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La revolución de la mujer

La revolución de la mujer

19/12/2018 17:58

"…dar placer [a los hombres], serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles agradable y dulce la vida, esos son los deberes de las mujeres en todos los tiempos, y lo que se les ha de enseñar desde la infancia"

Emilio

 

 

Emilio, o De la Educación, es un tratado filosófico de 1762 en que J.J.Rousseau a través de una guía pedagógica trata de adaptar la naturaleza buena del hombre para convivir en una sociedad corrompida. Esa obra fue considerada innovadora en materia pedagógica fundada en la consideración de la evolución natural del niño. Perteneciente a la Ilustración contribuyó a la Revolución Francesa y a la democracia moderna. El anticlericalismo de alguna de sus partes llevó a que esta obra fuera quemada en público. Nadie dudaría considerar a Rousseau como un progresista. De esa prescripción educativa que fue Emilio las mujeres estaban excluidas.

Este breve relato muestra la complejidad interpretativa del progreso humano visto lo ocurrido en el pasado desde el presente. Observando la cultura de la época, se va fisurando el muro abigarrado y compacto del poder hegemónico.  Pero en ese marco, en ese momento la mujer, aún, no era sujeto. Todavía falta mucho, inclusive para que el pintor Delacroix en 1830 imaginara a la Libertad como una mujer guiando al pueblo. Las pioneras feministas y sufragistas inglesas lucharon por un futuro que ellas no verían. Asincronía entre el tiempo biológico y el tiempo histórico; uno muy corto y otro muy largo.   

La mujer empezó, en el relato fantástico religioso, siendo una costilla de Adán, y luego fue cosificada durante siglos por un patriarcado que atravesó los siglos. La organización social como un universo era dominada por los hombres con mujeres funcionales al dominio. Algunas desobediencias desde Antígona, Juana de Arco, Sor Juana Inés de la Cruz, la madre Teresa, desnudaron lo pendiente.

Incluidos los relatos revolucionarias que convertían a las mujeres en heronías con ropa de soldados, visto desde la óptica masculina. Salvo contadas excepciones la hegemonía masculina se hizo planetaria con diferentes grados de acentuación del poder, y las religiones hicieron su gran contribución en la naturalización de la dominación.  

Fue Nietzsche quien nos advirtió sobre la enfermedad de la contemporaneidad, en la medida en que  nos sustrae la perspectiva. Hay muchos fenómenos que ocurren en este momento y esa superficie nos impide ver lo que realmente ocurre en los canales subterráneos de la historia. Se pone en juego el duelo entre proceso y acontecimiento. Sentimos y vivimos hechos y no advertimos su integración a una cosmovisión que involucra articulaciones y mutaciones internas.  

Si tomamos un poco de distancia y observamos el proceso veremos más claramente los cambios, su envergadura, la ola que envuelve al frágil nadador. Tampoco vemos, con precisión, la velocidad de la evolución; a veces todo parece más lento porque lo detectamos en el aquí y ahora de nuestra circunstancia como un corte longitudinal. En este momento en que existo el tiempo parece detenerse, sin embargo no es así; camina inexorable deglutiendo a sus hijos como lo inmortalizó Goya.

Ahora, si lo comparamos fuera de nuestro reloj biológico y lo analizamos en los tiempos históricos, el fenómeno se ve más en su despliegue y su tempo.  

Por este tiempo advertimos que hay un formidable cambio cultural que abarca a la humanidad toda, que podemos denominar: la revolución  de la mujer, que se presenta en una larga evolución en que la mujer se va liberalizando de la tipificación: madre, ama de casa, bruja, cortesana, tapa de revista, promotora de su cuerpo, hembra, etc, etc.   

Esta transformación comprende a una masa que es algo más de la mitad de la población mundial, y que produce una transformación desacomodando a los roles tradicionales. Diversos aspectos de la vida social indican que la mujer empieza a ser protagonista a medida que el patriarcado declina. La mayor presencia femenina en el trabajo, las profesiones, la educación, el área política, la producción, el deporte de competencia, etc.  Se contrarresta con su estancamiento, aún, en espacios religiosos y en ámbitos socioculturales en que la religión tiene mayor importancia relativa como en las teocracias.

En la política nacional hay una lucha ordenada de las mujeres que opera en escala y que se traduce en la participación femenina en cargos electivos; pero esta reinvindicación no llega todavía a los cargos ejecutivos.  Aunque todavía hay partidos tradicionales en que el machismo o el falso igualitarismo impiden una presencia real de la mujer en la toma de decisiones.

