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Con la reaparición de Cristina Fernández de Kirchner, el intendente de Lomas muestra otra de sus caras. Fue massista, sciolista y colaboracionista del PRO en el arranque de la gestión Vidal.
Por 20/04/2016 20:29

Leonard Zelig tenía un don asombroso: podía transformarse en quien quisiera. Con solo posar la mirada sobre una persona, adquiría sus atributos. Podía metamorfosearse cuantas veces fuera. Era el Hombre Camaleón, una criatura entrañable nacida en los ochentas de la frondosa imaginación de Woody Allen. Tres décadas después del estreno de la película del genio neoyorquino, la política bonaerense, cantera inagotable de personajes que hacen ver enanas a las mentes más brillantes del cine, asiste a una nueva mutación del hombre que, una y otra vez, ratifica aquella máxima que afirma que siempre la ficción es superada por la realidad. En la semana del retorno de Cristina Fernández de Kirchner al escenario político, el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, se presentó con otros dirigentes en el Instituto Patria, el nuevo búnker kirchnerista, como si nada hubiera pasado en los últimos dos años. Efecto Zelig: el ex diputado nacional demostró su sorprendente capacidad de transformarse según corren los tiempos en el peronismo.

Desde el salto al estrellato en 2013, cuando CFK lo aupó al primer lugar de la lista de candidatos a diputados nacionales del kirchnerismo, los medios no dejaron de enfocar su constante transformación. El Hombre Camaleón del conurbano bonaerense sabe cómo aparecer y mutar en el momento oportuno.

Surgido del riñón duhaldista, llegó al sillón principal del populoso municipio del sur del GBA luego de la renuncia de su padrino político Jorge Rossi, ex presidente de Loterías y Casinos provincial de estrechísimos vínculos con los zares del juego, con los cuales Insaurralde sigue manteniendo una sintonía fina.

En poco tiempo, se convirtió en un referente de la nueva camada dirigencial del caldeado PJ bonaerense. Con un fuerte respaldo, en 2011 ratificó el cargo de intendente y así encaminó el rumbo a las elecciones de medio término que marcaron el principio del final kirchnerista.

Elegido, y respaldado, por Cristina, utilizó su peculiar capacidad luego de las PASO. En un segundo tramo de la campaña, que al principio tuvo siempre cerca a la diputada Juliana Di Tullio, con una clara impronta ultra K, se pegó a Daniel Scioli cuando los votos de agosto se habían ido para Sergio Massa y su Frente Renovador: una elocuente línea naranja atravesó los spots de MI, abandonando el eje conceptual con el que el kirchnerismo había encarado el enfrentamiento con el intendente de Tigre (“En la vida hay que elegir”, era el eslogan K) para pasar a una comunicación descomprometida y autorreferencial, centrada en la marca elaborada con la sigla de su nombre. Hasta se animó a reflotar temas de agenda que fueron efectivos en la campaña de Massa, como la baja en la edad de punibilidad. Desde ese momento, los cortocircuitos con el cristinismo anticipaban la inevitable ruptura.

La victoria del FR en esos comicios de 2013 promovió más bronca entre los que habían manifestado descontento contra Insaurralde en plena campaña. Inició el despegue del oficialismo en desgracia no bien asumió como diputado. Filtró a la prensa, sin disimulo, el nulo trato con sus compañeros de bancada y los coqueteos con el massismo lo sacaron del Congreso, de donde salió eyectado de regreso a su despacho de intendente.

Esa ambigua posición con respecto al tigrense mereció furibundas críticas, como la de Carlos Kunkel, cuando se lo nombraba como posible candidato a sucesor de Scioli en Buenos Aires. “Un país o una provincia no se gobierna andando por ahí con bataclanas”, dijo el diputado ultra K en referencia a la esposa del jefe comunal, la vedette Jesica Cirio.

La frase trajo una catarata de reversiones sobre la cumbre que empezaba a posicionar al titular de Diputados, Julián Domínguez. Luis D´Elía dijo que la actriz no era la bataclana, sino el propio Insaurralde.

