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El presidente electo moderó su discurso de izquierda y formó alianzas, incluso, con partidos de derecha. Tendrá amplia mayoría en el Congreso. La violencia narco es el gran desafío.
Por 02/07/2018 1:14

La tercera fue la vencida para Andrés Manuel López Obrador. Después de los intentos fallidos de 2006 y 2012, llegó a la presidencia de México y con más del 50% de los votos. Referenciado en posiciones de izquierda, llega al poder justo cuando la tendencia en la región parecía inclinarse hacia candidatos de derecha o promercado, pero con este resultado y con Luiz Inácio Lula Da Silva encabezando las encuestas a tres meses de las elecciones en Brasil, esa definición está aún en duda.

AMLO, como lo conocen en México por la sigla de su nombre, no es, de todos modos, un líder de izquierda radical pese a que -vaya novedad- sus opositores intentaron vincularlo con el venezolano Nicolás Maduro y su “democradura”. De lejanos orígenes priistas, López Obrador expresa un mix entre la línea nacionalista-popular fundacional de ese partido (la de Lázaro Cárdenas) y la centro-izquierda mexicana que, después de los fallidos intentos de llegar al poder en 1988 (Cuauhtémoc Cárdenas) y el propio López Obrador en 2006 -fraude mediante- , se alza ahora con un triunfo inédito.

La alianza que lo lleva a la "silla del águila", Juntos Haremos Historia,  también es heterogénea. Su partido MORENA expresa una tendencia progresista o socialdemócrata, pero otra pata fuerte del armado es el Partido del Encuentro Social, que expresa a los conservadores sectores evangelistas, cuya presencia en la política latinoamericana es cada vez más fuerte. Ese acuerdo, por ejemplo, llevó a que AMLO dejara de lado sus iniciativas a favor de la ideología de género -que promovió cuando fue alcalde de la Ciudad de México- y optara por responder que promovería plebiscitos en torno a cuestiones como legalización del aborto o matrimonio igualitario.

No son estas, de todos modos, las cuestiones principales de la agenda política mexicana. La principal preocupación para el presidente electo es el flagelo del narcotráfico y, de su mano, la violencia. El avance de este ha llevado a que el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, John Smith, hablara de México como un “Estado fallido” y que el Papa Francisco usara el término “mexicanización” como sinónimo de un Estado tomado por los narcos. Los números de la campaña electoral son ejemplificadores: más de 130 dirigentes políticos y 6 periodistas asesinados.

 

 

El caso de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa es otro ejemplo. Se comprobó el estrecho vínculo del narco con el Gobierno municipal responsable del ataque y la desaparición de los jóvenes, pero también se instalaron fuertes sospechas, nunca demostradas, de que la responsabilidad estatal pudo incluso llegar más arriba en la jerarquía de poderes.

El otro punto importante es la corrupción. México es el único país de la región sin procesados por el caso Odebrecht, pese a que la multinacional brasileña también desplegó sus negocios en el país. Los menos de 20 puntos de imagen positiva con los que se despide el presidente Enrique Peña Nieto tienen mucho que ver con el repudio a prácticas corruptas del Gobierno. La mansión de 7 millones  de dólares que le regaló un contratista del Estado a la familia presidencial no ayudaron a mejorar esa imagen.

En el tercero, aunque no necesariamente último lugar, aparece el otro mal endémico de la región: la pobreza estructural. Como sucede con otros países latinoamericanos que han mantenido las políticas económicas promercado más allá de la alternancia de los gobiernos, México logró importantes éxitos en la macroeconomía de la mano del tratado de libre comercio con EE.UU y Canadá, el NAFTA, pero el “derrame” de ese crecimiento no ha sido suficiente para reducir de manera contundente una pobreza que alcanza a más de la mitad de sus 120 millones de habitantes.

Con AMLO es posible que el Estado recupere espacios perdidos en el ordenamiento de la economía, pero los acuerdos previos del candidato con poderosos empresarios como Carlos Slim o la todopoderosa cadena Televisa (que despidió al conductor Ricardo Alemann por “incitar al asesinato" de López Obrador) dan muestras del pragmatismo del nuevo presidente y de los límites que tendrá a la hora avanzar con reformas radicales.