Su incidencia varía según las culturas particulares en el mundo. No hay duda, que la región de Occidente presenta un avance mayor que otras culturas en que la evolución es más lenta, pero que también ocurre.

No hay duda que el núcleo de la interpelación de la mujer a la sociedad global y su conquista, es la libertad. Ese es el valor principal. La soberanía que cada uno tiene sobre sí mismo; e incluye su razón y su pasión; su psiquis y su cuerpo.

No sabemos cuándo empezó esta revolución, seguramente ha sido un breve y decisivo momento, una fisura en el patriarcado, una pequeña hendidura. Y allí comenzó esta historia dentro de la historia dominada por el falocentrismo.  Entre el siglo XIX y XX se aceleraron los cambios en las sociedades, que impulsaron a la mujer-objeto y que no pudieron evitar que se iniciara el camino de una nueva subjetividad. Una nueva manera de pensar y pensarse.  Hasta este momento la humanidad entera se estaba perdiendo a la otra mitad sufriendo la alienación del amo, sin tomar conciencia. Lo que está en el fondo de la corriente es remover la estructura familiar con la desaparición de la función superior del pater familias estableciendo una verticalidad que fue funcional al desarrollo civilizatorio que alcanzó su mayor grado de desarrollo hasta su límite. Ahora, surge una superación de lo anterior que democratiza la vida social y familiar, elevando a la mujer a un lugar accesible al poder. Que el movimiento feminista tenga algunas expresiones maximalistas no es sorpresa, y que se produzcan retrocesos en la marcha, tampoco. Porque el avance surge del neto final entre marchas y contramarchas. Hay mujeres que creen que defienden mejor su causa eliminando hombres como el extremismo negro creyó, en su momento, que la integración se lograba matando blancos.  Eso siempre ocurre en los procesos de cambio cuando estos son intensos.  Por supuesto, que la humanidad tiene muchas demandas pendientes que tienen que ver también con la igualdad, pero eso no debe, como en la historia de Rousseau, devaluar el cambio por lo que falta, por lo que aún no podemos, y tal vez no sabemos.    

En el camino va a haber Trump, Bolsonaros, y sus variantes patéticas locales;  también va a haber machos alfa y embozados violadores de las calles oscuras y solitarias; pero no lograran parar el progreso.

Inclusive, las mujeres que ganan la calle para aclamar a los machistas, aunque no  tomen conciencia, son también parte de la emancipación.

Va terminando la coacción masculina, el poder por  la disponibilidad de la esperma o el poder de ser un productor de bienes y servicios que acumula las riquezas y las distribuye a su antojo.   

Los hombres debemos militar en esta revolución. Ni despreciarla, ni temerle, ni negarla. Los varones, ahora,  pueden vincularse con sus hijos más tempranamente, sin apropiaciones ni intermediaciones de “esto es para mujeres”, sin espacios estancos de género. Pueden investigar con sus parejas los misterios de la sexualidad con plena autonomía. Surge la amistad entre singularidades que nos convierte en pares y nos aleja de la soledad. Ahora, son las mujeres junto a los hombres y otros géneros que yacen arrojados a la Tierra, pero van eliminando las ventajas fundadas en el autoritarismo.   

La larga marcha no terminó. Cómo es una revolución tendrá sus avances y retrocesos, y pagará las consecuencias más brutales y descarnadas de la insubordinación. Seguirá habiendo criminalidad contra jóvenes, niños de ambos sexos abusados y violados y el asesinato seguirán siendo el desiderátum del poder. Va a haber reacciones individuales e institucionales resistentes al cambio;  como es el caso del sabotaje, en muchas regiones, a la educación sexual, incumpliendo la ley.

No se enfrenta a un ejército organizado, se enfrenta a una acción solapada de una subjetividad que en su retirada actúa. Cuenta con empleados y mercenarios del poder judicial que amenizan las  tardes de la televisión. Pero, lo bueno, es que retroceden ante la marejada; quieren flotar y descubren rápidamente sobre lo necesario que es el cambio.

La visión de Rousseau se adelantaba a su época pero correspondía a la mirada espacio-temporal, y esta limitación muestra la finitud humana y el logos incompleto que nos acompaña.   Podemos construir una utopía, pero no podemos precisar el diseño del  futuro.

Mirando la perspectiva se observa una recta con cortes abruptos en la historia que son auspiciosos y que denominamos progreso. La humanidad se va encontrando a sí misma, sería bueno que este encuentro sea para terminar con todo tipo de desigualdad.

Ni una menos”, los pañuelos verdes, y esta reacción de las mujeres ante el abuso sexual acompañados por hombres trazan una línea que promete un porvenir mejor.

