ESTILO PRO. ENFOQUE

El riesgo de ser más de lo mismo, que era tan malo

En el ejercicio del poder, Macri cae en tentaciones que contradicen su discurso proselitista, prolijamente elaborado para presentarse como el opuesto del kirchnerismo.

Una cosa es señalar con el dedo desde afuera y otra, muy distinta, es el ejercicio del poder en el más alto nivel, donde la lupa de la opinión pública no deja escapar los detalles y amplifica las imperfecciones. Lo saben los que fueron oposición y llegaron a ser oficialismo. Y lo está ratificando el Gobierno: en estos días de sacudones por la revelación de las sociedades offshore del presidente Mauricio Macri, que salpica de barro el discurso anticorrupción que aupó al PRO hasta la cima, la Casa Rosada está incurriendo en prácticas que se parecen demasiado a las que el macrismo le imputó al kirchnerismo para jugar el juego de los contrastes. A saber:

 

  • El PRO -como la mayoría de las fuerzas que integraban la oposición nacional en tiempos de kirchnerismo en el poder- cuestionó el rol de la Oficina Anticorrupción porque, aseguraba, no cumplía su misión de investigar al poder. Puesto a gobernar, el Presidente podría haber designado en ese organismo, para marcar claramente una diferencia de estilo y concepción, a un jurista de indiscutible prestigio e independencia o, incluso, a un representante de la oposición. Lejos de eso, nombró allí a Laura Alonso, una de las más entusiastas militantes de su partido que había confesado sentir una suerte de amor platónico por el jefe de Estado, y no dudó en modificar las normas que bloqueaban el acceso de la ex diputada a ese cargo, que exigía a sus responsables el título de abogada que ella no tiene. Resultado: Alonso fue la primera funcionaria del Gobierno que salió a defender a Macri –y lo hizo con su habitual fervor militante, o acaso movilizada por aquel amor platónico- apenas desatado el vendaval de los Panamá Papers. "Constituir sociedad en paraíso fiscal no es delito en sí mismo, señores", escribió la ex Poder Ciudadano en su cuenta de Twitter, una frase que podria ser sindicada como un plagio de la tan kirchnerista "Contar plata no es delito", ésa que usó el mundo K para bajarle el precio al video en el que se veía a Martín Báez, a Fabián Rossi y al contador Pérez Gadín, entre otros, contando montañas de dólares en la financiera apodada La Rosadita.  
  • Macri había prometido también –con aportes enérgicos de Elisa Carrió- que, con él en el poder, la República perdida en los 12 años de kirchnerismo renacería de las cenizas de su decadencia. Y que, en ese reverdecer, la Justicia dejaría der ser avasallada y sometida como un instrumento del poder político. La Justicia, en definitiva, volvería a ser independiente. La últimas horas, sin embargo, ofrecieron episodios que permiten especular con la posibilidad de que acaso las cosas no estén siendo tan distintas. Por el sentido de la oportunidad de dos jueces federales, Julián Ercolini y Sebastián Casanello, las llamas del escándalo de las offshore del Presidente fueron apagadas por el hollywoodense show televisivo de las detenciones de los dos campeones de la corrupción K: Ricardo Jaime y Lázaro Báez. Y en este punto es necesario indicar algunas particularidades. El ex secretario de Transporte se entregó a la Justicia, en respuesta a una orden de detención librada horas antes por Ercolini, el sábado a la mañana, un día antes del estallido de la bomba panameña, pero el mismísimo diario Clarín aportó, en su edición del pasado martes, un dato importante: “El Gobierno supo 48 horas antes que la investigación (de los paraísos fiscales) se iba a difundir”. En la misma nota, titulada “Mal momento para un tropiezo”, el periodista Julio Blanck agrega que la Casa Rosada había sido notificada del trabajo del consorcio internacional de periodistas un mes antes, el 8 de marzo. O sea: el Gobierno sabía que iban a pegarle en el bajo vientre. En tanto, Báez fue detenido dos días después de la difusión de los papeles de Panamá, cuando ese culebrón ardía en los medios con frondosas repercusiones y nuevas revelaciones que astillaban la imagen presidencial. Lo llamativo es que el juez Casanello ordenó detenerlo por temor a que se fugara y evadiera la indagatoria prevista en principio para este jueves, pero fue apresado cuando aterrizó en San Fernando, procedente del sur, con el objetivo de quedarse en Buenos Aires para, justamente, ir a declarar (lo más lógico, además, hubiese sido, si efectivamente existía ese riesgo, que no permitieran que ese avión despegara en su punto de origen). Es lícito, entonces, pensar mal: si Báez hubiese ido a Comodoro Py en libertad, por sus propios medios, no habría sido noticia –ni la noticia hubiese sido tan espectacular- hasta el mismo jueves, y los Panamá Papers habrían dominado la agenda, casi sin competencia, por dos días más.

 

  • El macrismo había señalado, durante los años del kirchnerismo, al “periodismo militante” como otro cáncer que carcomía los cimientos de la República. Y había prometido dos cosas: no presionar a los medios privados ni comprar sus voluntades para convertirlos en instrumentos al servicio del Gobierno y transformar el sistema de medios públicos en reservas de pluralidad y objetividad –brulotes propagandistas como el programa 6 7 8, por supuesto, ya no tendrían espacio. Pero la detención de Báez también ofreció, en este sentido, datos que conviene señalar. Llamó la atención la impresionante cobertura televisiva de un procedimiento que se calificaba, mientras progresaba, de “secreto”. Las señales TN y América, por ejemplo, transmitieron en vivo y en directo las alternativas de un operativo con el que, supuestamente, la Justicia y las fuerzas federales de seguridad intervinientes sorprendieron al imputado. Y, en ese momento, la portada de la agencia oficial de noticias Télam era dominada por tres títulos centrales: “Por orden de Casanello, detuvieron a Lázaro Báez”, “Allanan oficinas de Dromi en busca de pruebas contra De Vido por compra de GNL” y “Jaime quedó  preso por la compra de vagones en mal estado a España y Portugal”. La agenda oficial tenía un denominador común: los problemas del kirchnerismo con la justicia por actos de corrupción.

 

En un artículo publicado el lunes en este mismo espacio, se señalaba que el Gobierno enfrentaba el peligro de que, por obra y gracia de los Panamá Papers, Macri terminara siendo –a los ojos de la opinión pública- parecido a los Kirchner. Hoy, 48 horas después, el riesgo al que se expone el Presidente parece ser otro, aunque similar: que las herramientas a las que recurre para seguir luciendo como la contracara del kirchnerismo terminen revelándolo, prematuramente, como más de lo mismo.

 

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