La emergencia de un conflicto nacionalista en el Occidente del siglo XXI, donde predomina el individualismo y donde las identidades las ordena cada vez más el Mercado, resulta cuanto menos novedosa, pero esta realidad está cruzada por otra contradictoria: Cataluña pelea su independencia con armas modernas mientras que el gobierno español lo hace con herramientas del pasado, vetustas.
¿Cómo es esto? Aunque el conflicto entre España y Cataluña lleva cientos de años, la tensión se extremó allá por 2010, cuando, a pesar de algunas promesas realizadas en sentido contrario, el Constitucional español “cepilló” (esas fueron las palabras que usó un diputado español), tras recursos interpuestos por el Partido Popular, partes sustanciales del Estatuto autonómico catalán aprobado y refrendado en 2006 por el Parlamento español y los ciudadanos catalanes, respectivamente.
La situación era entonces diametralmente opuesta. Solo la izquierda republicana expresada en Esquerra Republicana promovía la independencia, que en paralelo recogía apoyos mínimos en las encuestas. La ampliación de la autonomía era, sí, una aspiración mayoritaria y esa voluntad se vio avasallada por la decisión del Tribunal de censurar varios artículos claves del Estatuto, abriéndose una caja de Pandora cuyo final aún es incierto.
El independentismo empezó a crecer, la crisis económica se profundizó y sectores hasta entonces ajenos a la bandera secesionista empezaron a enarbolarla con fuerza, llevando incluso a la ruptura de la tradicional coalición autonomista gobernante de CiU y a que, en paralelo, sectores de la poderosa burguesía catalana empezaran a acompañar la demanda de independencia por primera vez en siglos.
Se sabe por experiencia histórica que no hay independencia posible sin respaldo económico de la burguesía. Si los comerciantes porteños del siglo XIX no hubieran evaluado como más positivo comerciar con Inglaterra que seguir atados al monopolio español, hoy es probable que estas tierras siguieran siendo parte del Virreinato del Río de la Plata. No está claro aún cual es la ventaja que ve la burguesía catalana en la independencia, pero que la ve es seguro.
Sabedoras desde el vamos de que no cuentan que con fuerzas armadas -ni siquiera la Policía regional les responde plenamente-, las autoridades catalanas han planteado hábilmente el conflicto con una lógica acorde a esta época y -detalle no menor- al llamado primer mundo occidental. Y han encontrado del otro lado no una respuesta similar sino una, en principio, funcional a sus intereses.
¿Cómo es esto? No es relevante saber cuánta gente votó ni el resultado de referéndum, porque ni Mariano Rajoy ni Carl Puigdemont (máximas autoridades de España y Cataluña, respectivamente) parecen dispuestos a ceder un milímetro en sus posiciones. En consecuencia, el gobierno español no va a dar entidad a los resultados y el catalán probablemente los va a exagerar y va a avanzar con la declaración de independencia como, de hecho, ya han anticipado que lo harán.
¿Para qué sirve el referéndum entonces? A los catalanes les es útil porque la -a la postre inocua- represión policial de este domingo les sirve para darle más épica a su lucha. Además, en el cada vez más políticamente correcto y mediatizado mundo occidental actual, las imágenes de ancianos (blancos) sangrando por los palazos de la policía, como así también de jóvenes universitarias (también blancas) marchando por las calles pidiendo votar, legitiman su deseo de independencia.
Salvando las distancias, es la misma situación planteada en otro artículo frente a los atentados yihadistas ocurridos precisamente en Barcelona. Cientos de años atrás, el rey de turno hubiera dado un corte definitivo al tema mandando a degollar a cuanto musulmán habitara 100 kilómetros a la redonda de Barcelona sin distinguir edad ni sexo. La evolución en ese sentido de los valores occidentales hace imposible pensar algo así porque las reacciones de rechazo serían tantas y tan fuertes que le costarían la cabeza –simbólicamente- al propio rey.
DESFASE. ¿Qué pasa en Cataluña? El gobierno central responde con la lógica del siglo XX a una hábil estrategia catalana del siglo XXI. Sin armas, busca dar batalla apelando a lo emocional, a lo cultural, a lo mediático, combinando valores postmodernos como la tolerancia, la integración y la no violencia con otros tradicionales como la identidad nacional y una promesa de mejora económica. ¿Cómo responde Madrid? Enviando miles de policías a impedir que voten.
¿El gobierno central tiene argumentos legales para hacerlo? No cabe duda. La constitución española, como la mayoría de las constituciones de los estados nacionales, no contempla siquiera la posibilidad de una secesión y está claro que el gobierno catalán está desobedeciendo las leyes y poniendo en peligro lo más básico de cualquier estado-nación, que es su integridad territorial.
Enviar policías a reprimir puede entonces ser legal, pero probablemente no sea legítimo. Y lo que es peor no estaría funcionando. Visto que el referéndum, aunque con dificultades, se hizo igual, ¿qué va a hacer ahora Rajoy cuando Cataluña se declare independiente? ¿Mandar tanques de guerra contra civiles desarmados? Esas escenas transmitidas en cadena global por TV no ayudarían mucho a la causa españolista. Han sido más eficaces las lágrimas de Gerard Piqué tras el partido del Barcelona que los miles de policías enviados por Madrid.
Es un problema político postmoderno y tiene que resolverlo con otras herramientas si es que ya no es tarde para hacerlo. Cataluña le plantea una batalla cultural y España responde como si fuera una batalla militar. ¿A que no saben quién gana en Occidente, en pleno siglo XXI? Se sabe que la postmodernidad es líquida y el poder ya no es lo que era ni se ejerce de la misma manera. (Nota al margen: la insistencia con Occidente no es menor. Este mismo conflicto en China, Rusia o Turquía se resuelve militarmente sin culpas propias ni ajenas).
Y por último: ¿A que no saben quiénes pusieron pay per view para seguir de cerca el conflicto en Catalunya? Los vascos, obviamente: en breve arrancan ellos. Son los otros "ricos “de España que, además, tienen una historia y una cultura independentistas muy fuertes, incluso más que las de los catalanes. Queda entonces para un próximo artículo cómo es que la cuestión nacional y de la identidad nacional vuelve a tomar fuerza en una Europa que, al menos desde sus líderes, como Emmanuel Macron o Angela Merkel, busca una homogeneidad política, judicial, económica, cultural y hasta sexual tratando de borrar todas las diferencias existentes.