Santa Cruz: habla el manifestante que recibió una ráfaga de balas de goma
Fueron 14 perdigones en el cuerpo que le cambiaron la vida. Manuel Muñoz cuenta a Letra P una versión reveladora acerca de lo sucedido el viernes a la noche en la residencia de Alicia Kirchner.
Manuel Muñoz trabaja como chofer desde hace siete años en el Hospital Regional Santa Cruz. Lleva y trae a los pacientes crónicos de diálisis en un vehículo que trata de mantener de manera digna a pesar de que nadie aporta fondos para arreglarlo. Se cansó. Los primeros años lavaba las ambulancias en los tiempos muertos de la guardia y cubría los feriados y los fines de semana, pero la desinversión del Gobierno y el desgano del resto de los trabajadores lo fastidiaron.
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Como la provincia retrasa el pago de su sueldo y de su compañera, que es maestra jardinera en un establecimiento público, viven el día a día con los fletes que hace en una F100. Cuando cobran, todo el sueldo se va en pagar la tarjeta de crédito y los préstamos de familiares.
Hasta el viernes a la noche, Manuel pensaba “lo que piensa la mayoría de la gente: Igual nos van a pagar, igual voy a recibir el aumento. Muy egoísta. Y no es solamente el sueldo, tenemos que cambiar todos. Siento que somos hormiguitas y estamos en una pecera, dominados. No son los K, no son los Macri, es la raza política”, sostiene.
Ese viernes, salió de entrenar y le llegó un mensaje de Whatsapp en un grupo de fútbol que decía que había que ir a la Gobernación. Su esposa le había enviado el mismo mensaje. Dejaron a su hijo de dos años porque era tarde y poco después estaban frente a las rejas de la residencia oficial, sobre la calle Piedra Buena de esta ciudad, frente a la Jefatura de Policía.
Tres días después, se reunió con Letra P en el mismo lugar donde le pegaron el tiro que le cambió la vida.
-¿Dónde fue?
-Acá, en la vereda, a cinco metros de la reja, más o menos. Son 14 perdigones de goma que tengo en la espalda. Lo que más me duele es la cervical, los músculos de arriba, es como un latigazo. Los que saben mucho de armas me dicen que si era 15 centímetros más arriba no sé si la estoy contando. Descargan con toda la potencia. Son armas que trabajan entre 15 a 25 metros y yo lo recibí a cinco. Me sentí ultrajado y humillado.
-¿Cómo llega a estar tan cerca?
-Estábamos con mi señora en el árbol de allá mirando desde más lejos para tener perspectiva y nos acercamos, de chismosos, porque vimos que se estaban metiendo en la residencia. Nos agolpamos hacia la reja y había un hombre, que quiero identificarlo porque esto lo vivimos juntos aunque él debe haber escapado antes, que me dijo “ayúdame a sacar a la gente que está adentro” y le gritamos “compañeros salgan de ahí” y sentí que él me decía “ayúdame a sacar a las mujeres y pidamos calma.
-¿Usted vio entrar gente?
-Lo raro es que los portones estaban cerrados.
-Según el propio Miguel Del Pla, a la vuelta abrieron la reja.
-¿Quién es Del Pla?
-Un dirigente histórico del Partido Obrero en Santa Cruz.
-Quizás fuera la gente a la que nosotros le decíamos que se vaya. Era raro porque hacía movimientos muy torpes, como que no sabía qué hacer. Puede ser, pero a mí me dijeron que eran federales que ellos mismos los mandaron para generar disturbios.Me dicen que identificaron a varios federales.
-¿Por el lado donde usted estaba no entraron?
-No. Estaba cerrado. Pero ahí hubo algo armado porque desde la Jefatura salió un grupo de Infantería con una persona chiquita disfrazada de bombero, cruzaron la calle y la llevaron hasta la reja para meterla adentro. Ellos estaban muy nerviosos, dos o tres veces les apuntaron a la cara a los manifestantes con la Ithaca. Mi señora sintió que uno cargó el arma, se intimidó y se corrió a un costado porque pensó que acá se pudría. Yo le dije a dos señoras que salieran. Un policía de adentro abrió el candado de la reja. Temblaba para abrir el candado. No era de Infantería, era uno chiquitito, que es el que después me descargó el matafuego en la cara.
