, hacia lo político en general”.

 

¿Qué es lo que estará saliendo mal? ¿Será que la gente se está alejando de los políticos? ¿O será que son los políticos los que se están alejando de la gente?

 

En las últimas encuestas nacionales que hicimos, sorprende la enorme separación o desacople que hay entre las preocupaciones e intereses de los argentinos y los temas que aparecen constantemente en la discusión política. Mientras los políticos siguen promoviendo debates que tienen sentido solo desde el punto de vista de los intereses de la dirigencia, como cuestiones vinculadas al poder judicial, a internas políticas o a debates de contrastes que ya son agotadores, la gente en la calle tiene en la cabeza cuestiones mucho más terrenales: los bajos salarios, la falta de empleo, la inflación, etcétera.

 

A esta separación de asuntos se le suma una tremenda falta de narrativas que logre ofrecerle a la gente explicaciones razonables, mucho menos que logre enamorarla o movilizarla. Tanto Cambiemos en el 2015 y 2017 como el peronismo en el 2019 lograron construir buenas narrativas que les permitieron ganar esas elecciones y hacer coincidir sus marcos argumentativos con la agenda pública. Al día de hoy, ninguno de los dos ha logrado reconstituir sus épicas eficazmente.

 

No es de extrañar que en algunas encuestas los candidatos del “liberalismo” estén teniendo buenos pronósticos electorales en los principales distritos del país. Sin entrar en un análisis profundo sobre sus candidaturas y los posibles efectos de la misma en el sistema democrático, lo cierto es que ellos han logrado construir narrativas que convencen y movilizan a segmentos no menores de la sociedad. El fenómeno de la irrupción de la política outsider ya ha sido visto y estudiado en gran parte de occidente, hasta ahora no habíamos tenido en Argentina una presencia considerable del mismo. ¿Será que eso está a punto de cambiar?

 

¿Hacia dónde van nuestras campañas electorales?

Sostenemos hasta el cansancio, en cada elección, que las campañas electorales han muerto. Han perdido eficacia y también ha perdido vigencia la idea de un evento único, o un spot que logre un triunfo donde este no existía. La mayor parte de las veces no logran operar grandes cambios en los escenarios que ya existían antes de iniciar las campañas. Construir en la opinión pública o lograr que la misma cambie es normalmente un proceso que lleva tiempo, es realmente muy difícil lograr en las limitadas semanas de una campaña, objetivos que deberían construirse en meses o incluso años.

 

En este contexto debemos considerar también que las campañas tenían el propósito de discutir políticas públicas futuras y hoy solamente se observa una descalificación y negación del otro.

 

«Las campañas electorales han muerto»

Y en Argentina, es especialmente difícil cuando la política en general ha estancado sus modos de hacer campaña. Hace décadas que hacer campaña en nuestro país es seguir un manual de reglas bastante estricto y limitado. Hacer campaña es igual a pegar afiches en carteleras, producir spots tradicionales para radio y TV, generar actos, recorridos y otros eventos públicos y sobre todo hacer prensa. La política argentina tiene una obsesión con la agenda mediática.

 

Todos estos ítems de las campañas tradicionales pasan sin ser analizados. Nadie construye sobre las mismas métricas que permitan dimensionar si fueron apuestas exitosas. Nadie se pregunta si alguien, aunque sea una sola persona, es interpelada por los afiches, si alguien efectivamente ve los spots tradicionales, si en los actos y recorridas hay una sola persona plausible de ser convencido y muchísimo menos si el rating de los programas que son visitados genera grandes movimientos en la opinión pública.

 

Pero lo cierto es que hay una enorme transformación ocurriendo en la forma en la que las personas se informan y entretienen. En España, el fenómeno de Ibai Llanos que logró superar en meses a un periodismo deportivo que llevaba décadas de monopolio debería indicarnos hacia dónde está yendo la cuestión. 

 

En Argentina no somos ajenos a este fenómeno. Por el contrario, es probable que por nuestros altos niveles de conectividad y de acceso a determinados dispositivos seamos uno de los países de la región en los que más avanzada está la transformación.

 

Y, sin embargo, la política parece totalmente ajena a la misma. Incluso cuando se esfuerza en tener presencia digital no hace más que adaptar el manual tradicional de campaña a las redes sociales. ¿Es muy distinto un afiche de campaña a una foto de perfil en Instagram de un dirigente mirando a cámara con una sonrisa?

 

El lenguaje político se ha tornado previsible y en vez de buscar tonos épicos, debería tener empatía, trabajar cada vez mejor las interacciones, cubrir el vacío de conversación genuina. Hoy debemos acostumbrarnos a que aquello que siempre funcionó en la comunicación política, no necesariamente vaya a funcionar ahora.

 

¿Cuántos votantes en la Argentina no consumen TV? ¿Cuántos han dejado de confiar en el sistema mediático? ¿Cuántos sentimos fatiga o hastío de consumir noticias cada vez más agrietadas y sesgadas?

 

Cambiar la forma en la que la política comunica, no sólo en los reducidos espacios temporales de una campaña electoral, sino también cuando gobierna, cuando está en la oposición, cuando está en el Congreso, etcétera, es esencial para mantener saludable el ADN democrático de los argentinos que mencionamos al principio de esta nota. Pero para eso, es necesario que la clase política tenga la humildad y la madurez necesaria para dejar de lado sus manuales tradicionales y atreverse a construir manuales nuevos, hechos a partir de la profesionalización y del estudio.
 

 

Escriben Gustavo Córdoba e Ignacio Muruaga