Municipios

Pinamar: del “paraíso” de Altieri y el fracaso de Porreti, a un municipio en crisis permanente

Por Martín Yeza.- Cuatro intendentes en seis años, con la posibilidad de que asuma un quinto, tienen a un municipio en vilo. Entre renuncias y destituciones, el vacío de autoridad aumenta la incertidumbre de una ciudad costera en problemas.

En 2008 se destituyó a Roberto Porretti. Asumió Rafael De Vito y ejerció el cargo interino hasta el 2010, año en que se llamó a elecciones para completar el mandato de Porretti. Asumió Blas Altieri y fue electo en su cargo nuevamente en 2011. Luego fue destituido a mediados de 2012. Hernan Muriale, por ser el siguiente concejal en la lista de 2011, asume como intendente. Ahora, Muriale quiere renunciar luego de que el Concejo Deliberante hiciera un pedido de interpelación.

 

El jueves por la noche Víctor Gamarra de Pinamar Radio y Diego Uribe de Pinamar 24 dieron la primicia a través de las redes sociales: Muriale presentará la renuncia el 4 de Septiembre.

 

Esto abre tres hipótesis posibles. La primera, que asuma el cuarto concejal de la lista de 2011, Pedro Elizalde, ya que el segundo concejal del partido ganador de 2011, Daniel Lamas, renunció a su banca. Elida Covello, la tercera en la lista, no quiso asumir. Vale destacar que Fabiola Roth tampoco quiso asumir como Concejal, motivo por el que el joven abogado Martín Rapallino, concejal suplente de la lista, terminó asumiendo el cargo.

 

La segunda hipótesis es que intervenga la Provincia que, como informó el periodista Diego Uribe, ya existiría un diálogo entre el secretario de Turismo, Alfredo Baldini, y el vicegobernador, Gabriel Mariotto, para que ocurra.

 

La tercera es que la Suprema Corte reponga a Altieri en la intendencia, cuando aún no se pronunció respecto a la legalidad de la decisión del Concejo Deliberante en 2012.

 

Tampoco sería descabellado pensar que el gobernador Daniel Scioli convenza al intendente de resistir en el cargo, de cara al año electoral.

 

Combo atractivo

 

En verano vacacionan muchos de los actores políticos y empresariales nacionales más poderosos. Con un presupuesto de 329 millones de pesos, en la ciudad viven, según el último censo, poco más de 25.000 habitantes.

 

En términos empresariales no es ninguna novedad que casi cualquier comercio que se instale tiene posibilidades de prosperar en comparación al 90% restante de las ciudades argentinas. Más allá de las diferencias socioeconómicas entre los que más y menos tienen, existe una clase media mucho más amplia que la media nacional en ese municipio.

 

Políticamente, la idea de “hay que comprometerse” distorsionó la noción de participación política y automáticamente todos los que “se comprometieron” pasaron a querer ser intendentes de Pinamar.

 

Al parecer, una persona que nunca hizo política, que nunca se formó en política y a los 40 ó 50 años descubre que “le gusta”, tiene las mismas condiciones técnicas que un chico de 20 años que recién empieza a militar. Esto deviene en una dirigencia política compuesta de manera monótona por candidatos a intendente. Personas que porque “caminan la calle” creen que saben cómo resolver el problema de la inseguridad, o porque “los impuestos le duelen” creen saber administrar los activos municipales.

 

Culturalmente, la mayoría de la clase política y algunos pinamarenses parten de la base de que la ciudad “es un desastre”. No entienden que el problema está en que el principal desafío trata sobre cómo administrar la abundancia de una manera justa, ética y con miras al desarrollo.

 

Entonces, ¿es la plata? ¿Son los intereses políticos externos? ¿Son los negociados? ¿Son todos corruptos de un lado? ¿Son todos honestos del otro?

 

Lo que pasó en Pinamar es que se perdió la confianza en el otro y la dirigencia política no se puede mirar a los ojos. Si se ven en la calle se cruzan de vereda. Desconfían de ellos, del otro y hasta del pueblo. La sociedad no puede inventar de la nada un candidato que no existe.

 

Las cosas pasan por algo y los pueblos aprenden de sus experiencias. Quizás la expectativa puesta alrededor de la Municipalidad y en que un intendente tiene que representar, esté sobrevalorada. Quizás haya que bajar esa expectativa y aceptar que lo que venga nunca va a estar a la altura de las circunstancias. Pinamar puede suplantar esa monotonía de candidatos con el surgimiento de un equipo que entienda que no todos están para ponerse la 10.

 

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