11|4|2021

Fernández no es, ni aspira a ser, un líder carismático que enamora a las multitudes. Por eso, quienes esperan que rompa con CFK deberán seguir esperando.

Se están por cumplir dos años desde que Cristina Kirchner decidió confiar en Alberto Fernández la responsabilidad de gobernar. Alberto era el candidato ideal. Contaba con un perfil moderado que le permitía llegar a los votantes del centro del espectro ideológico; tenía probada experiencia en la administración del Estado; no tenía votos propios, y, simplemente, no había mejor opción. Desde que Cristina asumió su primer mandato en 2008, el kirchnerismo no había logrado construir un candidato convocante que pudiera tomar la posta. Montado sobre la popularidad de la ex presidenta, el Frente de Todos logró en 2019 unir al peronismo y capitalizar el rechazo a Mauricio Macri. 

 

El poder no se posee, no se transfiere, tampoco se localiza en despachos o cargos, sino que se ejerce a través de una compleja trama de relaciones. Cristina Kirchner es quien, a través de un sólido vínculo emocional con el 30% del electorado, domina, hace más de una década, las relaciones de poder que sustentan actualmente a la coalición gobernante, especialmente en el conurbano bonaerense, principal bastión del peronismo.  

 

Todos los gobiernos necesitan generar un “relato”, una síntesis discursiva que ordene la gestión y administre las expectativas del electorado. Un relato es efectivo cuando es creíble, cuando se expresa a través de la concatenación de hechos y resultados concretos. El gobierno de Alberto Fernández llega a las elecciones de 2021 sin poder exhibir todavía resultados elocuentes que le permitan esbozar su propia narrativa.

 

Cristina consolidó su vínculo con el electorado a partir de un liderazgo carismático y un relato potente basado en una gesta heroica contra “el poder concentrado”, simbolizado por el Grupo Clarín y las “patronales del campo”, la inclusión social y la ampliación de derechos. Mauricio Macri también supo construir un relato eficaz que le permitió, a pesar del estrepitoso fracaso de su gobierno, llegar al final de su mandato con un 41% de apoyo.  

 

Cristina aportó la mayoría de los votos que garantizó la victoria del Frente de Todos, votantes que se ilusionaron con recuperar el espíritu épico y aguerrido que había caracterizado a su gobierno. El denominado “núcleo duro” del kirchnerismo esperaba otra cosa de Alberto Fernández a quien percibe excesivamente conciliador y vacilante. Por eso, ese segmento del electorado celebra cada vez que Cristina le marca la cancha al presidente con sus administradas, pero disruptivas declaraciones públicas, aunque ello debilite el liderazgo de Alberto y a menudo entorpezca la gestión.

 

Las diferencias internas dentro de la coalición ponen en evidencia los problemas de conducción que tiene el presidente. En los últimos meses renunciaron dos ministros en áreas clave como salud y justicia. Las irregularidades detectadas en la campaña de vacunación, la escasez de vacunas y las inconsistencias en la información oficial dañaron la credibilidad en un tema que pone a prueba, como ningún otro, la capacidad del gobierno de Alberto Fernández. 

 

El plan de vacunación no está funcionando como estaba previsto. Corren contra reloj para frenar la explosión de casos en el país y evitar tener que tomar medidas que pongan en riesgo la reactivación económica en curso, el principal eje de campaña de cara a las elecciones legislativas de este año.

 

En tiempos de covid, dominar la agenda de temas en los medios es más difícil que lo habitual. Por eso es tan importante que el gobierno defina con claridad cuales son sus prioridades de comunicación y cuente con un sistema organizado de voceros, intelectuales, periodistas y referentes sociales creíbles que se ocupen cada semana de difundir y defender los temas que necesita instalar en el debate público.  

 

Tal vez Cristina imaginaba un rol más pasivo, pero sigue siendo la voz más potente dentro del oficialismo. Ella, mejor que nadie, tiene capacidad para fijar la agenda en los medios. 

 

El Frente de Todos tendrá que elegir sus batallas. No puede jugar en todos los frentes al mismo tiempo. Aunque la mayoría de la población considera necesario mejorar el funcionamiento del sistema judicial, está lejos de ser una prioridad. Insistir con esa agenda en un año electoral es poco aconsejable. Si el gobierno pretende avanzar con la reforma será necesario que revise el encuadre de su discurso.

 

Es un tema técnico, teñido de sospecha y difícil de comunicar. Los votantes que decidirán el resultado de la próxima elección desconfían de las razones que impulsan al gobierno a encarar modificaciones en la justicia. La oposición simplifica sus argumentos: “Cristina busca impunidad”, “Van por la República”; y gana apoyo en la opinión pública ante un oficialismo que encuadra de manera difusa el debate.

 

El otro tema que desvía la agenda del gobierno es “la inseguridad”, un tema sensible que el gobierno prefiere minimizar a pesar de que lidera, hace mucho tiempo, el ranking de preocupaciones de los argentinos.  Es un tema difícil para el ala progresista del peronismo frente a una sociedad que demanda medidas y soluciones efectivas en el corto plazo para frenar la creciente ola de delitos. 

 

La disputa entre la ministra de seguridad de la nación, Sabina Frederic y el ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, incomoda al presidente y horada su autoridad.  El contraste entre ambos funcionarios es evidente. Berni es un hombre locuaz que domina con destreza la comunicación y aspira a ocupar cargos de mayor responsabilidad institucional.

 

Una encuesta de Reyes-Filadoro realizada en septiembre de 2020 registraba un nivel de conocimiento del 100% para el ministro de seguridad bonaerense y una imagen positiva que superaba el 60% entre los adultos mayores de 50 años.  Eso explica, en gran medida, el respaldo que tiene Berni por parte de la vicepresidenta.

 

Aunque la imagen del presidente sufrió un desgaste importante, Fernández sigue siendo el dirigente del Frente de Todos con mejor imagen, todo un logro considerando el difícil año transcurrido. Alcanzó el máximo nivel de apoyo hace 12 meses, cuando declaró la cuarentena y convocó a todos los argentinos a solidarizarse en aislamiento para evitar el colapso del sistema sanitario.  

 

Fernández no es, ni aspira a ser, un líder carismático que enamora a las multitudes. Su estilo, moderado y sereno, contrasta con el estilo de la vicepresidente. Precisamente por esas cualidades fue ungido presidente. Quienes esperan que Fernández construya el “albertismo” y rompa con Cristina tendrán que seguir esperando. 

 

El Frente de Todos es una coalición heterogénea. Mantenerse unido para imponerse en las elecciones legislativas de este año es necesario, pero no suficiente. Necesita fortalecer esa unidad con un relato, una visión del futuro que insufle de optimismo y vitalidad al núcleo duro e ilusione a los votantes “independientes”.  El Gobierno necesita ordenar su comunicación para dotar de sentido a la gestión, generar expectativas de mejora y dar señales unívocas de su propósito.