14|6|2021

El ballotage augura la prolongación de la crisis de gobernabilidad en Perú

09 de junio de 2021

09 de junio de 2021

Castillo aventaja a Fujimori, pero aún no puede cantar victoria. Los problemas estructurales coaccionan al aún indefinido futuro gobierno. Maldición andina.

Durante los últimos cuatro años, Perú vivió en una espiral de crisis que lo condena a un duro presente. Lejos de ser el inicio institucional del final del túnel, la segunda vuelta presidencial del domingo se convirtió en un condimento más del combo. La ínfima diferencia que aún no permite confirmar a la fuerza ganadora entre el maestro rural de Perú Libre, Pedro Castillo, y la conservadora de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, amenaza con enturbiar un mandato presidencial que aún ni siquiera inició.

 

Hasta el cierre de esta nota, el recuento oficial llegaba hasta el 99,7% de las actas con algo más de 71 mil votos de diferencia a favor de Castillo, que se imponía con el 50,20% ante el 49,79% de la hija del dictador Alberto Fujimori. Con votos que falta contabilizar en el interior campesino, proclives a Castillo, y en el exterior, favorables a Fujimori, más la revisión de los sufragios observados, el resultado era aún es incierto y dejaba la única certeza de que será notoriamente apretado, algo que tendrá consecuencias para la futura estabilidad gubernamental.

 

De esta manera, el próximo gobierno –aún desconocido– contará con una legitimidad recortada, algo agravado por dos factores. Por un lado, la denuncia de Fujimori de un supuesto “fraude sistemático” en su contra y la convocatoria de Castillo a defender “los votos” y la “democracia”, en lo que parecería ser también la anticipación de un posible fraude en su contra. Por el otro, los bajos porcentajes obtenidos por ambos en la primera vuelta, cuando Castillo ganó con el 18,9% y Fujimori salió segunda con el 13,4%. La diferencia con los porcentajes de este domingo evidencia que hubo un fuerte voto de rechazo: lo que se impuso no fue la confianza, sino la polarización. Esto quedó en evidencia días antes del ballotage, con una encuesta de IPSOS que mostró que el 41% “definitivamente” no votaría por Castillo y el 45% no lo haría por Fujimori.

 

Sin una base de apoyo fuerte, envuelto en posibles denuncias de fraude y en un clima polarizado, el ganador deberá gobernar e intentar, a la vez, resolver una crisis política que podría poner en jaque su cargo. Durante los últimos años, el sistema político se convirtió en un ring de combate entre distintas fuerzas que han actuado de forma corporativa en búsqueda de satisfacer el interés propio antes que las necesidades de la población. El precio fue demasiado caro: en los últimos tres años hubo cuatro presidentes y dos congresos y siete de los últimos ocho mandatarios debieron enfrentar a la Justicia. Además, quien resulte ganador de la elección del domingo enfrentará esta crisis agravada por las consecuencias sanitarias y económicas de la pandemia, que ya dejó más de 180 mil muertos en el país.

 

Además, el futuro gobierno no contará con el apoyo del Congreso, uno de los protagonistas de las crisis recientes. El Poder Legislativo está compuesto por 130 bancas y tiene la particularidad de ser unicameral. Castillo tendrá la primera minoría con 37 asientos y Fujimori con la segunda, de 24. Ninguno tendrá respaldo suficiente para evitar, sin la necesidad de negociar votos, la figura de la “vacancia presidencial”, un proceso constitucional siempre confuso  por el cual, con 87 votos, se puede destituir al presidente. De esta manera fue removido Martín Vizcarra en 2020 mientras que Pedro Pablo Kuczynski renunció en 2018 antes de seguir el mismo camino. En estos años el Congreso se pareció más a una trituradora de presidentes que un órgano republicano. El gobierno electo deberá contar con la cintura necesaria para alimentarla sin ser comido o perecerá en el intento. 

 

A la vez, esta crisis política explica la posible victoria de Castillo y amenaza a su gobierno. El maestro rural outsider llegó hasta acá de la mano de un discurso disruptivo con relación al oxidado y corrompido sistema político. Con promesas de cambios profundos, como redactar una nueva constitución, nacionalizar la minería y modificar los pilares del modelo neoliberal, hizo mella en sectores cansados de las figuras de siempre, como Fujimori que compite por tercera vez, y que el año pasado salió a las calles a protestar por la enturbiada destitución de Vizcarra. Los problemas llegarán cuando intente cumplir sus promesas en un sistema que le será adverso, que lo ve como una amenaza “comunista” y en el que estará sin el respaldo legislativo. Esto agravado, a la vez, por la poca experiencia gubernamental con la que llega. La conducción del sindicato de maestros que supo manejar no es comparable al de un Estado, por lo cual deberá domar y modificar un hábitat reacio a los cambios.

 

Una presidencia de Fujimori tampoco sería fácil. Si bien la heredera del clan familiar cuenta con el respaldo del establishment, son estos mismos sectores los que se han agotado ante el electorado. Su victoria serviría para cambiar el nombre del encargado del Poder Ejecutivo de modo que, en el fondo, nada cambie. El problema es que eso no sería suficiente. La mujer debería tener en cuenta que la calle es un factor de poder que no controla y recordar que en 2020 las protestas le costaron la presidencia interina de 48 horas a Manuel Merino, mientras que en 2017 los docentes, encabezados por Castillo, acorralaron al gobierno Kuczynski con un paro nacional. Además, enfrenta un pedido de 30 años de prisión por estar involucrada en la megacausa de corrupción de Odebrecht, investigación por la que ya estuvo presa 13 meses. Una pesquisa similar llevó a Kuczynski a renunciar, ¿Seguiría ella el mismo camino? Tampoco controlaría el Congreso, por lo que podría en algún momento enfrentarse a la encrucijada de ser vacada y dejar el poder o negociar su permanencia a cambio de acuerdos con la oposición, es decir, comer o ser comida.

 

Quien gane las elecciones deberá resolver los potenciales problemas de inicio, como la falta de legitimidad y respaldo social, así como atender la crisis sanitaria y económica mientras recibe los embates del viento político andino, que ha demostrado no tener piedad con los gobiernos de turno. Dos preguntas sobrevolarán las alturas de la cordillera: ¿podrá hacerlo? ¿Por cuánto tiempo? Cuando se confirme el resultado, empezarán a saberse las respuestas.