La revolución de la mujer

"…dar placer [a los hombres], serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles agradable y dulce la vida, esos son los deberes de las mujeres en todos los tiempos, y lo que se les ha de enseñar desde la infancia"

Emilio

 

 

Emilio, o De la Educación, es un tratado filosófico de 1762 en que J.J.Rousseau a través de una guía pedagógica trata de adaptar la naturaleza buena del hombre para convivir en una sociedad corrompida. Esa obra fue considerada innovadora en materia pedagógica fundada en la consideración de la evolución natural del niño. Perteneciente a la Ilustración contribuyó a la Revolución Francesa y a la democracia moderna. El anticlericalismo de alguna de sus partes llevó a que esta obra fuera quemada en público. Nadie dudaría considerar a Rousseau como un progresista. De esa prescripción educativa que fue Emilio las mujeres estaban excluidas.

Este breve relato muestra la complejidad interpretativa del progreso humano visto lo ocurrido en el pasado desde el presente. Observando la cultura de la época, se va fisurando el muro abigarrado y compacto del poder hegemónico.  Pero en ese marco, en ese momento la mujer, aún, no era sujeto. Todavía falta mucho, inclusive para que el pintor Delacroix en 1830 imaginara a la Libertad como una mujer guiando al pueblo. Las pioneras feministas y sufragistas inglesas lucharon por un futuro que ellas no verían. Asincronía entre el tiempo biológico y el tiempo histórico; uno muy corto y otro muy largo.   

La mujer empezó, en el relato fantástico religioso, siendo una costilla de Adán, y luego fue cosificada durante siglos por un patriarcado que atravesó los siglos. La organización social como un universo era dominada por los hombres con mujeres funcionales al dominio. Algunas desobediencias desde Antígona, Juana de Arco, Sor Juana Inés de la Cruz, la madre Teresa, desnudaron lo pendiente.

Incluidos los relatos revolucionarias que convertían a las mujeres en heronías con ropa de soldados, visto desde la óptica masculina. Salvo contadas excepciones la hegemonía masculina se hizo planetaria con diferentes grados de acentuación del poder, y las religiones hicieron su gran contribución en la naturalización de la dominación.  

Fue Nietzsche quien nos advirtió sobre la enfermedad de la contemporaneidad, en la medida en que  nos sustrae la perspectiva. Hay muchos fenómenos que ocurren en este momento y esa superficie nos impide ver lo que realmente ocurre en los canales subterráneos de la historia. Se pone en juego el duelo entre proceso y acontecimiento. Sentimos y vivimos hechos y no advertimos su integración a una cosmovisión que involucra articulaciones y mutaciones internas.  

Si tomamos un poco de distancia y observamos el proceso veremos más claramente los cambios, su envergadura, la ola que envuelve al frágil nadador. Tampoco vemos, con precisión, la velocidad de la evolución; a veces todo parece más lento porque lo detectamos en el aquí y ahora de nuestra circunstancia como un corte longitudinal. En este momento en que existo el tiempo parece detenerse, sin embargo no es así; camina inexorable deglutiendo a sus hijos como lo inmortalizó Goya.

Ahora, si lo comparamos fuera de nuestro reloj biológico y lo analizamos en los tiempos históricos, el fenómeno se ve más en su despliegue y su tempo.  

Por este tiempo advertimos que hay un formidable cambio cultural que abarca a la humanidad toda, que podemos denominar: la revolución  de la mujer, que se presenta en una larga evolución en que la mujer se va liberalizando de la tipificación: madre, ama de casa, bruja, cortesana, tapa de revista, promotora de su cuerpo, hembra, etc, etc.   

Esta transformación comprende a una masa que es algo más de la mitad de la población mundial, y que produce una transformación desacomodando a los roles tradicionales. Diversos aspectos de la vida social indican que la mujer empieza a ser protagonista a medida que el patriarcado declina. La mayor presencia femenina en el trabajo, las profesiones, la educación, el área política, la producción, el deporte de competencia, etc.  Se contrarresta con su estancamiento, aún, en espacios religiosos y en ámbitos socioculturales en que la religión tiene mayor importancia relativa como en las teocracias.

En la política nacional hay una lucha ordenada de las mujeres que opera en escala y que se traduce en la participación femenina en cargos electivos; pero esta reinvindicación no llega todavía a los cargos ejecutivos.  Aunque todavía hay partidos tradicionales en que el machismo o el falso igualitarismo impiden una presencia real de la mujer en la toma de decisiones.