En ese sentido muchos lo comparan con el brasileño Lula da Silva. Al igual que el mexicano, Lula perdió elecciones antes de su triunfo en 2002 y, como este, tendió puentes con el empresariado y la clase media para ahuyentar fantasmas sobre sus supuestas posiciones radicales y lograr, si no el apoyo, al menos que no hubiera un rechazo frontal a su eventual triunfo. Posteriormente, aunque con tensiones, Lula presidente convivió con el grupo Globo y en sus gobiernos la burguesía empresarial brasileña hizo enormes negocios a la par que los sectores populares lograban avanzaban en derechos y recursos.

Por último, el otro gran desafío que espera al oriundo de Tabasco es la relación con el presidente norteamericano, Donald Trump. Muchos analistas creen que el triunfo del “Peje” (como también se lo conoce a AMLO) se debe a la hostilidad que mostró en gestos y en hechos el mandatario norteamericano para con México. Sucede que esa hostilidad generó un reverdecer del nacionalismo que los otros candidatos -con posiciones afines al libre comercio y, consecuentemente, al globalismo- no pudieron interpretar como sí lo hizo el líder populista.

De todos modos, el vínculo con el excéntrico presidente estadounidense es una incógnita. Para empezar, fue uno de los primeros en saludar vía Twitter el triunfo de AMLO en medio de una catarata de alabazas de los líderes populistas o izquierdistas de la región como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales e incluso el precandidato presidencial argentino por el peronismo “racional”, Felipe Solá.

 

 

Este escenario difícil se compensa con las consecuencias inmediatas del amplio triunfo. En efecto, el arrastre de AMLO llevó a que Juntos Haremos Historia se quede con 5 de las 8 gobernaciones en juego (entre ellas la alcaldía de la ciudad de México) y, aunque aún no hay cifras confirmadas, posibles mayorías propias tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados, producto de una victoria que, aunque con matices se extendió de norte a sur por todo el país, venciendo incluso las resistencias que tuvo en otras elecciones en la zona norte industrial mexicana.

El otro “triunfo” del veterano líder (64 años) es que el nivel de participación ascendió a más del 70%, dando muestras de que muchos jóvenes se acercaron a las urnas para apoyar a AMLO en un fenómeno que se repite en toda la región: el de las mayoritarias simpatías juveniles por candidatos que expresan posiciones progresistas. No es un fenómeno inédito en la historia, pero no por eso no deja de ser llamativo.

 

 

 

AMLO emprende el difícil camino que va de los propósitos a la realidad

El presidente electo moderó su discurso de izquierda y formó alianzas, incluso, con partidos de derecha. Tendrá amplia mayoría en el Congreso. La violencia narco es el gran desafío.

La tercera fue la vencida para Andrés Manuel López Obrador. Después de los intentos fallidos de 2006 y 2012, llegó a la presidencia de México y con más del 50% de los votos. Referenciado en posiciones de izquierda, llega al poder justo cuando la tendencia en la región parecía inclinarse hacia candidatos de derecha o promercado, pero con este resultado y con Luiz Inácio Lula Da Silva encabezando las encuestas a tres meses de las elecciones en Brasil, esa definición está aún en duda.

AMLO, como lo conocen en México por la sigla de su nombre, no es, de todos modos, un líder de izquierda radical pese a que -vaya novedad- sus opositores intentaron vincularlo con el venezolano Nicolás Maduro y su “democradura”. De lejanos orígenes priistas, López Obrador expresa un mix entre la línea nacionalista-popular fundacional de ese partido (la de Lázaro Cárdenas) y la centro-izquierda mexicana que, después de los fallidos intentos de llegar al poder en 1988 (Cuauhtémoc Cárdenas) y el propio López Obrador en 2006 -fraude mediante- , se alza ahora con un triunfo inédito.

La alianza que lo lleva a la "silla del águila", Juntos Haremos Historia,  también es heterogénea. Su partido MORENA expresa una tendencia progresista o socialdemócrata, pero otra pata fuerte del armado es el Partido del Encuentro Social, que expresa a los conservadores sectores evangelistas, cuya presencia en la política latinoamericana es cada vez más fuerte. Ese acuerdo, por ejemplo, llevó a que AMLO dejara de lado sus iniciativas a favor de la ideología de género -que promovió cuando fue alcalde de la Ciudad de México- y optara por responder que promovería plebiscitos en torno a cuestiones como legalización del aborto o matrimonio igualitario.