Después de un prudente período de asilamiento en su pago chico –matizado por apariciones en revistas de la farándula-, el Hombre Camaleón volvió a escena con nuevas ropas. Bajo el Efecto Zelig, a fines del año pasado, ya con Vidal sentada en la Casa de Gobierno de La Plata, se puso al frente de un grupo de intendentes que hizo fuerte lobby a favor de la aprobación del proyecto de Presupuesto 2016 elaborado por el Ejecutivo PRO, trabado en la Cámara de Diputados por la negativa del ala kirchnerista del bloque a autorizar el endeudamiento récord que pedía la mandataria. Tan intenso fue el vínculo que forjó durante tres meses, que realizó, en su residencia de Lomas de Zamora, una cena de camaradería con la gobernadora, el ministro de Gobierno y armador político de Vidal, Federico Salvai, y algunos intendentes. En la sobremesa, celebraron el histórico endeudamiento de la provincia. Cuando se consulta a calificadas fuentes de la Gobernación si veían en Insaurralde un potencial aliado electoral, desestimaban con una mueca de sarcasmo: “No, no. Nos es más útil donde está”, decían, y dejaban puntos suspensivos en el aire.

La saga –que, a la luz de todos estos antecedentes, sigue y seguirá abierta mientras el lomense se mantenga activo en la política- ofreció otro asombroso acto de metamorfosis esta semana, después del cristinazo multitudinario de Comodoro Py: de colaboracionista PRO, Insaurralde saltó sin escalas de regreso al kirchnerismo cuando se presentó, con su habitual sonrisa, en el rebaño de intendentes que respondieron a la convocatoria de CFK. En el Instituto Patria, el coqueto edificio que acondicionó La Cámpora como comando de operaciones de “la jefa”, el Leonard Zelig de la provincia de Buenos Aires lució su rostro más kirchnerista.

 

Efecto Zelig: las mil metamorfosis de Martín Insaurralde

Con la reaparición de Cristina Fernández de Kirchner, el intendente de Lomas muestra otra de sus caras. Fue massista, sciolista y colaboracionista del PRO en el arranque de la gestión Vidal.

Leonard Zelig tenía un don asombroso: podía transformarse en quien quisiera. Con solo posar la mirada sobre una persona, adquiría sus atributos. Podía metamorfosearse cuantas veces fuera. Era el Hombre Camaleón, una criatura entrañable nacida en los ochentas de la frondosa imaginación de Woody Allen. Tres décadas después del estreno de la película del genio neoyorquino, la política bonaerense, cantera inagotable de personajes que hacen ver enanas a las mentes más brillantes del cine, asiste a una nueva mutación del hombre que, una y otra vez, ratifica aquella máxima que afirma que siempre la ficción es superada por la realidad. En la semana del retorno de Cristina Fernández de Kirchner al escenario político, el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, se presentó con otros dirigentes en el Instituto Patria, el nuevo búnker kirchnerista, como si nada hubiera pasado en los últimos dos años. Efecto Zelig: el ex diputado nacional demostró su sorprendente capacidad de transformarse según corren los tiempos en el peronismo.

Desde el salto al estrellato en 2013, cuando CFK lo aupó al primer lugar de la lista de candidatos a diputados nacionales del kirchnerismo, los medios no dejaron de enfocar su constante transformación. El Hombre Camaleón del conurbano bonaerense sabe cómo aparecer y mutar en el momento oportuno.

Surgido del riñón duhaldista, llegó al sillón principal del populoso municipio del sur del GBA luego de la renuncia de su padrino político Jorge Rossi, ex presidente de Loterías y Casinos provincial de estrechísimos vínculos con los zares del juego, con los cuales Insaurralde sigue manteniendo una sintonía fina.