Su incidencia varía según las culturas particulares en el mundo. No hay duda, que la región de Occidente presenta un avance mayor que otras culturas en que la evolución es más lenta, pero que también ocurre.

No hay duda que el núcleo de la interpelación de la mujer a la sociedad global y su conquista, es la libertad. Ese es el valor principal. La soberanía que cada uno tiene sobre sí mismo; e incluye su razón y su pasión; su psiquis y su cuerpo.

No sabemos cuándo empezó esta revolución, seguramente ha sido un breve y decisivo momento, una fisura en el patriarcado, una pequeña hendidura. Y allí comenzó esta historia dentro de la historia dominada por el falocentrismo.  Entre el siglo XIX y XX se aceleraron los cambios en las sociedades, que impulsaron a la mujer-objeto y que no pudieron evitar que se iniciara el camino de una nueva subjetividad. Una nueva manera de pensar y pensarse.  Hasta este momento la humanidad entera se estaba perdiendo a la otra mitad sufriendo la alienación del amo, sin tomar conciencia. Lo que está en el fondo de la corriente es remover la estructura familiar con la desaparición de la función superior del pater familias estableciendo una verticalidad que fue funcional al desarrollo civilizatorio que alcanzó su mayor grado de desarrollo hasta su límite. Ahora, surge una superación de lo anterior que democratiza la vida social y familiar, elevando a la mujer a un lugar accesible al poder. Que el movimiento feminista tenga algunas expresiones maximalistas no es sorpresa, y que se produzcan retrocesos en la marcha, tampoco. Porque el avance surge del neto final entre marchas y contramarchas. Hay mujeres que creen que defienden mejor su causa eliminando hombres como el extremismo negro creyó, en su momento, que la integración se lograba matando blancos.  Eso siempre ocurre en los procesos de cambio cuando estos son intensos.  Por supuesto, que la humanidad tiene muchas demandas pendientes que tienen que ver también con la igualdad, pero eso no debe, como en la historia de Rousseau, devaluar el cambio por lo que falta, por lo que aún no podemos, y tal vez no sabemos.    

En el camino va a haber Trump, Bolsonaros, y sus variantes patéticas locales;  también va a haber machos alfa y embozados violadores de las calles oscuras y solitarias; pero no lograran parar el progreso.

Inclusive, las mujeres que ganan la calle para aclamar a los machistas, aunque no  tomen conciencia, son también parte de la emancipación.

Va terminando la coacción masculina, el poder por  la disponibilidad de la esperma o el poder de ser un productor de bienes y servicios que acumula las riquezas y las distribuye a su antojo.   

Los hombres debemos militar en esta revolución. Ni despreciarla, ni temerle, ni negarla. Los varones, ahora,  pueden vincularse con sus hijos más tempranamente, sin apropiaciones ni intermediaciones de “esto es para mujeres”, sin espacios estancos de género. Pueden investigar con sus parejas los misterios de la sexualidad con plena autonomía. Surge la amistad entre singularidades que nos convierte en pares y nos aleja de la soledad. Ahora, son las mujeres junto a los hombres y otros géneros que yacen arrojados a la Tierra, pero van eliminando las ventajas fundadas en el autoritarismo.   

La larga marcha no terminó. Cómo es una revolución tendrá sus avances y retrocesos, y pagará las consecuencias más brutales y descarnadas de la insubordinación. Seguirá habiendo criminalidad contra jóvenes, niños de ambos sexos abusados y violados y el asesinato seguirán siendo el desiderátum del poder. Va a haber reacciones individuales e institucionales resistentes al cambio;  como es el caso del sabotaje, en muchas regiones, a la educación sexual, incumpliendo la ley.

No se enfrenta a un ejército organizado, se enfrenta a una acción solapada de una subjetividad que en su retirada actúa. Cuenta con empleados y mercenarios del poder judicial que amenizan las  tardes de la televisión. Pero, lo bueno, es que retroceden ante la marejada; quieren flotar y descubren rápidamente sobre lo necesario que es el cambio.

La visión de Rousseau se adelantaba a su época pero correspondía a la mirada espacio-temporal, y esta limitación muestra la finitud humana y el logos incompleto que nos acompaña.   Podemos construir una utopía, pero no podemos precisar el diseño del  futuro.

Mirando la perspectiva se observa una recta con cortes abruptos en la historia que son auspiciosos y que denominamos progreso. La humanidad se va encontrando a sí misma, sería bueno que este encuentro sea para terminar con todo tipo de desigualdad.

Ni una menos”, los pañuelos verdes, y esta reacción de las mujeres ante el abuso sexual acompañados por hombres trazan una línea que promete un porvenir mejor.