No son estas, de todos modos, las cuestiones principales de la agenda política mexicana. La principal preocupación para el presidente electo es el flagelo del narcotráfico y, de su mano, la violencia. El avance de este ha llevado a que el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, John Smith, hablara de México como un “Estado fallido” y que el Papa Francisco usara el término “mexicanización” como sinónimo de un Estado tomado por los narcos. Los números de la campaña electoral son ejemplificadores: más de 130 dirigentes políticos y 6 periodistas asesinados.

 

 

El caso de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa es otro ejemplo. Se comprobó el estrecho vínculo del narco con el Gobierno municipal responsable del ataque y la desaparición de los jóvenes, pero también se instalaron fuertes sospechas, nunca demostradas, de que la responsabilidad estatal pudo incluso llegar más arriba en la jerarquía de poderes.

El otro punto importante es la corrupción. México es el único país de la región sin procesados por el caso Odebrecht, pese a que la multinacional brasileña también desplegó sus negocios en el país. Los menos de 20 puntos de imagen positiva con los que se despide el presidente Enrique Peña Nieto tienen mucho que ver con el repudio a prácticas corruptas del Gobierno. La mansión de 7 millones  de dólares que le regaló un contratista del Estado a la familia presidencial no ayudaron a mejorar esa imagen.

En el tercero, aunque no necesariamente último lugar, aparece el otro mal endémico de la región: la pobreza estructural. Como sucede con otros países latinoamericanos que han mantenido las políticas económicas promercado más allá de la alternancia de los gobiernos, México logró importantes éxitos en la macroeconomía de la mano del tratado de libre comercio con EE.UU y Canadá, el NAFTA, pero el “derrame” de ese crecimiento no ha sido suficiente para reducir de manera contundente una pobreza que alcanza a más de la mitad de sus 120 millones de habitantes.

Con AMLO es posible que el Estado recupere espacios perdidos en el ordenamiento de la economía, pero los acuerdos previos del candidato con poderosos empresarios como Carlos Slim o la todopoderosa cadena Televisa (que despidió al conductor Ricardo Alemann por “incitar al asesinato" de López Obrador) dan muestras del pragmatismo del nuevo presidente y de los límites que tendrá a la hora avanzar con reformas radicales.

En ese sentido muchos lo comparan con el brasileño Lula da Silva. Al igual que el mexicano, Lula perdió elecciones antes de su triunfo en 2002 y, como este, tendió puentes con el empresariado y la clase media para ahuyentar fantasmas sobre sus supuestas posiciones radicales y lograr, si no el apoyo, al menos que no hubiera un rechazo frontal a su eventual triunfo. Posteriormente, aunque con tensiones, Lula presidente convivió con el grupo Globo y en sus gobiernos la burguesía empresarial brasileña hizo enormes negocios a la par que los sectores populares lograban avanzaban en derechos y recursos.

Por último, el otro gran desafío que espera al oriundo de Tabasco es la relación con el presidente norteamericano, Donald Trump. Muchos analistas creen que el triunfo del “Peje” (como también se lo conoce a AMLO) se debe a la hostilidad que mostró en gestos y en hechos el mandatario norteamericano para con México. Sucede que esa hostilidad generó un reverdecer del nacionalismo que los otros candidatos -con posiciones afines al libre comercio y, consecuentemente, al globalismo- no pudieron interpretar como sí lo hizo el líder populista.

De todos modos, el vínculo con el excéntrico presidente estadounidense es una incógnita. Para empezar, fue uno de los primeros en saludar vía Twitter el triunfo de AMLO en medio de una catarata de alabazas de los líderes populistas o izquierdistas de la región como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales e incluso el precandidato presidencial argentino por el peronismo “racional”, Felipe Solá.

 

 

Este escenario difícil se compensa con las consecuencias inmediatas del amplio triunfo. En efecto, el arrastre de AMLO llevó a que Juntos Haremos Historia se quede con 5 de las 8 gobernaciones en juego (entre ellas la alcaldía de la ciudad de México) y, aunque aún no hay cifras confirmadas, posibles mayorías propias tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados, producto de una victoria que, aunque con matices se extendió de norte a sur por todo el país, venciendo incluso las resistencias que tuvo en otras elecciones en la zona norte industrial mexicana.

El otro “triunfo” del veterano líder (64 años) es que el nivel de participación ascendió a más del 70%, dando muestras de que muchos jóvenes se acercaron a las urnas para apoyar a AMLO en un fenómeno que se repite en toda la región: el de las mayoritarias simpatías juveniles por candidatos que expresan posiciones progresistas. No es un fenómeno inédito en la historia, pero no por eso no deja de ser llamativo.