18|4|2021

En la mitad de los hogares no hay computadora, el 18% no tiene conexión a Internet y el 10% de los niños y jóvenes se desconectó de la escuela en cuarentena.

 

La evaluación de la continuidad pedagógica realizada por el Ministerio de Educación y Unicef deja al descubierto que conectividad no es lo mismo que “capital digital”. Acuñada a partir de los conceptos de capital cultural y capital social de Pierre Bourdieu, esta categoría, capital digital, refleja los niveles de apropiación de las tecnologías de información y comunicación por parte de los sujetos, en este caso, los hogares argentinos. 

 

Allí se puede observar, a partir de un estudio amplio, profundo y valiente, el mapa real de las tecnologías en el ámbito doméstico vinculado a los usos educativos: en casi la mitad no hay una computadora, el 18 % no tiene conexión a Internet, un porcentaje que llega al 10% de los niños y jóvenes se desconectó de la escuela y menos del 20% tuvo algún encuentro sincrónico vía algunas de las plataformas digitales en uso. No debería ser una novedad en un país que ya tiene más del 50% de los niños entre 1 y 15 años pobres según las encuestas que realiza periódicamente el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica.

 

Sacar buenas conclusiones de estos datos es fundamental. Adelantemos algunas. La primera: no debiéramos olvidar nunca que cuando la escuela se retira de escena queda al desnudo el capital cultural de cada niño, niña, joven y familia. La escuela sigue siendo el único espacio institucional posible para luchar contra las desigualdades del futuro. Cuando vemos en la escuela por la mañana a los chicos y las chicas formando frente a la bandera, nos hacemos una imagen de homogeneidad que no es tal. De vuelta a casa, las diferencias sociales se vuelven obstáculos difíciles de sortear para muchos. 

 

 

 

La segunda es destacar la importancia del Programa Conectar Igualdad que puso, desde el año 2010, en primer lugar de la agenda política nacional la inclusión informacional, con un complejo dispositivo que implicaba distribución de notebooks, capacitación online a través de plataformas y campus virtuales como el del INFD a docentes y directivos, como un volumen nada despreciable de experiencias educativas, en el mismo momento en que el país entraba en su primera ola digital. Recordemos que entre 2010 y 2015, según el último informe elaborado por Martín Becerra, Argentina pasó de 30% de conexión a más del 50%, casi duplicándose así en cinco años. Lamentablemente, este  programa se discontinuó en la gestión de Cambiemos, con el costo que significan los parates en el mundo digital. No sólo es cuantitativo, sino cualitativo. 
 
La tercera lección es entender que, si en algún lugar la inversión en tecnologías de información y comunicación es clave, es en educación: lo estamos constatando ahora. Ya se repitió hasta el cansancio, pero vale la pena volver a hacerlo. La nueva economía es informacional, los trabajos futuros dependen en gran medida de la producción cognitiva y la red digital es ya el suelo que pisamos. Educar a las generaciones futuras en el entorno digital es inexorable. 

 

Según los expertos en tecnologías, en estos seis meses de pandemia el mundo produjo el salto tecnológico que se esperaba realizar en cinco años. Las clases de yoga virtual, los trámites online para compras y/servicios, como las formas y estrategias de capacitación y formación migraron al mundo virtual y nadie espera que vuelvan atrás. Una de las empresas que más creció en los últimos tres meses es, obviamente, una plataforma para usos educativos.

 

Las universidades nacionales públicas trasladaron, en menos de un mes, todos su sistema académico a la virtualidad. ¿Vamos a desperdiciar ese inmenso aprendizaje? La política debiera prestar atención a estas novedades. Porque lo peor que puede hacer es mirar hacia el pasado: corre el riesgo de quedar pretrificada.