07|5|2021

La crisis global producto del Covid-19 expone lo inadmisible de un sistema económico que se caracteriza por atentar contra valores humanos fundamentales. 

La irrupción del Covid-19 modificó el comportamiento de la humanidad. Los modos en los que era concebida la vida social se encuentran completamente paralizados, al mismo tiempo que se investigan nuevas formas de desarrollo social. ¿Será como dice Fredric Jameson, que resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?

 

El virus es social en tanto las ciudades suelen ser los primeros focos territoriales de contagio. Es bueno recordar que las formas urbanas grafican el carácter capitalista en sus patrones de estructuración. Sin embargo, la mundialización del capital (globalización) no homogeneizó a las formaciones urbanas.

 

Explicar la ciudad latinoamericana en el neoliberalismo implica analizarla con sus propias características. Por eso, estas ciudades se explican a partir de las formas sociales, la estructura, los procesos y las contradicciones del modo de producción capitalista. La urbanización dependiente y la marginalidad nos mostraron hasta el hartazgo que bajo este camino la posibilidad de la igualdad mundial del desarrollo es imposible.

 

 

Ya es indiscutible que el sistema tiene fallas: el capitalismo, periódicamente, entra en crisis, cada vez más recurrentes, pero evita su propio fin resurgiendo a partir de nuevas mutaciones. 

 

En marzo de 2020 el Ministro de Economía, Martín Guzmán, así lo describía: “Es un momento difícil para el mundo. (...) Un contexto en el que las condiciones de trabajo van a ser distintas. (...) El mundo, la forma en el que el sistema económico está organizado, requiere de circulación para que haya actividad económica. Por lo tanto, lo que tenemos que hacer es cambiar las condiciones en las cuales se va a organizar el sistema económico”.  

 

El fracaso moral

La promesa de “la recuperación económica” alude al mismo sistema que nos trajo dramáticamente hasta acá pero que sueña vivir uno de sus lapsus de “buena racha”. Los economistas consideran que la realidad, si se la fuerza, logrará modificarse para adaptarse al (supuesto) correcto camino del capitalismo donde el valor de las cosas está justificado éticamente.

 

Son las minorías ricas las que, en pos de defender y perpetuar su excesiva rentabilidad, imposibilitan la solidaridad humanitaria. De este modo, alargan una pandemia que se repetirá a sí misma en loop fingiendo otra falla del sistema.

 

 

Así lo sostuvo Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de World Health Organization (WHO), en una conferencia del 21 de marzo último: "En enero dije que el mundo estaba al borde de un catastrófico fracaso moral a menos que se tomaran medidas urgentes para garantizar una distribución equitativa de las vacunas. (...) Los países más pobres del mundo se preguntan si los países ricos realmente quieren decir lo que dicen cuando hablan de solidaridad. La distribución desigual de las vacunas no es solo un ultraje moral. También es económica y epidemiológicamente contraproducente. Algunos países están compitiendo para vacunar a toda su población, mientras que otros países no tienen nada. Esto puede comprar seguridad a corto plazo, pero es una falsa sensación de seguridad. Cuanta más transmisión, más variantes. Y cuantas más variantes surjan, es más probable que eludan las vacunas. Y mientras el virus continúe circulando en cualquier lugar, la gente seguirá muriendo, el comercio y los viajes seguirán interrumpidos y la recuperación económica se retrasará más”. 

 

Si esto no cambia, el mundo sólo radicalizará sus injusticias al profundizar las diferencias económicas y de calidad de vida de todas y todos. Sobran pruebas de que el capitalismo, la denominación bajo la cual se esconden los nombres propios que efectivamente ejecutan las decisiones, no es solidario. 

 

Así lo señaló el papa Francisco al asegurar que “todas las personas, especialmente las más frágiles, precisan asistencia y tienen derecho a acceder a los tratamientos necesarios. (…) Por lo tanto, en el espíritu de un “internacionalismo de las vacunas”, insto a toda la comunidad internacional a un compromiso común para superar los retrasos en su distribución y para promover su reparto, especialmente en los países más pobres”.

 

¿Son los mercados la forma más eficiente de organizar la producción y la distribución de bienes? Como sociedad deberíamos atesorar una propuesta que contemple el necesario cambio en el tipo de producción no solo de las ciudades (capitalistas) y su infraestructura, sino que sea consciente de la desigualdad y asuma la responsabilidad de su poder para la acción y el cambio.

 

El colapso provocado por la pandemia abrió otra oportunidad para discutir el futuro en Argentina y en el mundo. El Green New Deal o Pacto Ecosocial y Económico es un ejemplo de esto y propone transformar la economía mediante un plan que salve al planeta, a la vez que piensa una sociedad más justa e igualitaria pues la Justicia Ecológica es justicia social.

 

Hay razones para limitar el ámbito de las cosas que el dinero puede comprar. La falsa eficiencia como rasgo inherente del mercado expone no sólo las inequidades de origen sino el fracaso de la redistribución de la riqueza bajo el sistema neoliberal, entre otras derrotas. El neoliberalismo fomenta la arbitraria existencia de relaciones jerárquicas completamente objetables entre las personas, los servicios de salud, de educación o de trabajo tienen efectos sobre quiénes somos, qué podemos hacer, nos dice qué tipo de sociedad podemos alcanzar y hasta dónde soñar. Esta pandemia expone una vez más lo inadmisible de un sistema económico que se caracteriza por atentar contra valores humanos fundamentales. 

 

Algunas cosas no deberían estar en venta. La falta de vacunas contra el Covid reaviva el debate sobre suspender las patentes durante la pandemia. A diferencia de lo que ocurre habitualmente, esta vez la investigación de los laboratorios ha recibido un importantísimo impulso con fondos públicos. Entonces, ¿por qué no se comparten los derechos de propiedad intelectual? Una de las posibilidades es que los Estados acuerden para potenciar la investigación y el desarrollo de medicamentos, y se reserven la capacidad de poner el precio porque las empresas tienen procesos que no son transparentes, pero que acaban poniendo el valor. 

 

Aunque no se trata de un problema de producción de vacunas, se trata de un momento histórico donde la salud mundial expone las formas de producción y el arbitrario modo de vivir inmersos en este sistema que es necesario modificar.

 

La pandemia acabará cuando todas las personas accedan a las vacunas, los tratamientos y los diagnósticos. Mientras que, a su vez, en nuestro país una oposición menos violenta y más solidaria y empática (ya que de ella no podemos esperar ideas nuevas y constructivas) por lo pronto haría del clima social algo un poco más saludable.