En poco tiempo, se convirtió en un referente de la nueva camada dirigencial del caldeado PJ bonaerense. Con un fuerte respaldo, en 2011 ratificó el cargo de intendente y así encaminó el rumbo a las elecciones de medio término que marcaron el principio del final kirchnerista.

Elegido, y respaldado, por Cristina, utilizó su peculiar capacidad luego de las PASO. En un segundo tramo de la campaña, que al principio tuvo siempre cerca a la diputada Juliana Di Tullio, con una clara impronta ultra K, se pegó a Daniel Scioli cuando los votos de agosto se habían ido para Sergio Massa y su Frente Renovador: una elocuente línea naranja atravesó los spots de MI, abandonando el eje conceptual con el que el kirchnerismo había encarado el enfrentamiento con el intendente de Tigre (“En la vida hay que elegir”, era el eslogan K) para pasar a una comunicación descomprometida y autorreferencial, centrada en la marca elaborada con la sigla de su nombre. Hasta se animó a reflotar temas de agenda que fueron efectivos en la campaña de Massa, como la baja en la edad de punibilidad. Desde ese momento, los cortocircuitos con el cristinismo anticipaban la inevitable ruptura.

La victoria del FR en esos comicios de 2013 promovió más bronca entre los que habían manifestado descontento contra Insaurralde en plena campaña. Inició el despegue del oficialismo en desgracia no bien asumió como diputado. Filtró a la prensa, sin disimulo, el nulo trato con sus compañeros de bancada y los coqueteos con el massismo lo sacaron del Congreso, de donde salió eyectado de regreso a su despacho de intendente.

Esa ambigua posición con respecto al tigrense mereció furibundas críticas, como la de Carlos Kunkel, cuando se lo nombraba como posible candidato a sucesor de Scioli en Buenos Aires. “Un país o una provincia no se gobierna andando por ahí con bataclanas”, dijo el diputado ultra K en referencia a la esposa del jefe comunal, la vedette Jesica Cirio.

La frase trajo una catarata de reversiones sobre la cumbre que empezaba a posicionar al titular de Diputados, Julián Domínguez. Luis D´Elía dijo que la actriz no era la bataclana, sino el propio Insaurralde.

Después de un prudente período de asilamiento en su pago chico –matizado por apariciones en revistas de la farándula-, el Hombre Camaleón volvió a escena con nuevas ropas. Bajo el Efecto Zelig, a fines del año pasado, ya con Vidal sentada en la Casa de Gobierno de La Plata, se puso al frente de un grupo de intendentes que hizo fuerte lobby a favor de la aprobación del proyecto de Presupuesto 2016 elaborado por el Ejecutivo PRO, trabado en la Cámara de Diputados por la negativa del ala kirchnerista del bloque a autorizar el endeudamiento récord que pedía la mandataria. Tan intenso fue el vínculo que forjó durante tres meses, que realizó, en su residencia de Lomas de Zamora, una cena de camaradería con la gobernadora, el ministro de Gobierno y armador político de Vidal, Federico Salvai, y algunos intendentes. En la sobremesa, celebraron el histórico endeudamiento de la provincia. Cuando se consulta a calificadas fuentes de la Gobernación si veían en Insaurralde un potencial aliado electoral, desestimaban con una mueca de sarcasmo: “No, no. Nos es más útil donde está”, decían, y dejaban puntos suspensivos en el aire.

La saga –que, a la luz de todos estos antecedentes, sigue y seguirá abierta mientras el lomense se mantenga activo en la política- ofreció otro asombroso acto de metamorfosis esta semana, después del cristinazo multitudinario de Comodoro Py: de colaboracionista PRO, Insaurralde saltó sin escalas de regreso al kirchnerismo cuando se presentó, con su habitual sonrisa, en el rebaño de intendentes que respondieron a la convocatoria de CFK. En el Instituto Patria, el coqueto edificio que acondicionó La Cámpora como comando de operaciones de “la jefa”, el Leonard Zelig de la provincia de Buenos Aires lució su rostro más kirchnerista.