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Desde Argentina, Morales pivotea un acuerdo para superar la crisis en Bolivia

Convocó a sus seguidores a aceptar la fecha de octubre para las elecciones. Las protestas no ceden. El gobierno de facto, corrido por izquierda y por derecha.

Por 12/08/2020 13:28

Durante la última semana, la solución a la crisis institucional y política que sufre Bolivia desde el golpe de Estado pareció más lejana que nunca. La nueva postergación de las elecciones, acordadas para septiembre y aplazadas hasta octubre, provocó decenas de cortes de ruta como protesta y enfrentamientos con la policía y grupos civiles armados que intentaron evitarlos. Cuando el diálogo parecía agotado, una posible solución llegó desde Argentina: Evo Morales convocó a sus seguidores a aceptar la nueva fecha y una posibilidad de acuerdo se abrió en el turbulento y oscuro horizonte paceño. 

 

 

El escenario parece repetirse porque las elecciones, necesarias para que Bolivia retorne a la institucionalidad, no se realizan. La primera fecha fue mayo, pero por la pandemia se postergaron hasta agosto, hasta septiembre y, finalmente, hasta octubre. Todas las postergaciones tuvieron un tipo diferente de conflicto que, hasta el momento, no se había plasmado de forma masiva en las calles. El último aplazamiento colmó el vaso: los sindicatos y los movimientos sociales cercanos a Morales y a su Movimiento Al Socialismo (MAS) iniciaron una huelga nacional indefinida con bloqueos y la crisis sanitaria del Covid-19 de fondo. 

 

 

Durante el fin de semana, la tensión se disparó y la Argentina fue una testigo privilegiada. El gobierno y todo el arco opositor a Morales denunció al expresidente por atentar contra la salud al impulsar los bloqueos que impiden el paso de las ambulancias y provocan el desabastecimiento de oxígeno en los hospitales colapsados por el covid-19, lo que los movilizados niegan y por lo cual se le abrió una nueva causa penal.

La canciller, Karen Longaric, lo acusó en la OEA de buscar la violencia y aseguró que sus “acciones incitadas y dirigidas desde su asilo atentan contra las personas”. La Argentina, como ya es costumbre, no responde porque, explican en el Palacio San Martín, no se reconoce al gobierno de Jeanine Áñez y “no hay nada que decir”. 

 

 

El principal atisbo de resolución del conflicto llegó desde Buenos Aires, por parte de Morales y no desde La Paz por parte de Añez. Esto demuestra, una vez más, que el expresidente es la figura política más importante del país y que el gobierno de facto se encuentra severamente desprestigiado, tanto por izquierda, que le demanda elecciones, como por derecha, que exige mano dura. Cuando la tensión estaba en plena ebullición y luego del fracaso de una mesa de diálogo establecida por el gobierno, Morales “convocó” a los grupos movilizados a aceptar la propuesta alcanzada por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y la ONU que, establece el 18 de octubre como fecha “definitiva, impostergable e inamovible” de las elecciones. 

Al cierre de esta nota, los bloqueos todavía persistían y el gobierno amenazaba con desplegar al Ejército -con consecuencias impredecibles-, pero la posibilidad de resolver la crisis con diálogo parecía acercarse. El lunes a la noche, el periodista y asesor de la Unión Europea en el país Walter Mur escribió en Twitter: “Discretamente se pone en marcha otra vez un mecanismo de diálogo y pacificación. Habrá luz muy pronto”.

 

 

En diálogo con Letra P, el exviceministro de comunicación de Morales Sebastián Michel explicó que existen dos posiciones al interior de los grupos movilizados ante la crisis. Por un lado, la del propio expresidente, que considera que “la única forma de recuperar la democracia es aceptar esta fecha impuesta”; por el otro, la de “la dirigencia social”, que asegura que “no se ha dado un golpe de Estado para devolver el poder” y que, entonces, es necesaria la llegada de “otro presidente que haga una correcta transición”. 

Distintas fuentes del MAS confirmaron a este portal que todavía resta por definir si los grupos movilizados aceptarán la propuesta de Morales o permanecerán en las calles exigiendo la salida de Áñez. Esto demuestra que no hay una relación directa entre las protestas y el expresidente, como sostiene el gobierno, y que el reclamo es más profundo que lo electoral y se dirige a un gobierno que ha atacado el legado social y económico de la presidencia Morales. “La disputa ya no se reduce a un tema electoral, es más de fondo. El pedido no es por elecciones solamente, sino por la renuncia de Áñez”, explicó una fuente del partido.

 

 

Sebastián Michel asegura que la propuesta será acatada porque los comicios son necesarios “no sólo para evitar un derramamiento de sangre”, sino, también, “para evitar que existan dudas sobre la vuelta al poder”. “Es fundamental que la victoria sea en las urnas y no en las calles para que no digan que una minoría campesina dio un golpe de Estado y para reencontrarnos entre los bolivianos y bolivianas”, afirmó. 

La tensión durante esta semana fue tan alta que el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, aseguró en una entrevista con la CNN que el gobierno trabajó para “evitar una guerra civil”.

 

 

En tanto, el candidato a vicepresidente por la Alianza Creemos y protagonista del golpe, Marco Pumari, le exigió al gobierno que declare el “estado de sitio” y que cierre la Asamblea Legislativa para que las fuerzas de seguridad “tomen el control del país”.

El escenario fue similar al de los días posteriores al golpe de Estado. De un lado, grupos afines al MAS exigiendo elecciones y la salida de Áñez con bloqueos; del otro, grupos parapoliciales de extrema derecha, como la Resistencia Juvenil Cochala y la Unión Juvenil Cruceñista, que intentaban liberar los caminos con violencia y la permisividad de la policía.

La resolución de la crisis con diálogo sería un paso fundamental, pero no necesariamente definitivo para que Bolivia retorne a la democracia. Las dudas sobre la legitimidad de las elecciones persisten. Como dicen en el fútbol, el camino es paso a paso, pero es necesario tener en cuenta que, en la altura, caminar cuesta más. Ningún escenario está descartado y el diálogo se torna más urgente que nunca: puede ser la última oportunidad para alcanzarlo.