-¿Le tiraron con un matafuego?
-Escuché dos disparos. De hecho, sale en un video cómo tiran un matafuegazo, gases lacrimógenos o lo que fuera. No sé qué era pero yo tenía gusto salado en la boca, tragué ese líquido, me entró por la orejas, estaba todo blanco. Fui corriendo, hice cinco pasos y sentí un impacto muy fuerte que sentí que me moría. Se me debilitaron las piernas y dije “me dieron”. Mi mujer, desde un costado, dijo que vio el humo y a mí a mí solo corriendo, vio el tiro y que caí al suelo. Cuando vio que me levantaron y estaba vivo salió a encarar a los policías y a putearlos.
-¿Qué pasó después del tiro?
-Me llevaron a la rastra hasta la Jefatura de Policía de enfrente. Me lavé la cara, vomité como tres o cuatro veces y me asistieron los policías de ahí que estaban desubicados y no entendían nada. Asustadísimos estaban los policías. “Se pudrió todo”, dijeron. Mi señora entró muy nerviosa y llorando, se escucharon tiros, parecía una guerra. Después me dijo que se metió en una oficina de la Jefatura para cubrirse y entró una piedra por la ventana, no sabía dónde meterse. Al rato trajeron al fotógrafo a los gritos con que le habían dado un tiro en la cabeza y yo me volví loco. Lo miré y le abrí la campera para que tuvuera aire, estaba desvanecido. Y alguien que me dijo que lo dejara, que ya lo estaban asistiendo, y tenía razón: yo estaba con un tiro en la espalda. Uno llamó a una ambulancia pero nos dijeron que no podían entrar porque estaban los manifestantes que no paraban de tirar piedras y todos los infantes estaban del otro lado en una barricada. Yo salí y pedí calma para que entrara la ambulancia, pero qué los iba a calmar. Hay una foto en la que se me ve que parecía que salí a bardear a la policía pero salí a pedir calma. No es lo que dicen los medios, cualquier cosa están diciendo.
-¿Llegó al hospital?
-Sí, entró la ambulancia, asistió al periodista y mis compañeros de trabajo me dijeron que subiera. Me fui al hospital y estaba enojado, estaba como loco. Mi señora me decía que parecía que no me había pasado nada. Todavía no lloré pero sé que en algún momento lo voy a tener que hacer.
-¿Qué piensa de todo esto?
-Yo cada día estoy peor con esto que me pasó y todo esto está peor. No hay que quedarse tranquilos. Hay que seguir en las calles. No podemos permitir que en el hospital no haya cosas para trabajar.
LA FOTO DE LA DESPEDIDA. “Al otro día, en la marcha me dijerion que fuera adelante cuando estaban cantando el Himno en Casa de Gobierno y que me sacara la remera. Yo lo dudé pero después me animé para que lo viera todo el mundo. Me puse la mano en el pecho mientras gritábamos “juremos con gloria a morir”. Después me di vuelta, saludé al público y me puse a revolear el poncho como la Sole. Mi personalidad es cagarme de risa. Yo sé que en un año más nos vamos a estar cagando de risa, pero ahora estamos pasando un momento muy duro, y muy importante”.
EL TATUAJE. Hace dos años que Manuel está buscando una imagen para un tatuaje que quiere hacerse. Nada lo convencía hasta ahora. “Me voy a hacer los perdigones ahí donde cicatricen, exactamente igual, como si fueran reales, como que nunca curaron. Minuto a minuto no paro de pensar en lo que me pasó. No quiero enfermarme tampoco porque por ahí nos puede traer secuelas psicológicas a mi señora y a mí. Somos una familia normal, de trabajadores. Nunca le hicimos daño a nadie y no entiendo por qué me hicieron esto”, relata Muñoz.
-¿Cómo es que le cambió la forma de ver todo?
-Yo antes era egoísta. Pensaba lo que piensa la mayoría de la gente: Igual nos van a pagar, igual voy a recibir el aumento. Muy egoísta. Y no es solamente el sueldo, tenemos que cambiar todos. Ahora siento que somos todos hormiguitas y estamos en una pecera, dominados. No son los K, no son los Macri, es la raza política. Ellos quieren tenernos dominados. Yo lo veo así. No sé de política, no sé de gremios, sé de trabajo nada más. Mucha gente usa la política para su beneficio.